Nació para quienes no podían ser enterrados en cementerios católicos. Con el tiempo se abrió a otras religiones, conserva una capilla que recuerda a los caídos de las dos guerras mundiales y hoy cuenta con protección municipal.
En Llavallol, partido de Lomas de Zamora, dos pilares de ladrillo con faroles y unas rejas de hierro abiertas marcan la entrada al cementerio. Desde ahí, un camino empedrado avanza entre árboles altos hasta las primeras tumbas sobre el pasto: cruces de piedra de distintos tamaños cubiertas de musgo, lápidas de granito y algún obelisco. Allí descansan generaciones de la colectividad británica que se instaló en el sur del conurbano bonaerense desde el siglo XIX. Hoy el lugar se llama Cementerio Parque Bosques de Santa Catalina. Antes tuvo otro nombre, el que explica su origen: Cementerio de Disidentes.

“Disidir” significa separarse de la doctrina, creencia o conducta común, según la Real Academia Española. La Constitución de 1853 estableció en su artículo 2° que el Gobierno federal sostenía “el culto católico apostólico romano”. Los protestantes, cristianos cuyas iglesias se separaron de la Iglesia católica en el siglo XVI y no reconocen la autoridad del papa, profesaban una religión distinta de la sostenida por el Estado. Entre ellos estaban los anglicanos, fieles de la Iglesia de Inglaterra, a la que pertenecía la parroquia que más tarde impulsaría este cementerio.
Para la sociedad argentina de aquella época, mayoritariamente católica y en buena medida analfabeta, apartarse del culto oficial equivalía a ser considerado “hereje”, aunque también fueran cristianos, señala Víctor Raffo, historiador de Lomas de Zamora. Esa condición podía convertirse en un problema concreto a la hora de enterrar a un protestante, una dificultad que venía de antes de la llegada del ferrocarril a la zona.

La colonia escocesa y el derecho a un cementerio propio
Los antecedentes del cementerio se remontan al 11 de marzo de 1824, cuando Bernardino Rivadavia firmó con los hermanos John y William Parish Robertson un contrato para instalar en la provincia de Buenos Aires una colonia de súbditos británicos. Uno de sus artículos les garantizaba libertad completa para practicar la religión protestante, y por eso la médica Cecilia Grierson definió ese contrato como “la primera declaración oficial de la libertad de cultos en nuestro país” en su libro Colonia de Monte Grande, que escribió en 1925 para conmemorar el centenario de la colonia.

Menos de un año después, el 2 de febrero de 1825, Gran Bretaña y el gobierno de las Provincias Unidas firmaron un tratado de amistad, comercio y navegación que reconoció a los súbditos británicos libertad de conciencia y el derecho a establecer y mantener sus propios cementerios en el país. Lo negociaron el cónsul general británico en Buenos Aires, Woodbine Parish, y el ministro de Gobierno y Hacienda bonaerense, Manuel José García, que actuó en nombre de las Provincias Unidas. Hasta entonces, según Grierson, los británicos que seguían siendo protestantes “encontraban grandes dificultades para celebrar los ritos civiles y religiosos en los acontecimientos más importantes de su vida”. Aun así, ese derecho tardaría más de setenta años en materializarse en Lomas de Zamora.
Los colonos escoceses llegaron a Buenos Aires el 11 de agosto de 1825, a bordo de la fragata Symmetry of Scarboro, y se instalaron en el campo de Monte Grande, dentro de la estancia Santa Catalina, a poca distancia de lo que hoy es la estación Llavallol. Grierson los describe como “profundamente religiosos”, y apenas llegaron hicieron gestiones para establecer la Iglesia Presbiteriana escocesa, la rama protestante predominante en Escocia, que se organiza mediante asambleas de presbíteros, o ancianos, en lugar de obispos.

