¿Para qué sirven las Carilinas? Las constelaciones familiares por dentro

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La puerta con picaporte dorado se abre lentamente al escuchar el sonido del timbre. Un rostro alargado se asoma rápido y da la bienvenida.

– Hola, soy Laura y hoy voy a ser tu consteladora.- Esas palabras provienen de unos labios jóvenes y firmes. Las sílabas se desparraman de una manera armoniosa y suave- Pasá por acá. En ese cuarto podés dejar tus cosas (señala una habitación pequeña en la que hay camperas, carteras y bolsos). ¿Tu nombre?¨
– Juan Ignacio- contesto.
– Bien, Juan. Ponete cómodo porque en un ratito empezamos.

En el sexto piso del edificio ubicado en la calle Virrey Loreto hay doce personas sentadas alrededor de una alfombra de 4×4 metros que ocupa la mayor parte del cuarto. Algunos están apoyados en un mullido sillón. Hay flores y cuadros por donde se mire. Otros se acomodan en sillas y los que llegaron tarde se tienen que conformar con sentarse arriba de almohadones en el piso. A todos nos cubre el sol de las dos de la tarde que entra por el gran ventanal que apunta a la delicada Avenida del Libertador. Desde allí, si uno quiere, también puede ver cómo miles de personas suben y bajan de los trenes y colectivos que tienen parada en las Barrancas de Belgrano. Estamos todos descalzos y miramos la estupenda alfombra que oficia de “campo” y es el lugar donde se trabaja.
En cada esquina de la habitación hay pequeñas mesas en las que se apoyan cajitas de carilinas.

– ¿Por qué hay tantos pañuelos?
– Son para secarse las lágrimas.
– ¿En serio?
– Sí. Y te aseguro que los vas a usar.

Me lo dice una señora de unos cincuenta y tantos años, que además de pelo corto y un lindo collar que adorna su huesudo cuello, lleva una libreta en la mano de la cual no se desprenderá durante toda la tarde. A su lado hay otra mujer demasiado similar a ella como para no ser su hermana. Sin embargo no lo es, sino que comparten el curso para convertirse en consteladoras, por eso es que las dos anotan todo lo que ven en un cuaderno. Yo hago lo mismo. Los tres compartimos el único sillón del living. Queremos contarnos de nuestras vidas pero algo nos interrumpe. Es Laura. Callados. Va a hablar.

“Me presento nuevamente. Soy Laura y seré su facilitadora (algunos consteladores gustan de llamarse a sí mismos de esta forma). Hoy no somos tantos así que podemos trabajar con tiempo. – Una sesión de constelaciones familiares requiere de al menos dos personas, el constelado y el constelador, y pueden llegar a haber hasta 30 en una sala, de los cuales algunos participan y el resto observa-. Me gustaría que se presenten para conocerlos un poquito más. Adelante ¿Quién se anima?”

Uno a uno nos vamos presentando. Ninguno se extiende mucho en las declaraciones. Los que estamos por primera vez en esta situación somos aún más reservados. Se nota en el aire que hay desconcierto y nadie suelta más palabras que las necesarias. Laura, serena como se la ve, nos explica que debemos optar entre oficiar como constelados o como representantes. La diferencia radica principalmente en que el constelado elige el tema a tratar y el objetivo es “sanar” su problema. Para esto es necesario el trabajo de los representantes, quienes ayudarán recreando situaciones guiadas por el constelador. La otra diferencia es lo que pagan. Si bien los honorarios varían según cada constelador oscilan entre los $500 para constelar y $300 para ser representantes. Esta tarde solo tres pasarán al frente.

Laura, al azar, elige a quien será el primer constelado de la tarde. Lo hace sentar en una silla al lado de la suya que está en la cabecera del cuarto para que todos lo vean bien. Se llama Jorge y es la primera vez que se involucra en este tipo de terapias alternativas. Pero antes de él hubo otro hombre que hizo que hoy estemos todos acá.

