Ser madre no es un juego de niñas

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El embarazo adolescente es un fenómeno que crece: por falta de educación sexual, deseos tempranos de formar familia y querer saltear etapas, muchas adolescentes hoy en día viven un rol de adulto y a temprana de edad se cargan al hombro la responsabilidad de hacerse cargo de un hijo.

La maternidad adolescente crece en el país, en la región y a nivel mundial. América Latina registra un 10% de embarazos adolescentes; Argentina está por encima de ese promedio. Cada día nacen 300 bebés de madres menores de 20 años, que representan el 15% del total de los embarazos de todo el país.

La maternidad temprana puede afectar la salud de la madre y el bebé. También pone en riesgo la escolaridad de las chicas y, por lo tanto, su desarrollo futuro. Según la Fundación para Estudio e Investigación de la Mujer (FEIM), de los 118.983 (15,7%) casos de madres menores de 20 años, solo el 43% finalizó sus estudios primarios y el 39,4% tiene un secundario incompleto.

La maternidad y paternidad en la adolescencia ocurre por múltiples factores sociales, familiares y personales. Según Magdalena Caballero, coordinadora de Psicología y Voluntariado del Hospital Materno Infantil Hugo Cesar Meisner, de Pte. Derqui (Pilar), se desarrolla de forma más frecuente entre los jóvenes de sectores más pobres y de menor nivel educativo. Las causas son diversas: falta de información, la creencia de “a mí no me va a pasar”, el deseo de tener “algo propio” y planes de armar una familia de modo prematuro por fallas en los vínculos de origen de los adolescentes. También es frecuente la repetición de historias en chicas a quienes su mamá las tuvo muy joven.

Una de las causas más relevantes es la falta de información adecuada sobre sexualidad y cómo protegerse. A partir de encuestas realizadas por FEIM en septiembre de 2015, se registró que el 65% de las jóvenes embarazadas no emplean ningún método anticonceptivo. Esto se ve mayormente reflejado en el interior del país en provincias como Chaco, que registra un 25% de embarazos de madres menores de 20 años. Le sigue Formosa con el 24,6%, Misiones con el 21,7%, Corrientes con el 21%, Catamarca 20%, Tucumán 17,8% y Córdoba con 15,5%.

Según FEIM, de la cifra total de embarazos en la adolescencia, el 69% corresponde a embarazos no planificados. Tanto hospitales públicos como privados del país están recibiendo con frecuencia un elevado número de adolescentes embarazadas. En el Hospital Meisner, la estadística crece año a año a pasos agigantados. De 4500 partos anuales, el 30 o 35% es de madres menores de 18 años. En relación con otros años, en el 2015 creció un 10 % más.

“Trabajo aquí desde hace siete años –dice Caballero– y es lamentable cómo aumenta la estadística del embarazo adolescente año a año. Cuando comencé a trabajar en el Hospital, ver a una niña de 15 me revolucionaba a mí y a todo el personal. Ya tuvimos niñas de 11 y 12 años, que considero que carecen de la madurez necesaria para ser madres”.

Lo que más consultan en el hospital es si les va a doler, si van a quedar gordas, si las van a acompañar al quirófano o sala de parto y si su mamá se puede quedar. “En general sus preguntas son infantiles e inocentes; no se preocupan por lo que verdaderamente es importante”, dice Caballero. De todos modos les sacan sus dudas y el personal médico aprovecha el diálogo para darles la información más importante, conocerlas, guiarlas e interiorizarse en su medio familiar y el de su pareja.

Sofía quedó embarazada a los 16 años. Actualmente su hijo Matías tiene tres y ella trabaja para una marca de indumentaria para niños. Apenas se enteró de que estaba embarazada le contó a su familia. Su padre la apoyó desde un primer momento y le prometió que nunca le iba a faltar nada ni a ella ni al bebé.

Tuvo complicaciones dado que el bebé no crecía: cuando llevaba un embarazo de nueve meses, parecía que estaba de seis. Además, el padre de Matías la abandonó a los seis meses de embarazo y volvió cuando el bebé tenía tres meses.

“Hoy ellos se ven solo cuando el padre quiere y no lo mantiene económicamente”, expresa Sofía. Entró en depresión cuando su pareja la abandonó y así engordó 30 kilos.

“Dejé cosas de lado, pero gané muchas más. No me arrepiento de nada; mi hijo Matías es lo más hermoso que me pasó en la vida y gracias a él todo tiene sentido”, dice Sofía. Resalta que no tenía planes futuros: llevaba la vida común de cualquier adolescente. Ponía su foco en fiestas y alcohol y la responsabilidad quedaba relegada a un segundo plano. “Estaba muy descontrolada –cuenta Sofía–; habría terminado mal si él no hubiera llegado. Me salvó la vida”.

