Seguridad, autonomía e inclusión: El impacto de los perros guía en las personas con discapacidad visual

Seguridad, autonomía e inclusión: El impacto de los perros guía en las personas con discapacidad visual
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Los perros guía pueden generar un cambio radical en las personas que poseen una discapacidad visual, tanto en lo emocional como en lo funcional. A lo largo de su vida, prestan su cuerpo para el mejor desarrollo social de su amo.

“Me cambió la vida por completo”, así describe Agustina Di Masi lo que sintió al relacionarse por primera vez con Lady, su lazarillo. Tenía 5 años cuando perdió la vista tras ser diagnosticada con una retinopatía del prematuro al nacer, un trastorno ocular causado por el crecimiento anormal de los vasos sanguíneos en la parte sensible a la luz de los ojos. Nunca se había planteado el hecho de empezar a relacionarse con perros guía. Pero fue después de una charla con su padre cuando se dio cuenta de que necesitaba una compañía que la guiara y le de más independencia. 

Agustina, con 22 años no sólo posee otro dinamismo para movilizarse sino que además, se siente “más incluída en el mundo”. Porque de eso se trata el rol de estas mascotas de compañía: otorgar su cuerpo para el buen desarrollo de las personas con discapacidades visuales en la sociedad. El animal se convierte en sus ojos, reduciendo los riesgos e incentivando su autonomía. 

Atrás de todo perro hay un grupo de personas que se esmeran día a día para entrenarlo, y de esta manera, crear un asistente de cuatro patas. Actualmente en el país, la Escuela de Perros Guía Argentinos (EPGA), una institución liderada por el Club de Leones de la Colonia Quilmes Oeste, es la única organización que entrena perros lazarillos para que colaboren con la vida cotidiana de la persona, desde esquivando obstáculos en la calle hasta ayudando a su amo a usar el transporte público. 

“Los lazarillos facilitan la vida de una persona discapacitada. Lo anima a salir a la calle, a recorrer lugares, a no depender de nadie para movilizarse”, explica Martín Hess, director académico en EPGA. Y prosigue: “Pensemos que las personas ciegas andan con un bastón buscando obstáculos,y pueden necesitar 2 minutos para recorrer 100 metros. En cambio, con el perro reducen el tiempo a menos de 1 minuto”. 

El camino del perro para convertirse en guía

El entrenamiento consta de varias etapas que se van a desarrollar en aproximadamente dos años. El perro aprende cómo ayudar a una persona con discapacidad día a día. La tarea de conocimiento del animal es casi natural, se le enseña jugando, con mucho cariño y paciencia. Pero, ¿cuándo comienza? “El proceso de entrenamiento empieza cuando el perro nace. A partir de los 30 días se le empiezan a hacer exámenes de inteligencia y de comportamiento”, detalla Hess. 

Y agrega: “Luego, a los cuatro meses, se los ubica en una familia socializadora, donde descubren el mundo. En estos hogares, desarrollan distintos estímulos en diversos contextos durante un año”. Una vez pasados los 365 días, vuelven a la escuela para trabajar específicamente sobre el entrenamiento. Primero hay un entrenamiento básico, luego uno intermedio, y por último uno avanzado. Cada etapa dura entre dos y tres meses. Pero las más importantes son las últimas pruebas. 

“En la etapa final se realizan los tests que definen el aporte que va a hacer el perro. Allí el animal aprende a cruzar calles; a marcar bordillos; escalones; a subir a un colectivo, un tren, un avión; controlarse en lugares públicos; aprende a guiar”, revela el director de EPGA. Cuando ya se realizaron todas las pruebas necesarias y los adiestradores creen que los perros están preparados, se empieza con la etapa final: el emparejamiento. 

“Una de las últimas tareas que hacemos con los perros es entrenarlos a ciegas en las calles, es decir, con los ojos totalmente vendados, para ver cómo desarrollaron los sentidos”

Martín Hess, director académico en EPGA

En el “match” se intentan armar binomios usuario/perro que tengan características comunes para asegurar una relación óptima. “Generalmente, el  emparejamiento se hace en la escuela durante 20 días. En esta fase se le da importancia a la persona, la idea es que aprenda los comandos, las órdenes y cómo manipular al perro hasta que se pueda desenvolver correctamente”, asegura Hess. Ya finalizado el ciclo, existe una etapa de supervisión adicional para garantizar que todo marcha bien.

