El fast fashion y las importaciones presionan a la industria. Pero surgen modelos de negocio basados en la la sostenibilidad.
El crecimiento del fast fashion, el avance de las importaciones y la crisis productiva conviven con nuevas iniciativas de moda circular y sostenibilidad en Argentina, y buscan dotar de opciones a un sector que viene sufriendo el golpe importador y del cambio de consumo.
En este contexto, diseñadores y organizaciones apuntalan nuevos modelos de negocio e impulsan alternativas que buscan replantear la forma en que se produce, consume y descarta la ropa.
El cambio de consumo en el mundo de la moda y la indumentaria tiene una cara de producción ya que provocó que la industria local atraviese tensiones económicas, con cierre de empresas y pérdidas de puestos de trabajo.
Iniciativas que impulsan el cambio
En los últimos años, distintos proyectos comenzaron a impulsar formas más responsables de producir y consumir moda. Desde modelos de economía circular hasta nuevas formas de financiamiento, el foco comienza a desplazarse hacia la durabilidad y el impacto social.
El trabajo de Marianela Balbi, fundadora de Cuarto Colorado, es uno de esos ejemplos. Su propuesta combina diseño, inclusión social y reutilización de materiales, transformando residuos en nuevos productos.
“Es clave pensar no solo qué se produce, sino cómo y para quien”, sostiene Balbi. Y agrega “Lo que se consume es lo que el diseñador propone. Hay que enseñar a diseñar pensando en todo el ciclo de vida de una prenda”.
A este tipo de iniciativas se suman nuevos modelos de negocio que buscan extender la vida útil de las prendas a través de la reventa o reutilización de las prendas, abriendo paso a una lógica más circular dentro del sistema.
Uno de los casos es Pacto Collective, startup argentino que desarrolla programas de recompra entre marcas y consumidores, con entrega de prendas usadas a cambio de crédito para futuras compras, mientras las marcas restauran y revenden esas piezas a precios más accesibles.

Según explica Nick Teperman, cofundador del proyecto, este tipo de programa no solo busca extender la vida útil de las prendas y reducir residuos, sino también atraer nuevos consumidores y generar fidelización sin recurrir a descuentos constantes. Actualmente, el modelo ya trabaja con distintas marcas argentinas y logró recircular miles de prendas.
Cómo se financia la moda
Por otro lado, el desarrollo de este tipo de proyectos también depende del acceso a financiamiento que permita sostenerlos y escalar en el tiempo.
En esa línea, Sumatoria es una asociación civil sin fines de lucro que trabaja acompañando proyectos con impacto social y ambiental positivo a través de créditos accesibles y financiamiento para Pymes y emprendimientos sostenibles.
Entre los proyectos impulsados hay cooperativas textiles y emprendimientos vinculados a la economía circular.
Estas iniciativas reflejan cómo parte de la industria comienza a buscar alternativas que combinen producción, sostenibilidad e impacto social en un contexto de transformación del sector.
El impacto de la moda rápida y la crisis de la industria local
Este cambio convive con un modelo basado en la producción acelerada y el consumo masivo. A nivel global, la industria de la moda es responsable de alrededor del 10% de las emisiones de carbono y genera más de 92 millones de toneladas de residuos textiles al año.
Además, es uno de los mayores consumidores de agua y una fuente significativa de contaminación por micro plásticos, producto del uso de fibras sintéticas. El crecimiento del fast fashion, impulsado por precios bajos, rotación constante de tendencias y plataformas digitales ha intensificado este problema.
Hoy, la producción sigue aumentando, al mismo tiempo que la vida útil de las prendas se reducen y se evidencia el problema de “basurales textiles”.
Los ciclos de producción de moda
La periodista especializada en moda Celeste Nasimbera explica que el fast fashion responde a una lógica de producción acelerada donde las prendas son creadas para consumirse rápidamente y descartarse en poco tiempo.
“No se busca un producto que dure, sino resolver rápidamente la necesidad del mercado y vender”, señala.

Además, advierte que detrás de los precios extremadamente bajos suele existir un costo oculto: “Si una prenda es sospechosamente barata, es porque alguien en la cadena no recibió una retribución justa”.
En Argentina, esta problemática ambiental convive además con una crisis productiva que afecta aún más el panorama del sector.
Según Priscila Makari, directora ejecutiva de la Fundación Protejer, el sector atraviesa casi dos años de recesión, con niveles de producción un 35% por debajo de 2023 y una fuerte caída en la actividad. Actualmente, cerca del 80% de la maquinaria se encuentra inactiva.
Además, según datos del INDEC, la industria textil es una de las que opera con más bajo uso de capacidad instalada. Esto significa que gran parte de las fábricas y maquinarias del sector permanecen inactivas.
Uno de los factores centrales es el aumento de las importaciones. En 2025 crecieron un 71% en volumen, alcanzando cerca del 70% del consumo interno. Esto implica que, incluso en un contexto de caída del consumo, la producción local pierde participación frente a productos importados.
El fenómeno se intensifica con el crecimiento de plataformas como Shein o Temu, que operan bajo el modelo de ultra fast fashion. Según la fundación, estas plataformas generan una competencia desigual, ya que no están sujetas a las mismas regulaciones ni costos que las empresas locales.
Impuestos y costos en la industria textil
Además del aumento de las importaciones, distintas cámaras del sector advierten sobre la estructura de costos que enfrenta la producción local.
Claudio Drescher, presidente de la Cámara Industrial Argentina de la Indumentaria (CIAI) señaló en declaraciones públicas que gran parte del precio final de una prenda en Argentina está compuesto por impuestos, costos financieros y gastos comerciales.
Según detalló, entre IVA, impuesto al cheque, aranceles de tarjetas, financiamiento en cuotas y alquileres, más de la mitad del valor final no corresponde directamente a la producción de la prenda.
Desde la Fundación Protejer también atribuyen la caída de la actividad a la pérdida del poder adquisitivo y al deterioro del mercado laboral, factores que impactan directamente sobre el consumo interno. Además, el informe de la entidad advierte sobre posibles situaciones de competencia desleal vinculadas al debilitamiento de controles y regulaciones comerciales.
El impacto es también social: más de 20.000 empleos se perdieron en el sector entre 2023 y 2025, junto con el cierre de cientos de establecimientos productivos.

Otro modelo de moda
A pesar del contexto, existen oportunidades. Argentina cuenta con recursos clave como fibras naturales (algodón, lana, fibras de camélidos) y empresas que han avanzado en certificaciones y procesos más sostenibles.
Además, crecen las iniciativas vinculadas a la economía circular, que buscan extender la vida útil de las prendas, reducir residuos y cambiar la relación del consumidor con la ropa.
El cambio no depende únicamente de la industria. Los hábitos de consumo también juegan un papel central. Para Fabiana Arguello, especialista en moda sostenible, el primer paso es la información.
“Cuando entendés el impacto que tiene una prenda, empezás a tomar decisiones más coherentes con tu consumo”, sostiene.
Según la ONU, cada segundo se desecha o incinera el equivalente a un camión de basura lleno de textiles en el mundo, una cifra que refleja el impacto del consumo acelerado y el descarte masivo de prendas.
Tanto Arguello como Nasimbera coinciden en que la transformación de la industria no depende solo de decisiones individuales, sino también de políticas públicas y regulaciones estatales.
“La industria no funciona sola, trabaja en relación con los estados, las regulaciones y las decisiones económicas”, explica Nasimbera.




