Santa Teresa, el pueblo que cautiva a los argentinos en busca de un cambio de vida en tierra costarricense

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“¿Lo que más me gusta de Santa Teresa? La simpleza de vivir el día a día, el ahora, el presente. El no saber qué va a pasar mañana pero vamos para adelante. El no tener el consumismo de la ciudad, ni otras tantas preocupaciones típicas de ella. Los animales, el surf, los amigos y toda la gente linda que hay. Para mí eso es vivir acá”, dice Matías Iturralde que con doce años dejó la Argentina y vive en Costa Rica hace ocho.

Santa Teresa es un pueblo de una calle semiasfaltada en la provincia de Puntarenas en Costa Rica, a 150 kilómetros al oeste de la ciudad capital de San José, sobre las playas paradisíacas del pacífico. El turismo es internacional, pero no como el de Cancún, Ibiza o Miami. Tiene una mística especial. Con algo de hippie, algo de oasis y algo de sagrado. Todos de a poco se van quedando. O se van y vuelven o vienen y no se van. A veces sin darse cuenta, otras con las cosas muy en claro. Porque siempre hay hambre de mar y sed de agua de coco y la posibilidad de toparte con esa persona que quizá te cambie la vida (aunque sea solo por unos días). 

Hace ya varios años, pero cada vez más, este pueblo es el hogar de cientos de argentinos que llegan para hacer un cambio de vida, o, en muchos casos, para empezar a vivir. 

Cuando llegué vivía mucho eso de agarrar la mochila y vamos para acá y para allá y vemos sobre la marcha. Hoy, más establecido, proyecto un poco más. Hoy pienso en comprar un terreno, en empezar a hacer mi casa y quizás el día de mañana formar una familia”, dice Matías.  

Oriundo del bajo San Isidro, Matías Iturralde, más conocido como “El Pela”, se fue de Argentina hace doce años y en Santa Teresa vivió los últimos ocho, habiendo pasado primero por Ecuador, Brasil -en Bahía, en donde se conoce y lo conocen todos, desde el aeropuerto hasta los policías-, Perú y Panamá. A lo largo de sus 36 años fue un poco de todo: empleado en una financiera, mesero, coordinador de viajes de egresados, profesor de surf y mánager de hostels. Evita la monotonía. No se casa con ningún lugar, pero en Teresa admite que podría quedarse toda una vida. Es casi 100% autosustentable. Definitivamente un marketinero -aunque sin buscarlo- de su vida y de lo que banca. A pesar de tener casi una década viajando mantiene todas las tipicidades de ser argentino y más también. Para su familia no es el hermano mayor -en total son cinco-, es el mellizo que vive afuera. Un claro ejemplar del universo de argentinos en Santa Teresa. 

Matías Iturralde vive hace ocho años en Santa Teresa.

“Mi mellizo es nada que ver conmigo. Es el empresario, el chico correcto con dos hijos y una familia armada. Y yo soy el surfista hippie que vive en Costa Rica”, cuenta con una sonrisa burlona que se deshace para pronunciar las próximas palabras:  “Nunca vino.  Tiene hijos, y es difícil traer a todos acá. Y venirse uno es egoísta y, para un argentino que vive laburando, mucha guita. Yo siempre le digo ¨Vos mucha plata pero no podés venir a visitarme, y el hippie va todos los años a verte¨.”

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La gente y el cuarzo de Santa Teresa 

Cuando llegó acá, Matías no se imaginaba que se iba a terminar quedando. “Yo no duraba más de seis meses en un lugar, soy muy inquieto”, revela y agrega: “Pasó que me hice muchos amigos, algunos que conocía de San Isidro, del kite y del windsurf, y otros que me presentaron acá. Y fue llegando más gente y se armó un grupo muy grande, una familia. Todos los que llegaron hace ocho años ahora están teniendo hijos. Es loco pensar que hace ocho años estábamos todos surfeando acá y ahora son todos padres. Siempre le digo a mi exnovia que nos estamos quedando re atrás”, cuenta medio en broma pero medio en serio.   

Es eso lo que más te hace quedar: la gente. Según lo que me dijo una vieja, Santa Teresa es un lugar con mucha energía por el cuarzo que hay debajo de la tierra. Son energías particulares. Te aceptan o te echan. O te enamorás y te quedás, o te volvés loco y te vas corriendo”, cuenta Matías mientras ojea la hora para no llegar tarde a su nuevo trabajo como manager de Somos, el hostel furor entre las juventudes de Teresa.   

No es difícil toparse con personajes como Matías, argentinos flechados desde el momento cero con el lugar. En El Facón, uno de los restaurantes argentinos más aclamados del pueblo, ubicado al norte, sobre la calle principal -como la gran mayoría de los negocios-, todos los jueves te topás con un rubio que cuando canta y toca la guitarra de alguna manera te convence de que todo va a estar bien. Se llama Jerónimo Charpín, le dicen Jero y casi todos lo agendan como Jero Tomate, porque así se llama la pizzería que administra cuando no está arriba del escenario. 

Jerónimo Charpin llegó hace cinco años y vive haciendo música.