Su nombre es Bert Hellinger y es el principal difusor de las constelaciones familiares. Es alemán, tiene 90 años y viaja por el mundo dando conferencias sobre su trabajo. Es, además del máximo referente de esta terapia, filósofo, teólogo y pedagogo egresado del Instituto de Múnich de Formación Psicoanalítica, aunque increíblemente no tiene licencia para hacer psicoterapia en su país. Quizá por eso se dedique a difundir sus trabajos por varias ciudades, sobre todo en América Latina, donde tiene mucho éxito. Tanta es su repercusión que los pasados 14, 15 y 16 de agosto se presentó a sala llena en el Teatro Coliseo de Buenos Aires. Las entradas costaban desde $4000 hasta $9000 por los tres días. Al menos 1500 personas fueron partícipes de esta conferencia.

¿Qué es una constelación y para qué sirve? Según Hellinger es difícil de definir, aunque comenta que sirven para aliviar el peso que llevamos de nuestra familia, ya que inconscientemente realizamos acciones que se repiten transgeneracionalmente y que determinan nuestra vida aunque no lo sepamos. Esta terapia ayuda a sanar no solo el problema personal sino también los inconvenientes de todo el sistema familiar. A través de los representantes es como surge a la luz quiénes son los excluidos y cómo se pueden reintegrar a la familia.

Bert, al igual que Jorge, se acercó a esta terapia a través de una amiga. Bert, al igual que Jorge, alguna vez tuvo un arma en la mano. Uno porque participó en la Segunda Guerra Mundial y el otro por mandato familiar.
“Mi tío era un jefe importante de la Policía y líder de una Mafia. Se encargaba del crimen organizado. Tenía mucho poder y me crió como a un hijo. Su idea era que yo algún día ocupara su lugar. Lo que él decía era ley para mí”. La mirada de Jorge ahora apunta al medio de su chomba rosa. Tiene unos cincuenta años y los parece. Su pelo es prácticamente blanco. Sus manos son grandes. Se siente observado y está en lo cierto. Laura lo invita a que cuente más. Jorge, de a poco, nos va dando más información. “Yo maté a tres personas y siento mucha culpa por lo que hice, por eso es que estoy acá”. Se acomoda un poco la ropa, quizá para destrabar la garganta y sigue. En la sala no vuela ni una mosca.

Vuelve a hacerse silencio. Laura hace un gesto para demostrar que comprende la situación y sin decírselo lo obliga a que siga contando. “El primero de mis asesinatos fue a los 16 años. Era tan chico”. Toma aire y continúa. “Lo hice por pedido de mi tío. Él me ordenó matar a uno del grupo que se estaba portando mal, que era mala persona, y en la Mafia lo que no se acepta es ser mala persona. Después de eso me mandaron a otro país para protegerme. Mi tío era un hombre fuerte y poderoso, no pude negarme”.

