La educación inclusiva, una deuda pendiente más allá de la pandemia

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La imposibilidad que tienen muchas instituciones educativas de garantizar el acceso a la educación sin discriminación se acrecentó con el inició la cuarentena, debido a que en clases virtuales donde se reúnen 25 niños a la vez es muy difícil atender a las particularidades.

Tener acceso a la educación, en cualquiera de las instancias, es un derecho que debería ser innegable para cualquier niño o adolescente, así se establece en la ley 26.206. Sin embargo, en Argentina hoy se presentan varios problemas para que personas con discapacidad accedan a una educación formal e igualitaria, que van desde falta la de capacitación a docentes, la poca inclusión en las escuelas y los prejuicios ante las diferentes discapacidades. Todos, aún más en evidencia desde el inicio de la cuarentena. 

Uno de estos problemas a los que se tienen que enfrentar los chicos con cualquier tipo de discapacidad, ya sea niños con autismo, asperger o síndrome de Down, es la discriminación que sufren al intentar insertarse en colegios que no están especializados.

Sin embargo, existen convenciones e incluso leyes que intentan luchar contra esto: la más importante es la Convención por los Derechos de las Personas con Discapacidad, tratado realizado en 2006 por las Naciones Unidas, al que la Argentina adhiere desde 2008. A su vez, existe la ley establecida en el Artículo 24, que tiene jerarquía constitucional en la Argentina desde 2014. Estas explican que los estados tienen la obligación de tener sistemas educativos inclusivos y deben asegurar la educación de personas con discapacidad en igualdad de condiciones a lo largo de toda la vida.

Gabriela Santuccione, representante del Grupo Artículo 24, coalición de más de 150 organizaciones que luchan por la defensa del goce del derecho a la Educación sin discriminación, cuenta: “Con el tiempo nos encontrábamos con cantidad de excusas, por ejemplo, vas a escribir un chico a una escuela y te decían ‘no estamos preparados’, ‘la vacante a la inscripción está completa’, ‘en este colegio la va a pasar mal’, ‘le van a hacer bullying’ en lugar de modificar esas circunstancias”.

Y explica: “Decir yo no estoy preparada para enseñar a un chico con discapacidad es lo mismo que confesar yo no estoy preparada para respetar un derecho humano”.

En la actualidad, cada vez hay más chicos que pueden incorporarse a cualquier escuela. Según datos del Ministerio de Educación de la Nación, de 2003 a 2017, aumentó cuatro veces el número de personas con discapacidad cursando en escuelas de modalidad común. Así, se pasó de 21.704 a 90.345, es decir que esa matrícula creció un 400% en 15 años. 

De todos modos, aunque se lograron estos grandes avances, sigue habiendo poca capacitación para los responsables educativos y esto trae ciertos problemas a la hora de adaptarse a los perfiles de cada alumno. “Los docentes piden recetas: tengo un niño con síndrome de down y preguntan cómo le enseño a un chico con síndrome de down pero lo que no entienden es que seguramente un niño con síndrome de down no sea igual a otro alumno con síndrome de down”, amplía Santuccione.

Y añade: “Ese chico viene de otra familia, tiene otros estímulos, otro ambiente sociocultural, otros intereses: así como ningún chico sin discapacidad es igual a otro chico sin discapacidad, lo mismo pasa en la discapacidad. Nosotros no estamos de acuerdo con las respuestas educativas por diagnóstico, se podrán atender a ciertas características del chico porque también hacen a su individualidad, pero ningún chico con autismo es igual a otro”.

Justamente la imposibilidad que tienen muchas instituciones educativas es lo que trajo grandes conflictos cuando inició la cuarentena, debido a que cada chico tiene su propia incertidumbre y angustia, y en clases virtuales donde se reúnen 25 niños a la vez es muy difícil atender a las particularidades.

Por otro lado, psicólogas infantiles como Josefina Caesse encontraron maneras de adaptarse a las nuevas circunstancias. “Al principio mandábamos actividades y hacíamos alguna que otra llamada pero después de ver que se fue estirando empezamos a innovar y a probar nuevos sistemas”, explicó Josefina y amplió: “Arrancamos con Zoom, exploramos la aplicación y vimos que había un montón de posibilidades de trabajo y de herramientas, por ejemplo, la pizarra compartida”. El tema visual es el código más fuerte por el cual entienden y comprenden los chicos con autismo, más allá de que entienda el lenguaje verbal, muchas veces con imágenes o pictogramas comprenden mejor.