Jero nació en Palermo, Buenos Aires, pero con la crisis del 2001, a sus diez años, migró a El Bolsón con su familia, después de que la empresa de su padrastro quebrara. Escorpiano con luna en virgo -ósea: de carácter-, fan de Peretti, del flaco Spinetta, del palo santo y de los pueblos chicos, las tres cosas que más le gustan de Santa Teresa son la oportunidad que tiene con la música, la naturaleza y el sentido de comunidad que converge entre todas las nacionalidades que lo habitan.

Acá llegó hace cinco años confiando “ciegamente” en la hermana, que ya se había instalado en el pueblo y estaba embarazada y feliz. En ese entonces, él era el encargado de una cervecería. “Me dijo que estaba bueno para laburar, vivir y ahorrar, porque es fácil acceder al dólar, no como en Argentina”, dice con una sonrisa lógica, y remata: “Entonces ahorré, junté todo -todo es la guitarra y no mucho más- y me vine”, cuenta.

Desde la Dirección General de Migración y Extranjería indicaron que en el 2020 se registraron un total de 10.707 ingresos de argentinos al país y solo 7884 salieron de Costa Rica.

“Está lleno de argentinos. Hay distintos grupitos, pero somos una comunidad muy unida. Nos conocemos entre todos y nos llevamos bien. Hay juntadas masivas dos veces por semana. Fiestita y escabio, a veces comida…me gusta ser parte”, afirma el doble-ex-porteño. 

Hoy Jero tiene 33 y contento te dice que vive de la música, su cable a tierra. Está en una banda, Jota Beéle, con Lucas, el bajista, Beta, la baterista de 57 años, y con Sarasvatty, su guitarra, que es de cáncer y la apodan Sara. Su momento favorito del día es a la noche, cuando va a tocar. “Hay un circuito musical muy grande pero cero competitivo. Somos todos amigos. Si uno no puede ir a tocar ese día le pasa el toque al otro. Nos ayudamos entre todos”, cuenta.  

Jero sigue flechado con Santa Teresa y no le gusta pensar de antemano en un próximo destino. “Si planificás después vas a terminar haciendo otra cosa ¿o no? Vas a terminar haciendo lo que se le cante al universo. Mejor ir con el flow y que sea lo que tenga que ser”, opina. 

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El amor después del amor

El ¿por qué volverías? que muchas veces suele ser un ¿por quién volverías? pierde fuerza y relevancia y se funde en la inmensidad de un mar lleno de olas que quiebra sobre una arena clara llena de caracoles reflejando el fuego de un cielo de las seis de la tarde. Y aunque no te olvidaste de tus motivos para volver, de repente parecen poder postergarse indefinidamente. La pregunta pasa a ser ¿por qué no te quedarías?; en muchos casos ¿por quién no te quedarías?

Juana Fernández, aunque todos la conocen como Juanita o la chica de los rollers, es una más del rejunte de dulces víctimas de este sueño de verano. A Santa Teresa llegó en abril porque una de las amigas estaba enamorada de un chico que se había venido para acá. 

“Los pasajes estaban re baratos y podía estudiar online, y dije: ¨quizás es el momento para hacer esto¨… y saqué el pasaje. Sin saber nada. Sin saber lo que estaba haciendo. Tenía pasaje de vuelta para dentro de un mes. Y un mes me parecía un montón”, me dice y se ríe como si estuviera acordándose del momento en el que pudo haber llegado a pensar eso. Agrega: “Pasado el mes, mi amiga se volvió, del chico por el que vinimos y de sus amigos me hice hermana, me enamoré, me rompieron el corazón, pasé por seis trabajos y hoy ya llevo cinco meses”, explica la joven de veinte años.

Juanita a la mañana estudia marketing en la USAL a distancia, y a la tarde trabaja en The Bakery, la panadería más concurrida del pueblo. Es espontánea, extremista y un poco loca, pero loca linda. Tiene altibajos y no le da vergüenza decirte que está brokenhearted. Imposible que no la registres. 

Juana Fernandez aprovechó la pandemia para hacer un cambio de vida

El día que corté con mi novio estuve andando tres horas en rollers por la calle -la única calle que hay-. Se enteró todo el pueblo”. Dice, y por un milisegundo finge algo parecido a un llanto, pero se nota que prefiere reírse de su desgracia amorosa en lugar de hacerse la pobrecita. Sigue con su relato: “Mi ex ahora es mi vecino y lo veo todos los días. Es un pueblo mini. A la persona que no querés ver la vas a ver ocho veces por día, y a la que querés ver ocho, más las veces que la buscás. No te podés escapar de nadie”. 

Nos interrumpe un vendedor ambulante. No tenemos monedas, ni hambre, pero Juanita no es de las que dicen “No, gracias”. Ni hablar de las que miran con desprecio. Juanita lo mira como pensando en qué decirle y le tira un “¡Suerte en la venta!”. El vendedor sonríe y se va, porque ¿cómo no sonreírle a Juanita?

