La contracara de Gesell: los buenos muchachos del rugby

Compartilo

Daniel Rosso es un ingeniero agrónomo, que estudió y jugó al rugby en el colegio La Salle. En 1980 dejó la Ciudad para instalarse en Navarro, un pueblo caracterizado por la producción lechera, 125 km de Buenos Aires, que en ese entonces contaba con poco más de 8.000 habitantes. Allí, el deporte del cual él era fanático no existía y era catalogado como de elite. Hoy, gracias a su esfuerzo y dedicación, son los bicampeones del Campeonato Empresarial de la Unión de Rugby de Buenos Aires (URBA) con un equipo conformado por chicos que vienen de todos los estratos sociales.

“Ser campeones es un resultado y el resultado para mi es anecdótico, nunca fui detrás de una devolución. Lo lindo es todo lo que vivís en el camino, eso es lo que me llena. Ver a los chicos amar lo que hacen, es más poderoso que ganar cualquier campeonato. Yo creo que ahí esta el secreto”.

Daniel Rosso, el pionero del rugby en Navarro

¿Cómo arrancó esta aventura?

Es algo que fue surgiendo y motivando a la gente a hacerlo. Yo lo veo como un nacimiento. Llegué a Navarro en 1980, cuando tenía 25 años y estaba casi recibido de agrónomo. Ahí estuve encargado en un campo grande y empecé a formar mi familia, con mi señora e hijos. Ni soñaba con que iba a seguir con el rugby, deporte que había jugado toda mi vida en el La Salle. Pero, de a poco y charlando con algunas personas, fue saliendo el tema. El que ha hecho este deporte toda su vida se va dando cuenta de que donde hay un común denominador, como lo es el rugby, existe una simpatía natural y ganas de juntarse a charlar. Y bueno, así fue. Un hombre, que era farmacéutico de acá, se enteró que yo había jugado al rugby en Buenos Aires y me llamó. Él había jugado en Deportiva Francesa y quería que charlemos. Esto fue trayendo a otros: uno que había jugado en el SIC, otro en Central Buenos Aires y así de varios clubes. Fue entonces que nos empezamos a juntar ahí en la farmacia, atrás de la marquesina.

Como una especie de Jabonería de Vieytes, pero de rugby.

¡Exactamente! Parecía una logia (risas). Nos juntábamos a charlar de rugby y punto. Mates, experiencias, anécdotas, así se terminaba el día. Todavía no se hablaba de hacer algo, sino de lo que hacía cada uno. Pero con el tiempo empezó a surgir la idea de hacer algo más concreto. La trajo un gerente del Banco Nación, que venía de Tucumán y quería que sus hijos sigan jugando. Entonces nos pusimos de acuerdo y, ahí por el año 89, arrancamos.

Los comienzos

¿Fue difícil empezar?

Había que ponerle ganas y mucha voluntad. Nadie nos daba demasiada bola, nos veían medio como unos locos. Primero, nos juntábamos en la plaza y después, le pedimos permiso a la Municipalidad para poder utilizar el polideportivo de acá. Nos turnábamos para entrenar a los chicos. Nos organizábamos según los tiempos que manejábamos. Todo se fue hilvanando de a poco y se creó, lo que en un primer momento, se llamó Navarro Rugby.

¿Y se prendieron rápido los chicos?

Empezó siendo un grupito de los que más conocíamos al deporte, pero después se fueron agregando los que no sabían nada. Fueron aprendiendo y se fue armando, hasta que dijimos “Bueno, podemos hacer algo más concreto, porque seremos una banda de indios, pero somos 15 y con 15 podemos entrenar, entrar a una cancha”. Así que, nos unimos a una organización que se había creado hacía unos años, La Unión de la Cuenca del Salado, que estaba dentro de la Unión Argentina de Rugby (UAR) y agrupaba a todos los pueblitos de esta zona: Navarro, Lobos, Cañuelas, Chascomús, etc. Eran catorce más o menos. La unión contaba con muchos exjugadores, pesos pesados que habían jugado en Buenos Aires, hasta en los pumas, y estaban viviendo en estos lugares, así que se hacían escuchar. Pero esto duró unos años. Después, por problemas de economía, que siempre pasó en este país, y por un tema climático, porque fue una época de muchas inundaciones, terminó quedando en stand by. No teníamos lugares en donde jugar, las canchas estaban inundadas porque toda la zona de la Cuenca del Salado es una depresión. De los 14 equipos, 6 tenían la cancha inundada. Uno éramos nosotros, que estamos al lado del arroyo.

