Voluntariado en Tiempos de Crisis

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La pandemia de coronavirus que acecha al mundo entero no discrimina. Sin embargo, en este contexto de crisis, no es todo negativo. Si bien la curva de contagios crece, también lo hace la solidaridad. Miles de personas participan en la tarea de preparar y distribuir comida hasta colaborar en la digitalización de pequeños start-ups.

Ángeles Rodríguez Schon tiene 23 años, estudió Gastronomía en IAG y es alumna regular de Diseño Gráfico en FADU. La joven vive en el barrio privado de Pacheco Golf, en la Provincia de Buenos Aires, y decidió sumarse al proyecto de una vecina: fabricar barbijos caseros que luego son distribuidos a trabajadores que se encuentran en la primera línea de combate como son los médicos, enfermeros, policías, entre otros. “El proceso de producción es bastante sencillo”, comentó Ángeles. “Ella [su vecina] te da los materiales, un video con un tutorial y también se encarga de la distribución”, añadió. Los materiales que se necesitan son friselina, totora, tela e hilo. Ángeles cuenta que lleva fabricados alrededor de 80 barbijos, el principal destino es el Hospital de Tigre.

Producción casera

Material utilizado para la producción de barbijos caseros
Personal policial del Partido de Tigre recibiendo tapabocas

Ángeles no es la única que decidió ayudar con la producción y distribución de barbijos caseros. Clarisa Decanini tiene 38 años y es mamá de 3 hijos: un adolescente varón y dos niñas de 11 y 6 años. Hace un año decidieron, junto a su marido, mudarse a Pinamar, en la Provincia de Buenos Aires. Clarisa siempre fue muy habilidosa con las manualidades y antes de mudarse, se dedicaba a la costura de lonas de playa, bolsas reutilizables, diferentes productos de madera pintados e intervención de muebles.

Una vez instalada creó su emprendimiento llamado Almacén Taller de Arte (AdA Taller Integral). La joven cuenta: “Cuando llegué aquí, monté el taller en casa en un entrepiso dónde la luz del sol prima en el atardecer. De a poco empecé a enseñarle manualidades, artesanías, costura, pintura y diversas técnicas artesanales a algunas alumnas. Un taller libre…”. Apenas finalizó la temporada de verano, momento del año donde más ingresos recibe la ciudad playera, llegó la pandemia de coronavirus a nuestro país.

Emprendimiento inicial de Clarisa Decanini – instagram

“Ahí es cuando empiezo a pensar que hacer, pues mi marido y yo ambos somos independientes y no hay un ingreso fijo en casa. Sentada en mi taller, viéndome rodeada de pinturas, máquinas de coser y demás… pensaba ¿quién iba a comprarme algo? Ya nadie podía venir al taller tampoco…”, comenta Clarisa. Debido a la crisis desatada por el coronavirus, el Hospital de Pinamar se enfrentó a una importante faltante de camisolines, tapabocas, medicación y otros insumos. En ese momento, una conocida de la Municipalidad le mandó un mensaje a la entrevistada preguntándole si podía crear un molde y coser tanto tapabocas como camisolines para el Hospital: “Rápidamente me ofrecí para hacerlo, pues el panorama no era el mejor. Estábamos todos bastante aterrados… Y ahí empecé con esto”, recuerda Clarisa y detalla que un vecino le acercó la tela necesaria para la producción. Hoy en día, la producción de tapabocas es el ingreso principal de su familia, vendiendo una unidad a $150. Algo que comenzó como un acto de generosidad y empatía, se convirtió en su fuente de trabajo.

Nuevos emprendimientos

No sólo se puede colaborar desde la producción casera, también se crearon pequeños emprendimientos para intentar combatir las falencias causadas por la pandemia. Eugenio Scafati tiene 21 años, es alumno de la licenciatura Analítica Empresarial y Social en ITBA y está en su segundo año de la carrera. Junto con tres amigos fue precursor en Salimos Codo a Codo cuyo objeto es ayudar a pequeños negocios a adaptarse a las redes sociales para generar ingresos. El grupo de emprendedores se puso en contacto con Justin Gracibe quien creó el emprendimiento en Uruguay. “La idea inicial era usar eso de disparador: quizás hacíamos eso, quizás hacíamos otra cosa… Lo que sabíamos era que queríamos hacer algo”, recordó Eugenio. Salimos Codo a Codo tiene como objetivo ayudar a negocios y profesionales independientes a que puedan trabajar en forma remota, comercializando y comunicando sus productos por canales online. Desde Codo A Codo están buscando voluntarios con conocimiento en los siguientes rubros: marketing digital, estrategia de negocios, comunicación y diseño principalmente. Bajo el lema ‘De esta #SalimosCodoACodo’, el start-up cuenta con dos opciones en su página web ya sea para recibir ayuda, o ayudar a un negocio.