Finalmente concluye: “No decidí quedarme en Teresa por él, pero obviamente incidió en el resultado, por eso en algún punto agradezco haberlo conocido. Porque ahora no estoy con él, y me sigo quedando”. 

Juanita Fernandez / rollers girl

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Argentina a distancia: ¿extrañás?

Matías afirma que “nunca” volvería a la Argentina. “Cuando arranqué a viajar me di cuenta de que había un mundo fuera de Argentina, y ahí me agarró el vicio. No extraño nada, ni a la gente, ni a la comida, ni a mis amigos. Muchos ahora me preguntan cómo es la vida acá, porque empiezan a ver que Argentina se va a la mierda y arrancan con él para dónde huimos”. 

Hace una pausa, tildado en un punto fijo de la mesa que tenemos enfrente como si se estuviera repreguntando internamente si hay algo que extraña. Me vuelve a mirar y confiesa “Extraño la medicina argentina. Uno aprende a valorarla cuando vive afuera. Hace poco tuve una hernia de disco y gasté una fortuna, y pensé ¨en Argentina podría atenderme gratis, o sería mucho más barato¨”.

Para Jero la línea no es tan rígida y admite que hay algunas cosas que si extraña. “Extraño a mi gente más que a Argentina. A mi grupo de amigos y a mi familia. A una buena milanesa, un buen asado. Cuando viene un conocido lo primero que hacés es pedirle yerba y fernet. Un amigo hace poco se trajo un stock de Playadito para vender y se las sacaron de las manos. Había fila para comprar esa yerba”. 

Algunos se traen el stock de provisiones y se las sacan de las manos”. 

Juanita confirma que es la más joven y menos desapegada del grupo. “Los primeros dos meses los lloré mucho, después me adapté. Pero sí, extraño. Obvio. A mis amistades, a mis abuelos, a mis papás y a hermana, y a mi perro”, dice con una seriedad que exhibe la fidelidad que le tiene a los pilares de su vida. Y después se descontractura y sigue “También extraño el fútbol, mis clases de baile y las jodas en el campo. Tengo una vida re linda. No escapé y no quiero escapar, pero me encanta esto de cambiar”.

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Eso del cambio

“¿Lo que más me gusta de Santa Teresa? Que todo cambia y nada es monótono. Crezco con cada situación que se me presenta y eso hace que me siga quedando. Me voy a ir en el momento en el que me sienta estancada. Ahí voy a darme cuenta de que cumplí mi ciclo”, reflexiona mientras mira el pareo de la chica que pasa por al lado y reafirma: “Todavía no lo cumplí.” – Juanita Fernandez.

Amanecer en Santa Teresa

Y de repente estás parado en julio, a mitad de un nuevo año, y te invade un sentimiento extraño. El sentimiento de estar en una previa que parece extenderse demasiado sin mostrar desenlace. Y de repente parece ser que el desenlace llegó en el momento en el que te bajaste del ferry y empezó la historia. El sentimiento, también, de haber encontrado algo que perdiste hace mucho tiempo. Encontrarlo no en su forma original, sino en la forma de un collar de caracoles o en la mirada de un perro en el medio de un amanecer, o en esa sonrisa que se te forma automáticamente cada vez que salís del mar. 

Mientras en el resto del mundo los casos de COVID suben, las variantes se multiplican, las fronteras cierran y la gente es cada vez más escéptica, Costa Rica abre las puertas de una suerte de edén atemporal. Un rincón al que se puede acceder con solo un seguro médico y un pasaje de vuelta. Un rincón libre de barbijos, de teorías conspirativas, de preocupaciones, de hipocondría y de pandemias. Un rincón que te invita a probar un nuevo estilo de vida. Con surf, yoga, vitamina D y alguna que otra quimera. 

Un rincón en el que se encuentran personas de todo el mundo. Israelitas que manejan restaurantes, hoteles y argentinos. Argentinos que dominan las miradas en las playas. Italianos que se llevan los halagos gastronómicos. Estadounidenses que en el medio de una pasta o un sushi juran paraíso. Canadienses que pasan horas trabajando en el cowork del Selina de Playa Carmen. Y algún que otro sueco, holandés, francés, belga, chileno o australiano maravillándose en el deambule por las calles de tierra, y polvo, del pueblo. 

Y te encontrás siéndole fiel a esa vida que empezaste hace no tanto. Y te sentís seguro. 100% seguro de lo que estás haciendo. Es esa seguridad casi ridícula con la que se jura fidelidad a alguien al que todavía no se conoce. Es ese por ahora y para siempre que alcanza y sobra para vivir bien.

“Acá no buscás hacerte millonario. Acá no buscás, vivís”, dice Matías con franqueza y sin calcular que esas fueron sus últimas palabras antes de despedirnos con un abrazo, porque ya son las 12 del mediodía y le toca entrar a Somos, en donde se va a quedar hasta el cierre a la noche, para luego irse a su casa en el sur del pueblo, donde va a dormir escuchando a los grillos y a los monos aulladores y quizá también a la armonía de una tormenta, porque es octubre, temporada baja, de lluvias y de corrientes fuertes. 

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