Otro caso es el de María Carranza, que quedó embarazada de Felipe a los 18 años mientras cursaba el primer año de Terapia Ocupacional en Rosario. Actualmente tiene 20 años y está de novia con el padre de su hijo, de 30 años, que maneja un negocio de motos.

Cuando se enteró de que había quedado embarazada le costó mucho aceptarlo, pero hoy admite que no se cuidó bien. Al principio se lo ocultó a su familia y recién cuando se le empezó a notar su embarazo, dio a conocer la noticia. Sentía muchos prejuicios de los demás, tenía miedo de cómo recaería sobre ella la mirada ajena.

“Con mi pareja la relación cambió porque ya no somos solo dos, sino que ahora somos una familia, se sumó un integrante que movió las piezas y reacomodó los vínculos”, cuenta María. Su novio quiere que finalice sus estudios y la apoya para que lo logre. Ella aclara de todos modos que primero está Felipe, luego sus estudios y por último la pareja.

“Dejé de enfocarme tanto en mí, en las cosas que yo quería, y empecé a ocuparme de lo que es mejor para mi hijo”, reflexiona. María dice que antes estudiaba porque su mamá le decía que era necesario que tuviera una carrera universitaria. Actualmente lo hace para darle un buen futuro a su hijo y poder mantenerse por sus propios medios, independientemente del apoyo económico que le brinde su familia.

Magdalena Caballero explica que la diferencia entre ser madre joven y madre adulta no repercute en lo médico, sino en lo psicológico, ya que las adolescentes “no están preparadas mentalmente” para ser madres. Lo natural es que deseen divertirse, salir a bailar y llevar un ritmo descontracturado en su día a día. La consecuencia de interrumpir esta etapa y asumir la responsabilidad de una vida ajena es que muchas dejen sus estudios y no puedan progresar. La juventud no es catalogada como un “riesgo” para el bebé, sí la responsabilidad con que se lo cuida y atiende.

María Carranza sostiene una idea similar a la de la médica e indica: “Creo que ninguna está preparada para ser madre, porque hasta que no nace no sabés cómo es. Si lo tenés más de grande la estabilidad puede ser mejor, pero siempre digo que ser mamá joven hace que, a medida que yo me hago más grande y madura, él crece conmigo”.

“Los mismos propósitos que tenía antes siguen siendo los de ahora –comenta María–. Ahora tengo una persona que me va a acompañar siempre. Mi bebé es sano, feliz, y a pesar de que estoy en Rosario y lejos de mi novio que está en Pergamino, de que mi hijo esté distanciado de su padre y yo de mi familia, todo vale la pena después de un año, así que estoy muy contenta”.

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En el Hospital Meisner de Pilar también notan el incremento de los embarazos adolescentes.

Por otro lado, existe un gran vínculo entre los embarazos de mujeres jóvenes, la falta de deseo de asumir la maternidad por no haberla buscado y la fuerza con la que esas dos causas arrastran a que muchas aborten o al menos consideren hacerlo.

Según el Ministerio de Salud de la Nación, las muertes por abortos aumentaron el 51,5% en el país en los últimos tres años. Magdalena Caballero explica que en el hospital trabajan “por la vida”. Allí no hacen abortos y, en caso de ser solicitados, se les dice a las madres que el hospital trabaja por la vida del bebé y la salud de la mamá. Además, a las madres que consultan por este tratamiento se les muestra lo negativo que será para ellas realizarlo, ya que puede dejar “secuelas y cicatrices en el alma que se sufren de por vida”.

Las jóvenes citadas expresaron una posición firme sobre el tema. María Carranza contó que luego de quedar embarazada le preguntaban por qué no abortaba y aseguró que nunca se le cruzó por la cabeza. Si bien no juzga ni entiende a la gente que aborta, ella nunca lo haría. “Para mí, desde que tiene dos días, el feto es un bebé y crece. Creo que las personas con pocos recursos abortan en lugares clandestinos con personas que solo quieren sacarles un poco de dinero y ponen en peligro sus vidas. De hecho, muchas de ellas terminan muriendo”.

“Mi mamá me exigió que abortara”, cuenta Sofía. Al igual que María, comparte que ella tampoco abortaría, que cada uno es libre de hacer lo que quiere y que no juzga a los demás pero que, para ella, abortar es asesinar.

Autores: Milagros Escuti, Agustina Alessandroni, Josefina Bilos

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