Reunión por Zoom de los voluntarios de #SalimosCodoaCodo

El trabajo consiste en cruzar negocios que necesiten ayuda con voluntarios que estén dispuestos a darla. Garcibe le otorgó a los emprendedores argentinos la estructura, los procesos del back office y el código de su página web para que ellos luego lo adapten a las necesidades argentinas, “ellos comunican que ayudan a pymes, nosotros no comunicamos eso porque en Argentina hay pymes muy grandes y no es nuestro rubro. Nosotros nos dedicamos mas a ayudar a pequeños comercios o profesionales independientes”, señaló Scafati. A la hora de lanzar el proyecto, decidieron primero hacerlo vía WhatsApp entre grupos de gente conocida para que no explotara. Luego añadieron Instagram y LinkedIn. “Tuvo bastante impacto, sobre todo en lo que es voluntarios. Nos interesaba gente tech-related y con la mentalidad de empredurismo. Hoy ya con 9 días encima, tenemos casi 200 voluntarios de distintos perfiles”, aclaró el emprendedor. A forma de conclusión, Scafati constató: “Me sorprendió la predisposición de la gente a dar una mano. Hay profesionales súper capacitados que están dispuestos a brindar horas de su tiempo en forma gratis para ayudar a un completo desconocido. Se está viendo un espíritu de solidaridad muy interesante”.

Detectando necesidades

Ana María Porres tiene 71 años y es licenciada en Administración de Empresas de la Universidad Católica Argentina (UCA). Hace voluntariado en varios lugares, especialmente en la provincia de Chaco. Tuvo que poner en pausa esta actividad por la pandemia. Ana es voluntaria de un proyecto encabezado por Gustavo Antico, rector de la Iglesia Santa Catalina y gran amigo suyo de hace muchos años. Ellos no quieren que el trabajo que realizan tenga demasiada difusión: “Esto es porque lo queremos manejar como personas que comparten con personas. No es ni una fundación, ni una institución, ni nada. Es unir dos contactos: uno que puede dar y otro que necesita recibir”.

Empezaron a trabajar con la crisis desatada por la pandemia cuando rápidamente se dieron cuenta que aquellos que ganan su pan día a día, vivirían una situación muy complicada. Si bien juntan fondos de los creyentes que van a misa y donan para apoyar la causa y con eso colaboran con cinco comedores, la entrevistada dice que lo más importante es lo que hacen a la noche. “A la noche salen tres grupos de voluntarios en distintos autos y recorren distintas zonas. Cada grupo va a un lugar: Congreso – Retiro – Obelisco – Constitución y en el auto llevan sándwiches, sopas, empanadas, jugos y fruta”, cuenta Ana María.

Se busca a gente que está en situación de calle. No se tiene una lista de personas en distintos lugares, sino que los voluntarios dan vueltas en auto en las zonas que ellos consideran más complejas y reparten todo lo que tienen: “Esto que hacemos a la noche es sin destino previo, sobre la marcha. Persona que vemos que pueda llegar a necesitar algo, persona a la que nos acercamos”.  La entrevistada cuenta que en condiciones de vida normales, viaja cuatro veces por año cerca del Impenetrable, en la Provincia de Chaco, y se queda entre 10 y 15 días haciendo voluntariado.

“Yo tengo mucha expectativa que cuando esto pase, reaccionemos y vayamos a un mundo mejor. Estas diferencias de ingresos… yo quiero que haya una distribución más justa. Que todas las personas tengan trabajo, que se promocione la industria, que la gente tenga un lugar donde vivir”, reflexiona Ana María respecto al proyecto del que forma parte. Al ser algo que se comunica de boca en boca y no cuenta con una gran difusión, se va sumando gente a medida que pasan las semanas pero no es algo que suceda a gran escala. A modo de cierre, la entrevistada reflexiona: “Nosotros estamos viviendo una cuarentena de lujo: con techo, con la heladera llena, con tus hijos que te llaman. Pero yo tengo esperanza de un mundo más justo para lo cual nos tenemos que repensar todo. Me gustaría trabajar en ese proyecto”.

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