Aunque la colonia de Santa Catalina se disolvió pocos años después de su fundación, sus familias terminarían dando origen a la colectividad británica que impulsó el cementerio. Tras el fracaso, una parte se radicó en Buenos Aires como comerciantes y otra se dispersó por zonas rurales de la provincia; pocos permanecieron en Lomas de Zamora, pero las nuevas generaciones regresaron décadas más tarde, cuando el ferrocarril habilitó las estaciones de la zona. Para Raffo, Santa Catalina “marcó un hito en la historia de la comunidad británica en la Argentina y en especial en Lomas de Zamora”, porque muchos de sus descendientes viven todavía en Lomas y en Almirante Brown.
El Ferrocarril del Sud que trajo a los británicos a Lomas de Zamora
Los británicos volvieron a la zona de la mano del ferrocarril. El 14 de agosto de 1865 se habilitó el primer tramo del Ferrocarril del Sud, una empresa de capital británico. La línea partía de la estación Constitución y hacia fin de año llegaba hasta Chascomús; en ese año se inauguró la estación de Lomas de Zamora. La propia compañía donaría, tres décadas más tarde, el terreno del cementerio.

Alrededor de las nuevas estaciones, y en especial en Temperley, los británicos compraron terrenos y construyeron casas que al principio usaban los fines de semana. Según Raffo, muchas se convirtieron en residencias permanentes tras las epidemias de cólera y fiebre amarilla que golpearon a la ciudad de Buenos Aires hacia 1870. El personal jerárquico y técnico del ferrocarril era, además, mayoritariamente británico y protestante: anglicano, presbiteriano o metodista. Raffo lo resume así: “como disidentes necesitaban un cementerio”.
A medida que crecía, la colectividad levantó sus propias instituciones: la Iglesia Anglicana de la Santísima Trinidad, cuyo templo se inauguró en 1873, y el Barker Memorial Hall, el salón comunitario donde décadas más tarde se decidiría la construcción de la capilla del cementerio.
Según Jimmy Bindon, integrante de la Asociación que administra hoy el predio y cuya familia vive en Lomas de Zamora desde hace 130 años, la iglesia, el colegio Barker y el propio cementerio funcionaban bajo la Sociedad Británica, que tenía la personería jurídica. Con el tiempo, la Sociedad se fue disolviendo y cada institución continuó de manera independiente.
Cómo nació el Cementerio de Disidentes de Llavallol
Hacia 1890, la colectividad establecida en Lomas de Zamora “estaba necesitada de un lugar como cementerio para los ‘disidentes’ o no católicos”, explica Bindon. La opción más cercana era el cementerio de la calle Victoria, en Buenos Aires, hoy Plaza 1° de Mayo. Otras comunidades protestantes ya habían resuelto el problema: Chascomús, Córdoba y Rosario abrieron cementerios para disidentes desde fines de la década de 1860, localidades como San Vicente y Azul tenían un sector propio y Quilmes inauguró el suyo en 1888, señala este integrante de la Asociación.
El reclamo tomó forma el 12 de abril de 1892, cuando la asamblea anual de Pascua del Consejo Parroquial de la Iglesia Anglicana de la Santísima Trinidad planteó formalmente la necesidad de un cementerio propio. Bindon señala que la parroquia estuvo ligada al proyecto desde el principio: el tema quedó registrado en muchas actas de las reuniones del consejo, y varios de sus miembros estaban estrechamente vinculados a la creación del predio. Raffo cuenta que el episodio fue seguido por la prensa de la colectividad, en particular los diarios The Standard y Buenos Aires Herald.
Concretarlo llevó años. Según Bindon, la demora se debió en parte a trámites burocráticos con las autoridades locales y a la dificultad de conseguir un predio acorde. Hubo gestiones ante la Municipalidad, la Provincia de Buenos Aires y el Ferrocarril del Sud, y el municipio llegó a ofrecer un sector del cementerio municipal, una propuesta que la comunidad rechazó. La solución llegó finalmente del ferrocarril, que donó siete hectáreas correspondientes a una antigua estación en desuso.