Laura le dice que se serene. Jorge quiere llorar. Los hombres lloran, incluso los que mataron alguna vez. Empiezo a creer que las carilinas cumplirán su función en cualquier momento. Laura nos comenta que lo que pasó es el caso típico en el que un integrante de la familia se sacrifica por otro y esto inevitablemente lleva al fracaso ya que la persona se pone por encima de sus padres (en este caso el tío) y es entonces cuando se rompen las jerarquías y se produce el problema. De ese sacrificio por el otro es que surge el sentimiento de culpa. “Siento mucha culpa por mis actos. Las demás muertes fueron en defensa propia una vez que me peleé en un bar y otra en que me quisieron robar, por eso no fui preso nunca. Pero la que más me duele es la primera porque no quería hacerlo, pero no me quedó otra opción”. Le acercan un pañuelo y lo utiliza. El que ahora es artista plástico y vive en torno al arte se deja caer sobre el respaldo de la silla como quien se libera de un gran peso. Las señoras que están a mi lado murmuran algo que no logro entender. En el aire hay una energía fuerte. Laura nos avisa que empezaremos a trabajar. Para eso le pide a Jorge que se levante y elija a alguno para lo represente. Con las pocas fuerzas que pudo reponer, logra levantarse pesadamente y se acerca a una mujer y dice: “es ella”. La mujer se para e ingresa al campo. Jorge la toma por los hombros desde atrás, como sugiere el método y la ubica en cualquier lugar de la alfombra. Luego se le pide que escoja a alguien que represente a la muerte. Jorge me mira. Esquivo sus ojos. Dice “él” y me señala. La miro a Laura, sigue tranquila, y le digo que no, que no estoy preparado para esto, que pase otro, que así estoy bien en el sillón. Mi lugar lo ocupa otra persona que no tiene ningún inconveniente en ser la “muerte”. Respiro y me dejo caer como hace poco hizo Jorge. Empiezan a trabajar. Sé que se mueven y dicen cosas pero no logro entender, de hecho cuando termina esta sesión no recuerdo nada de lo que pasó con Jorge. Lo consulto con Amelia, otra de las presentes esta tarde y me dice que le pasó lo mismo, que no recuerda lo que acaba de suceder. Ella lo relaciona con que a su padre lo asesinaron y nunca descubrieron al culpable, quizá por esto inconscientemente no se acuerda de nada. A mi olvido no le encuentro explicación. Jorge llora, pero se lo ve aliviado. Se toca el pelo y respira profundo. Laura entiende que es momento de parar. El ambiente está pesado. Es obvio que algo pasó, aunque ni Amelia ni yo lo recordemos.

Hacemos el “break” para descomprimir la tensión. Hay té y muchas galletitas. Lo abrazo a Jorge. Es como abrazar a un chico que se perdió en la playa. Otros también se acercan a saludarlo. No todos, pero sí algunos. Él responde con amabilidad, la misma amabilidad que no existe entre los defensores del método de las constelaciones familiares y sus detractores.

Por un lado a esta terapia se le recrimina que no sea una ciencia, aunque Hellinger afirma que sí. Sin embargo de ninguno de los dos lados pudieron afirmar con certeza que sea una cosa o la otra.

Rosi Steudel, traductora oficial de Hellinger, me cuenta que se trata de una ciencia ya que hay leyes naturales que funcionan siempre, la diferencia es “si tomamos conciencia de eso o no”. “Como por ejemplo la jerarquía generacional, si uno la desobedece indudablemente se producirán trastornos”. Rosi, además de traductora de Hellinger, es una de las más reconocidas facilitadoras del país. “Últimamente estamos intentando suplantar la palabra constelador por la de facilitador porque nuestra función es la de ponernos al servicio del consultante.

Llamarnos consteladores sería como nombrar una profesión que no es tal, sino que se suma a lo que uno ya cuenta, y aporta, quizá, otra mirada”. Con esto nos aclara algunas de las críticas que surgen desde el lado del psicoanálisis ya que no es necesario ser psicólogo para ser constelador. “De todas formas – sigue- las constelaciones amplían la mirada. La psicología es lineal, mientras que las constelaciones son más profundas. Se interpretan las señales y sentimientos que da el cuerpo del representante, por eso es más profundo que el psicoanálisis”. Pero para que todo esto funcione bien es necesario un facilitador que no se involucre, que sea imparcial y esté libre de prejuicios. Laura parece contar con todas estas cualidades, aunque se pone estricta y nos dice que el descanso terminó. Nos invita a la sala porque aún hay más para resolver. Sin embargo no todos vuelven. Algunos consideran que ya hicieron lo que tenían que hacer. Jorge anuncia su partida y con él se van algunos más. Laura, Jorge y una chica bajan por el ascensor. Las gemelas vuelven a murmurar algo pero ahora las escucho. “Qué miedo me dio ese hombre. Ni borracha bajo por el ascensor con él”, dice una. “Yo tampoco. Si se vuelve loco y nos mata a todos. Ay, por dios, qué horror”, afirma la otra. Afortunadamente las lechuzas bajan por el ascensor de al lado y no las volveremos a ver. Ahora en el departamento somos ocho.