Así, se volvió muy importante explicarle a los chicos con discapacidad que era exactamente eso que estaba cambiando sus rutinas por un tiempo indefinido, para ahorrarles angustias y desesperaciones. “Las primeras sesiones trabajamos mucho sobre por qué estaban en su casa y por qué habían dejado de tener sus rutinas con cuentos. Para esto usaremos historias sociales que son cuentos con pictogramas o con el paso a paso para que lo puedan seguir”, menciona Josefina. Según explica la psicóloga, algunos lo entendían y no presentaban mucha angustia al respecto, pero a otros les costaba más.

“Es importante entender los perfiles individuales porque eso influye en cómo contesta cada uno a cada contexto. Hay personas que la están pasando muy mal y pueden tener crisis de desregulación, crisis de agresividad, que no entienden lo que está pasando, quieren salir afuera, están muy nerviosos e irritables. Y en el otro límite, o otro lado del espectro, tenes personas que se sienten mejor de lo que se han sentido en toda su vida. Están muy bien, sin tantas demandas de lo externo, tenes de los dos tipos de experiencia”, explica Alexía Rattazi, psiquiatra infanto juvenil y co-fundadora de PANAACEA, quién también comenta que el actual contexto hizo que muchos especialistas empiecen a evaluar nuevas alternativas para cuando la cuarentena se levante.

“Es muy interesante identificar cuales son las variables que están actuando en estas personas que están mejor de lo habitual porque cuando se termine esto, habría que pensar en implementar algunas de estas variables en su vida común y corriente. Los que están mejor ahora, en esta situación, quiere decir que capaz hay cosas a nivel contextual que impactan en su estado de ánimo y su calidad de vida, entonces habría que pensar cómo reproducir alguna de estas variables”, asegura Rattazi.

Estos dos extremos se ven representados en los casos como el de Josefina (10) y Agustín (8). Ambos se encuentran dentro del Trastorno de Espectro Autista, Agustín de manera severa mientras que Josefina dentro de lo que se denomina trastorno del espectro autista de alto funcionamiento.

“A mi hijo le cuesta muchísimo hacer todo lo que es videollamada, no puede prácticamente”, explica María Elisa Rossi, madre de los niños. “Agustín tenía un acompañante cuando iba al colegio de integración y ahora está viniendo a casa cada 10 días pero hoy, por ejemplo, tiene un día para el traste: está confundido y llora sin motivo, la falta de rutina es lo peor”, relata.

Josefina (10) y Agustín (8), ambos se encuentran dentro del Trastorno de Espectro Autista. (Crédito: familia Rossi)

Por otro lado, en el caso de Josefina, María Elisa explica que “acepta mejor todas las frustraciones” pero esto también se debe a que fue capaz de retomar su terapia ocupacional y fonoaudiología, lo que naturalmente hace que el tiempo libre en la cuarentena no se haga una pesadilla. 

La familia Rossi es una de las 3.571.983 en Argentina, según el Indec, que tienen algún integrante con discapacidad es sus familias y que hoy, se encuentran haciendo lo posible para sobrepasar la cuarentena de la mejor manera.

Según cuenta María Elisa, por ejemplo, Josefina logró adaptarse a estos nuevos contextos, después de mucho trabajo de sus especialistas y del acompañamiento de la familia, pero ¿qué pasa en casos como el de Agustín? ¿Cómo hace para recibir una educación igualitaria?, ¿Qué pasa con el acompañamiento necesario para aliviar sus angustias?

“Nosotros hacemos lo que se puede, lo que surge que podamos hacer- cuenta angustiada, la mamá de Agustín y Josefina-. Aprovechamos todo lo que va saliendo, como los permisos pero si no pensamos cualquier cosa creativa qué podemos hacer con ellos, hasta le hemos puesto una carpa y han hecho campamentos dentro de casa”. Y concluye: “Los problemas radican ahí en la falta de lo cotidiano”.

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