El terreno había formado parte de la estancia Santa Catalina, donde décadas antes se habían instalado los colonos escoceses. En 1884 lo compró el Ferrocarril de la Provincia para instalar allí la primera estación Llavallol, y en 1890 pasó al Ferrocarril del Sud, que trasladó la estación y dejó el predio vacante.

El cementerio se inauguró el domingo 6 de noviembre de 1898. La escritura de donación estableció el uso exclusivo del predio como “Cementerio Inglés”, y el lote quedó a nombre de la Sociedad Británica de Lomas de Zamora, que asumió su administración. Raffo explica que ese era el nombre con el que el Consejo Parroquial anglicano se había inscripto ante la Inspección de Justicia para obtener la personería jurídica y poder adquirir bienes.
La capilla que recuerda a los caídos de la Primera y la Segunda Guerra Mundial

Conocida como War Memorial (“memorial de guerra”, en inglés), la capilla está en el centro del predio, donde se cruzan dos senderos en diagonal. Es una construcción octogonal de paredes beige y techo de tejas marrones, rodeada de árboles que alcanzan su altura, con ventanas altas y angostas terminadas en punta y un rosetón sobre la puerta de madera. El interior es silencioso, con paredes blancas, bancos de madera contra los muros y un piso de baldosas blancas con rombos negros.

A la izquierda de la entrada está el Cuadro de Honor: paneles de mármol blanco enmarcados en mármol verde oscuro, con los nombres en letras negras. En el centro, bajo una cruz y los años 1914 y 1918, una inscripción en inglés dedica la capilla a la gloria de Dios y a la memoria de los miembros de la comunidad británica de los suburbios del sur que cayeron en la Gran Guerra. Encima del mármol, un vitral con veinticuatro nombres recuerda a los caídos de la Segunda Guerra Mundial y cierra con la leyenda Our glorious dead, entre dos vitrales con figuras de ángeles.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, en agosto de 1914, la comunidad británica de Lomas de Zamora ya estaba consolidada desde hacía décadas. Según el sitio oficial del cementerio, 4.852 voluntarios británicos y angloargentinos partieron desde el puerto de Buenos Aires hacia Europa. Terminada la guerra, en 1919 se decidió en el propio Barker Memorial Hall construir una capilla dentro del cementerio en memoria de los caídos. Según el historiador, la obra tuvo además un fin práctico: permitir oficiar el responso en el mismo cementerio y evitar trasladar a los difuntos desde las iglesias protestantes de Lomas y Temperley.
El proyecto de la capilla se desarrolló entre 1921 y 1922, y la obra se inauguró el 19 de diciembre de ese último año, ante unas 200 personas. Ese día también se develó el Cuadro de Honor, con 44 nombres de integrantes de la comunidad británica de los suburbios del sur muertos en la Gran Guerra. Raffo aclara que ninguno de ellos está sepultado en el cementerio: solo se los recuerda en la capilla. En 1934, la ceremonia ya se celebraba como conmemoración anual, con ministros de las tres iglesias protestantes locales.

El sitio web oficial del cementerio atribuye la construcción a José Castiglione, mientras que la investigación de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) la asigna al arquitecto escocés James Smith. Bindon ofrece una explicación que podría conciliar ambas versiones: “Castiglione era constructor y firmaba muchas obras de James Smith”, ya que Smith nunca convalidó su título en Argentina.
En su currículum, presentado para incorporarse al Royal Institute of British Architects, el equivalente británico de la Sociedad Central de Arquitectos, Smith mencionó tanto la capilla de Llavallol como el War Memorial del colegio San Andrés. Vivió la mayor parte de su vida en Temperley y está sepultado en el propio cementerio.
Según el historiador, en la capilla “se recuerda a los caídos en ambas guerras”, y después de cada conflicto se realizaron ceremonias en su honor. La investigación de la UNSAM considera al cementerio uno de los sitios de memoria más importantes del país sobre los argentinos caídos en esas contiendas.