Entre ellos está Carolina. Tiene más de cuarenta años pero se ve más joven. Es chamana y se viste con plumas coloridas. Vive a dos cuadras de donde estamos. Es la próxima en pasar. Esta vez no me invitan a participar, por eso puedo ver cómo intentan desentrañar el problema que tiene Carolina con su hermana. Amelia representa tirada en el piso a un bebé abortado. Llora, grita y se mueve. Desde afuera parece una loca. Hay movimientos que no logro entender del todo. El sol tímidamente va desapareciendo. Son las seis y no sé qué hago acá, pero termino abrumado al igual que el resto. Todos finalizan llorando pero contentos. ¿Cómo será estar ahí adentro?

Ya se hicieron las siete y esta es la última constelación de la jornada. Quizá sea el momento de permitirse descubrir. En la silla principal hay una chica. Tiene 20 años y sonrisa cálida. Sus ojos chiquitos quieren gritar. Laura la observa y le pregunta qué quiere resolver. La joven, pongámosle Mariana, siente que no puede avanzar en su vida y quiere saber por qué. Laura la mira y le dice que empecemos, que no hay tiempo que perder. Mariana ubica a los representantes en su lugar. Por primera vez en la tarde voy a participar activamente.

Me toma de los hombros y me ubica en un lugar de la alfombra. Voy a representar a su padre. Esta chica, ahora representada por Carolina, se pone frente a mí. Me mira. Cierro los ojos y mi cuerpo comienza a hamacarse sin que yo lo encargue. Juro que mi cerebro no envío ninguna señal pero mi cuerpo se mueve hacia atrás y hacia adelante sin razón aparente. Sin embargo, todo tiene su explicación. Los movimientos se generan cuando estamos en un campo mórfico (alfombra) que es donde se encuentra la información. Los representantes se ponen a su disposición y reciben los impulsos que generan estas reacciones inconscientes. Es por eso que ahora me pica el cuerpo y quiero correr. Algo me lo impide y sigo ahí sin sostener la mirada de “mi hija”.

A “mi hija” le pago la universidad y muy bien no le va. Estudia psicología. Dice gustarle, pero yo no lo noto. Ahora la miro seguro, siento rabia. Esconde los ojos, no soporta la realidad. Mirala, ahí está parada, no se mueve. Así va a ser difícil que progrese.

Carolina, ahora Mariana, quiere llorar. Laura se da cuenta de que yo no dejo avanzar a mi hija. No le creo. Mariana (la verdadera) confiesa que en realidad ella quiere estudiar sexología. Qué locura. Se-xo-lo-gí-a. ¿Dónde se ha visto? ¿Y por qué no me lo dijo antes, en vez de hacerme pagar una carrera que no va a terminar? “Porque tengo miedo”, grita Carolina y rompe en llanto. Yo permanezco inmóvil. Ella también está estaqueada en el suelo aunque grite.
Luego de treinta minutos de tensión y de confesiones, logro entender, en parte, la responsabilidad que tengo sobre mi querida Marianita. Sonreímos los dos. Nos abrazamos.

Laura entiende que su trabajo está realizado por hoy. Nos ponemos en ronda y entre todos honramos el sistema familiar. Nos desprendemos de la personalidad del que representamos – se hace siempre cuando termina una sesión para no cargar con los problemas del representado- y agradecemos por lo que pasó recién, justo en esta alfombra. Ya se hicieron las 20 y apenas si se ven algunas estrellas. Es tiempo de partir hacia el hogar.

Abro la puerta con picaporte dorado. Mi mamá está sentada en la cocina. La abrazo fuerte. Ella no entiende bien por qué. En el bolsillo llevo unas carilinas que me traje de la sesión. Esta vez estoy seguro de que las voy a usar.

*El autor a autora fue uno de los diez ganadores del 1º Premio de Crónica de Fundación TEM para estudiantes de periodismo.

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