Punto Convergente

Alarma ambiental: la ropa barata que está llegando a la Argentina es muy contaminante y tarda siglos en degradarse

Las importaciones de indumentaria crecieron en volumen un 166% en 2025 y el 80% de la ropa ingresada por courier proviene de plataformas como Shein y Temu. La mayor parte de la ropa se fabrica con fibras sintéticas derivadas del petróleo, como poliéster, nylon y acrílico, materiales que pueden tardar siglos en degradarse. A 500 kilómetros de la frontera argentina, el desierto de Atacama ya muestra en imágenes satelitales adónde conduce este modelo.

En medio de la expansión de las compras al exterior el mercado de la indumentaria registró un fuerte incremento del ingreso de prendas importadas impulsado en parte por el crecimiento de plataformas de ultra fast fashion como Shein y Temu. Detrás de ese fenómeno hay algo que los balances no miden: una inyección masiva de prendas de alta rotación fabricadas principalmente con fibras sintéticas derivadas del petróleo, como poliéster, nylon y acrílico, materiales que pueden tardar siglos en degradarse. Luciano Galfione, presidente de la Fundación Pro Tejer, describe el mecanismo con precisión: “Cuanto más baja es la calidad o la duración de esa prenda, más rápidamente el consumidor la reemplaza y la vieja pasa a ser un residuo”. La relación es directamente proporcional y, en Argentina, nadie la está midiendo.

Las empresas chinas dominan hoy el comercio electrónico

El fenómeno tampoco ocurre en igualdad de condiciones. Galfione señala que competir con estas producciones requiere políticas activas que equiparen asimetrías que hoy son abismales: “Es imposible que un comercio local pueda competir con una plataforma que no paga impuestos nacionales, no paga alquiler, no paga flete, no paga tasas de interés. Contra eso es imposible la comparación.” A eso se suma que el ultra fast fashion no tiene en su horizonte el cuidado del medio ambiente, los derechos laborales ni los residuos que genera su producción: “Lo único que importa es producir barato y en cantidades exorbitantes. Es por esto que se fabrican en países con jornadas laborales de 16 horas diarias, sin vacaciones, sin sindicatos, con remuneraciones que llegan a los 80 dólares mensuales y sin ningún control de efluentes.” El resultado, para la industria local, fue una caída de “Productos textiles” del 25,7% interanual en el último mes de 2025 (según Indec), con una pérdida de entre 12.000 a 16.000 puestos de trabajo junto con el cierre del 10% de las pymes del sector.

El espejo chileno

Para entender hasta dónde puede llegar Argentina, alcanza con mirar al país vecino. En las afueras de Alto Hospicio, cerca de Iquique, el desierto de Atacama se transformó en uno de los basurales textiles más grandes del planeta: unas 300 hectáreas de prendas nuevas, usadas, defectuosas o directamente nunca comercializadas, acumuladas durante más de quince años hasta volverse visibles en imágenes satelitales. Por el puerto de Iquique ingresan entre 120.000 y 180.000 toneladas de ropa por año. Solo el 20% se revende. El resto forma montañas de desechos que, en el desierto más árido del mundo, sin lluvias desde hace más de una década, no encuentran ningún mecanismo natural de degradación y con frecuencia terminan incineradas, liberando gases tóxicos y microplásticos al aire. Galfione lo señala sin rodeos: “La industria textil en el mundo es la segunda más contaminante luego de la de generación de energía, y estas superproducciones son una de las grandes causas de este fenómeno. Toneladas de indumentaria todos los años terminan en grandes basurales a cielo abierto, muchas veces sin haber sido usadas.”

Miles de toneladas contaminan el desierto de Atacama.

La situación derivó en un hecho sin precedentes: en septiembre de 2025, el Primer Tribunal Ambiental de Antofagasta responsabilizó al Estado chileno por el daño ambiental causado por el basural textil clandestino y lo obligó a presentar un plan de reparación. A comienzos de 2026, una fundación argentina denunció públicamente que Chile no acató el fallo. El proceso sigue abierto mientras las montañas de ropa continúan creciendo. Parte de la ropa usada que ingresó a Argentina en 2025, tras la eliminación de las restricciones legales vigentes durante casi tres décadas, proviene directamente del circuito de clasificación con epicentro en Iquique. Camiones atestados de ropa cruzan cada semana la frontera hacia el Área Metropolitana de Buenos Aires.

Sin salida

Laura Rocha, presidenta de Periodistas por el Planeta, describe el ciclo desde el consumidor: la ropa barata se descarta sin culpa porque se pagó muy poco, va a la basura común sin ninguna separación obligatoria y termina mezclada con residuos generales en un sistema de gestión que está lejos de ser sustentable. Las fibras sintéticas no se degradan; viajan por cañerías, contaminan suelos y liberan microplásticos al ambiente durante cientos de años. Rocha también señala a las redes sociales como acelerador del problema: “Son plataformas que lo que hacen es llegar con los algoritmos a distintos consumidores, incluso cuando ni siquiera seguís esas marcas. Eso hace que tiendas a tentarte con la compra de algo que tal vez ni siquiera necesitabas.” Para la periodista, el debate está mal enfocado: “Hablamos muy poco de la demanda que se genera. Si no hubiera una demanda, esa oferta no existiría.”

Ni Argentina ni la mayor parte del mundo cuentan con legislación que obligue a separar o gestionar los residuos textiles. Rocha reclama un debate serio en el Congreso que establezca responsabilidades para los productores y un circuito de disposición final para los textiles en desuso, pero advierte que el contexto actual de desregulación del comercio exterior va exactamente en sentido contrario. Francia ya promulgó legislación que prohíbe la publicidad de marcas de ultra fast fashion e introduce ecoimpuestos progresivos por prenda. En Argentina, la Cámara Argentina de la Indumentaria impulsa una iniciativa similar, apodada “Ley anti-Shein”, que aún no tiene fecha de tratamiento.

Galfione resume la encrucijada con una pregunta que el país todavía no se anima a responder: “¿Queremos consumo responsable o barato? ¿Queremos tener trabajo bien remunerado con leyes laborales que nos den derechos, o trabajos mal pagos que fabriquen productos baratos? ¿Queremos un país habitable para las próximas generaciones donde cuidemos nuestros ríos, bosques y aire, o queremos lo inmediato?” Mientras esa discusión no ocurra, el modelo seguirá produciendo lo que ya produce: ropa que se usa una vez, o ninguna, y contamina durante siglos. Atacama lleva más de quince años esperando una respuesta. Argentina recién empieza a hacerse la pregunta.

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