De cementerio protestante a cementerio para todas las religiones
A comienzos de la década de 1960 llegaron las primeras solicitudes de familias que no encuadraban en los criterios de nacionalidad y religión de la institución, y fueron rechazadas, según reconstruye Raffo en su libro Donde vive la memoria. En 1967 se creó la Asociación Cementerio Disidentes de Lomas de Zamora, que reemplazó a la Sociedad Británica en la administración del predio y continúa a cargo hasta hoy.
En 1988, la comisión directiva comenzó a evaluar caso por caso esas solicitudes, en lugar de rechazarlas de manera automática. Consultado sobre qué motivó ese cambio, el historiador, que reconstruyó el proceso a partir de los libros de actas de la propia comisión directiva, explica que la cremación se volvió una opción cada vez más elegida, sin importar la religión.
Eso redujo la demanda de sepulturas y llevó al cementerio a admitir católicos y a convertirse en pionero del concepto de “cementerio privado”, en palabras del historiador. Bindon atribuye ese cambio a transformaciones sociales más amplias, como el aumento de los casamientos entre protestantes y católicos y de personas por fuera de ambas colectividades: “Pasó lo mismo en otros países, no hay un fenómeno local o de la Argentina”. También recuerda que, hasta hace menos de 80 años, un católico podía quedar excomulgado por casarse con un protestante.
El cambio llegó también al nombre: hacia 1999, el cementerio adoptó el de Cementerio Parque Bosques de Santa Catalina, aunque muchos lo siguen llamando Llavallol. Para Bindon, “es sólo costumbre”.
Un patrimonio de Lomas de Zamora que muchos todavía no conocen
Desde diciembre de 2016 el predio está protegido por la Ordenanza municipal 16087, que declara de interés público la preservación del patrimonio cultural de Lomas de Zamora. En junio de 2025, investigadores de la UNSAM y el CONICET, junto con la Universidad de Bristol y con el apoyo del área de Patrimonio del municipio, colocaron en el cementerio una placa azul (blue plaque) con código QR, en el marco del proyecto Cartografías Íntimas en Comunidad.

Gustavo Reyero, que trabaja en la Asociación desde 1992 y es su administrador general desde 2016, resume el recorrido: “El cementerio es de origen religioso. Se creó en su momento para recibir a todos aquellos que no fueran católicos. Hoy en la actualidad está abierto a todas las religiones, incluido el catolicismo”. En 2020, una nota de Diario La Unión con declaraciones del entonces Presidente de la Asociación, Bernardo Browne, indicaba que las sepulturas católicas ya superaban a las no católicas, con entre 50 y 55 entierros anuales; hoy, Reyero informa un promedio de diez servicios por mes.
El cementerio, ubicado en Garibaldi 3578, abre todos los días de 7:00 a 17:30, y la administración atiende de lunes a viernes de 8:00 a 12:00 y de 14:00 a 17:30, y los sábados de 8:00 a 12:00. Lo gestiona la Asociación, una entidad sin fines de lucro que comenzó a organizar visitas guiadas en el predio. Para Reyero, la protección municipal es “de suma importancia” y el reconocimiento de la UNSAM, el CONICET y la Universidad de Bristol “fue un honor”.

Más de dos siglos después de la llegada de los primeros colonos escoceses a Santa Catalina, el problema que aquella comunidad enfrentaba para enterrar a sus muertos quedó atrás. El cementerio que nació para una minoría protestante hoy recibe a personas de todas las religiones, conserva la capilla en homenaje a los caídos de las dos guerras mundiales y, con protección municipal, guarda la memoria de la comunidad británica que le dio origen. Sin embargo, Raffo advierte que el lugar sigue siendo poco conocido entre los propios vecinos de Lomas de Zamora: “la amplia mayoría de la población lomense desconoce su existencia”.