No siempre el emparejamiento es exitoso. Como es el ejemplo de Agustina, quien al principio le habían asignado un perro que “no se acomodaba a su estilo de vida”. Por lo que, los adiestradores decidieron quitarle la mascota. Ella se había encariñado tanto que no lo quería devolver, hasta que le presentaron a Lady y se “ganó su corazón” en su primera salida. “Me guió tan bien, que parecía que me conocía”, comparte. Tuvieron “tanta piel” que 30 días más tarde Di Masi viajaba sola por primera vez en tren junto a su nueva compañera de vida. 

Agustina Di Masi junto a su perra Lady

Un proceso internacional

El proceso de entrenamiento es similar alrededor del mundo ya que se deben seguir las pautas establecidas por la Federación Internacional de Perros Guía. Sin embargo, el adiestramiento puede amoldarse a las necesidades u objetivos de cada escuela. Por ejemplo, desde la Escuela de perros Guía Fundalurp, la primera institución de lazarillos en Chile, afirman que “el principal objetivo es que el perro sea 100% acorde a la persona”, para evitar todo tipo de malestar o mal desarrollo de quien lo necesite. 

Pero el foco no está totalmente centrado en la persona. La escuela chilena también supervisa la comodidad y el buen cuidado del perro una vez que llega a la casa de su amo. “Existe una supervisión post entrenamiento, donde nos aseguramos que el perro tenga una buena condición de vida, nos fijamos en su alimentación, el aseo, los cuidados veterinarios y sobre todo en el trato que recibe”, describe Marta, una de las entrenadoras de la institución. 

Características de los perros guía

Los perros guía suelen ser labradores retriever o golden retriever, ya que poseen determinadas características en su carácter y contextura física que les permiten realizar su labor de mejor manera. Estos son animales conocidos por ser “humanos dependientes”, poseen una gran inteligencia y son obedientes. Es por esto, que en la gran mayoría de los países se optan por estas dos razas. 

La adquisición de la mascota guía es bastante cara en Latinoamérica comparada con otras partes del mundo. Mientras que en nuestra región un perro puede llegar a costar aproximadamente 10 mil dólares, en Estados Unidos se pueden llegar a conseguir gratis. No hay una explicación clara sobre esto. En EPGA aseguran que el precio se debe al entrenamiento y al recambio: una vez que el perro se “jubila” (entre los 7 y los 9 años), se les otorga un nuevo animal. Así, hasta que la persona lo desee.

Tal y como indica la Ley 26.858 en Argentina, los perros guía pueden acompañar a sus dueños en lugares públicos, semipúblicos y privados. Es decir, que pueden ingresar a establecimientos gastronómicos, lugares de ocio, centros culturales, instituciones de enseñanza, hoteles, etc. Eso sí, toda persona que quiera circular con su perro lazarillo deberá llevar la credencial y el distintivo oficial del registro público de Centros de Entrenamiento de Perros. Además, el perro deberá estar sujeto a una correa o arnés. 

No todo es trabajar en la vida de los lazarillos, estos también tienen su momento de juego y dispersión. “Los perros guía requieren del mismo cuidado que cualquier otra mascota. Deben tener la vacunación al día, estar desparasitados, recibir mucho cariño y sobre todo, deben tener su momento de diversión”, comenta Agustina. Cuando Lady está trabajando, no puede ser acariciada, se evita toda distracción, por eso en sus momentos de relajamiento, su ama trata de que la perra se distraiga totalmente y que no sienta la responsabilidad de cuidarla. 

Cualquier persona que tenga un certificado de discapacidad podrá acceder a un perro guía de EPGA. También deberá presentar un certificado psicofísico donde se acredite que además no posee otra discapacidad que le impida manejar al perro.

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