¿Y ahí cómo siguieron?

Cuando viene ese corte, ciertos equipos que tenían más estructura que nosotros, pensá que Navarro tiene 8 mil habitantes y Cañuelas más de 40 mil, se metieron en la Unión de Rugby de Buenos Aires. Entonces, quedamos un poquito a la deriva. Cuando las aguas bajaron, con un grupo de padres volvimos a arreglar el terreno municipal que nos habían dado. Desmontamos, nivelamos, pusimos las haches y lo parquizamos.

Fruto del esfuerzo: la cancha de Dorrego Rugby en la actualidad

Todo a pulmón

Todo a pulmón, sudor y lágrimas. Pero queríamos que los chicos vuelvan a jugar al rugby. Así que arrancamos a entrenarlos. Y, en base a los contactos que cada uno de los padres tenía, fuimos llamando a excompañeros del colegio y del club, para organizar partidos amistosos, lo que fue trayendo cada vez más chicos. Nos vino a visitar el SIC, Olivos, La Plata, San Carlos, no te das una idea la cantidad de equipos que han llegado hasta acá, Navarro. Algo impensado. A otros lugares no iban, pero acá sí. La cuestión es que, a medida que fuimos creciendo en cantidad de chicos, ya teníamos infantiles, juveniles, y mayores, nos íbamos dando cuenta de que estábamos en el aire, no teníamos estructura, ni espalda, ni nada. Entonces hablamos con un club de acá, el club Dorrego. Hablé con el Presidente y le pregunté si nos permitían entrar con el rugby al club y llevar su nombre. A él le gustó la idea, el problema fue la comisión directiva. Me sacaron rajando, no querían saber nada. “Ni loco, rugby no, se matan”, repetían. La cuestión es que, finalmente, y gracias al apoyo del Presidente del club, pudimos entrar, con la condición de que nosotros, los padres, nos hiciéramos cargo. Claro que, lo único que nos dieron, fue el nombre. No teníamos cancha, no teníamos guita, nada. Pero lo importante era estar adentro para seguir adelante con el proyecto. Y bueno, todavía estamos. Somos Dorrego rugby.

¿Y cómo fue esa evolución, ese crecimiento desde que arrancaron hasta hoy?

Bueno, a partir de ahí, vino una catarata de chicos. Hermanitos, hermanos más grandes, papás: todo se fue armando y le empezamos a dar forma. Lo más importantes es que, a lo largo de estos 30 años, jugamos al rugby y punto, eso es lo que nos mantuvo unidos. Para los más grandes conseguíamos partidos con divisiones de primera de otros equipos, los más chicos jugaban con los pueblos vecinos. Ahora ya son más de 120 chicos y, con el tiempo, el club compró un terreno de 6 hectáreas para que hiciéramos la cancha. Eso sí, tuvimos que rellenarlo durante años porque el terreno era en un foso, una laguna.

Las juveniles del club, presente y futuro

Ustedes llevaron una cultura totalmente nueva a un lugar donde no se sabía nada de lo que era el rugby ¿Qué imagen tenía el deporte en un pueblo como Navarro?

Los dos estigmas más fuertes que tenía el rugby eran, primero, que se mataban, como te dije, que era un deporte que se mataban a golpes, la gente creía que era eso. Y el otro estigma fuerte que tenía el rugby, era que era un deporte para ricos, de elite. En todo el transcurso del proyecto, costó mucho derribar esos mitos que deambulaban en la cultura del lugar. El rugby nunca fue bien recibido. El periodismo local, ya sea el del diarito de la esquina, la radio, la tele, todos tenían ese concepto, y yo tenía que revertirlo. Pero yo nunca me ocupé de revertirlo, sino que decía: “Ustedes tienen la imágen de que es un deporte de ricos. Bueno, vayan a ver los jugadores que tengo. Tengo chicos del campo, tengo chicos de los barrios, tengo al hijo del médico, el hijo del estanciero, están todos, no hay una separación de clases sociales”. Con el tiempo, esas miradas fueron cambiando.

¿Te tocó tener muchos chicos con complicaciones económicas?

Sí, chicos muy humildes que ahora dejan la vida en la cancha y lo más importante es que, el rugby no sólo les ayudó adentro, sino también en todo ámbito de la vida. Son pibes que tomaron los valores que el deporte transmite, y son ellos quienes ahora más los difunden. Se alejaron de las calles y tomaron la cultura del esfuerzo. De hecho, un chico que viene bien de abajo, me ofreció ayuda para entrenar a los pibes y hoy en día, es mi mano derecha. Todo fue como te dije, un nacimiento: el parto fue duro, el crecimiento también. Hubo muchos palos en la rueda. Pero después las cosas se van dando vuelta. Ahora, 30 años después, siento una alegría inmensa y un orgullo terrible por los chicos, por todos.

Daniel junto a Coco Oderigo (izquierda), creador de los Espartanos, equipo de rugby que nació en la cárcel

¿Cuándo se metieron en le torneo empresarial de la URBA?

Fue algo que surgió en el 2009, cuando cumplíamos 20 años, a partir de una visita de los Pumas Classic, un grupo de ex pumas que vinieron a jugar acá, algo impensado. Jugaron contra nuestros chicos de entre 20 y 30 años ¡Hasta yo me metí ahí, no me podía perder la oportunidad! Y todo gracias a un amigo mío, Diego Cuesta Silva, quien jugó en la selección y me propuso la idea. La cuestión es que, en ese momento, nos dimos cuenta que teníamos, por lo menos, 35 tipos que podían jugar en primera y hacerle partido a cualquiera. Ahí fue cuando nos metimos en el torneo. Debutamos en el 2010, y después de un año muy duro, ya que era nuestra primera experiencia jugando con equipos de allá, ascendimos a primera.

Y pelearon el campeonato.

Hasta 2015, salimos 3 veces subcampeones. Los chicos se ponían muy nerviosos en las finales. Pero para la cuarta se me ocurre una idea para sacarles la presión. Moviendo algunos contactos, hice que el capitán de Los Pumas, Juan Martín Hernández, venga a Navarro y les diera una charla técnica antes de salir a jugar ¡Sin que nadie supiera nada! Fue una locura y un honor. Por su puesto, salieron a la cancha y ganaron el campeonato. Al año, salieron campeones de la Unión de La Cuenca del Salado, pero se disolvió y volvimos al torneo empresarial. Así que tuvimos que volver a ascender y de ahí, ganamos en todos los años, incluyendo el 2019.

Es decir que, no sólo creaste un equipo de la nada, sino que creaste un equipo multicampeón.

(Risas) Bueno, nunca esperas una devolución, nunca fui detrás de una devolución. Pero te vienen solas con el tiempo. Cuando vos sembraste trabajo y esfuerzo, cuando ves a los chicos que entrenaban a las 9 de la noche, en junio y con lluvia, las cosas llegan. Y no porque uno tenga una receta, yo siempre digo, no es lo mismo querer hacer algo, que amar lo que hacés. Ahí hay una gran diferencia. Querer es poseer algo, en cambio, cuando amás, no necesitas poseerlo, porque el amor te da esa libertad de hacer porque vos tenés ganas. Es un poco la filosofía que nos moldeó hasta acá.

Campeones

Cuando miras para atrás y tomas conciencia de todo lo que lograste por medio del rugby, todo lo que le trajiste a Navarro ¿Qué te genera?

Es algo hermoso. Va más allá del rugby. El rugby es un medio para hacer todo lo que vos tenés adentro, es la conexión de muchas otras cosas. Yo siempre digo que no es un fruto puro de mi persona, tuve mucha ayuda y aparte, tiene mucho que ver con lo que uno mamó de chico, de lo que te dieron tus padres, tus abuelos, tus profesores, entrenadores, uno es el resultado de todo eso. Yo siempre busqué mantener viva la llama del deporte, que se convirtió en la llama de la vida. Yo soy un luchador, un trabajador que busca transmitir alegría, y me salió hacerlo del lado del rugby. Cuando me acuerdo de lo que costó lograrlo, de todas las dificultades que hubo en el camino, me emociona, hace que el disfrute sea doble y me da fuerzas para seguir dándole para adelante. Por mí, pero por sobre todo, por los chicos.

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