Los Niños del Llullaillaco: cómo se resguardan las momias incas y su historia

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La tecnología de vanguardia es clave para preservar un patrimonio orgánico único en el mundo que todavía guarda secretos centenarios y que ha marcado un nuevo capítulo para la arqueología. La criopreservación es una técnica que permite conocer un poco más la cultura incaica.

En el corazón de la capital salteña, más precisamente en la Plaza 9 de Julio se levanta entre sus edificios coloniales, una esquina de estilo neogótico del siglo XIX. La verdadera belleza del edificio, así como dice el refrán, radica en su interior. Se trata del Museo de Arqueología de Alta Montaña (MAAM) y dentro de sus paredes están resguardadas Las Momias del Llullaillaco que cuentan una historia tan propia y antigua como la cultura precolombina.

En 1999 ocurrió uno de los hechos arqueológicos más importantes para la humanidad. El explorador estadounidense Johan Reinhard y la arqueóloga argentina Constanza Ceruti organizaron una expedición, junto a montañistas y otros exploradores, a la cima del volcán Llullaillaco, en la provincia de Salta, que logró localizar y exhumar los cuerpos y el ajuar de tres niños de la civilización inca.

El resguardo de la historia

Las momias se presentan en el Sector 4 del museo, dentro de unas cápsulas especialmente diseñadas para su correcta preservación a -20°C. De las tres cápsulas, sólo se presenta una por vez y van rotando por temporadas según lo crea conveniente el museo.

La iluminación es filtrada en UV e IR, son luces de bajo nivel energético que se activan solo si uno se acerca a la cápsula. Cabe destacar que si uno no quiere ver a los niños por cualquier motivo, hay un vidrio velado que protege la sensibilidad del visitante. Por esta misma razón, el museo no tiene redes sociales.

Según explicó a Punto Convergente el gerente de criopreservación del MAAM, Mario Bernaski, primero hay que saber qué pasó en la montaña que logró conservar estos cuerpos en tan buen estado naturalmente y así llevar a cabo la mejor manera artificial de conservarlos.

Se trata de la criopreservación, un método que se emplea para replicar las condiciones de la montaña, con un continuo registro. Las temperaturas en el Volcán Llullaillaco se mantienen a -13°C en invierno y verano, mostrando mucha inercia térmica. Esa cifra constante significa que los cuerpos no tienen ni crecimiento ni decrecimiento de los cristales de hielo.

Se incorporó este parámetro y se decidió descender la temperatura a -20°C pasando el umbral de -18° C para que no haya actividades micro bacterianas. Eso implica todo un sistema de control digital y un sistema de alarmas con curvas y parámetros para tener un seguimiento sobre presiones internas, composición atmosférica, temperatura, color y peso.

El museo tiene una tecnología de vanguardia y un laboratorio que investiga y analiza todo tipo de aspectos, desde químicos, como el manejo del oxígeno hasta lumínicos, como el manejo de las luces controladas.

Si bien la pandemia y la cuarentena obligaron a cerrar las puertas de la mayoría de los museos a lo largo y ancho del país, el sistema de criopreservación del MAAM no podía tomarse ni un día libre. Los tres niños hallados en la cima del volcán y todas sus pertenencias están las 24 horas del día monitoreados los 365 días del año.

“Somos el único museo que está inscripto en la Red Nacional de Biobancos. Como todo banco, albergamos patrimonio, en este caso un patrimonio cultural. No solo tenemos cerámicos y textiles, sino también cuestiones orgánicas como papines, ajíes, maníes y maíces que están conservadas en frío porque tienen información genética, porque son una genética intacta de hace 500 y pico de años”, señala Bernaski.

Las personas que se encargan de este trabajo son dos personas en planta permanente, incluido el gerente de criopreservación. Cuando se tiene que trabajar con los niños se lo hace a bajas temperaturas, por debajo de los -10°C. Pero normalmente, no están en contacto directo con los cuerpos, sino a través de máquinas. Es un tratamiento no invasivo.

Cada tres o cuatro años, se sacan a los niños de las cápsulas y se realiza una medición de color a través del colorímetro, que tiene que ver con la oxidación de los cuerpos. La sangre tiene un componente de hierro, la metamioglobina que se oxida al tener contacto con el oxígeno. Al estar encapsulados se puede modificar internamente la atmósfera y, de ese modo, replicar y potenciar la ausencia de oxígeno para ralentizar la oxidación.

“Mientras tanto, los que quedaron en el Cusco intercalan sus actividades cotidianas con ceremonias y rituales pidiendo por el éxito del largo viaje hacia la gran montaña de nieve y fuego”.

Extracto de la novela Hasta volvernos a encontrar… de María Belén Alemán (escritora)

El cuidado de lo ancestral

Dejando lo técnico de lado, el museo tiene una misión cultural y ética. Después de todo, las momias siguen siendo niños. No se los exhiben, se los presenta. La directora del MAAM, Gabriela Recagno Browning, sostiene que “nos encontramos con una personita igual a nosotros que nos viene a contar una historia ancestral”. Estos niños encierran “un relato fenomenal, una serie de información, científica, espiritual, ancestral que hoy nos vienen a comunicar”.

La disposición museológica de los objetos, telares, herramientas, ofrendas y demás hallazgos no es casual. Todo tiene una razón de ser. “El concepto fue que las personas, el visitante, pudiera conectarse con la historia de los Incas, meterse en la forma de pensar de otra cultura, la forma de pensar la vida y la muerte y lo que significaba este tipo de ceremonias. Se buscó sumergir al visitante en un relato de esa historia y no que vinieran por el tema únicamente de ver una momia”, asegura Recagno.

Hay toda una cuestión simbólica y ceremonial. Hay tanta historia detrás de esos tres niños mundialmente famosos que, aunque se sepa mucho de ellos, lo cierto es que falta aún más por conocer. Como relata Recagno Browning, hay grupos, como la comunidad mapuche, que rinden homenaje a estos niños.

“Los arqueólogos trabajamos con la muerte, pero los niños son la eternidad, no la muerte. Son mensajeros ancestrales que han llegado vivos hasta hoy. Están muertos, pero el concepto que tienen en el idioma quechua es MALLKI que quiere decir niños semilla, no momias. Así se los llama. Son como niños dormidos que vienen a dar un mensaje y a dar una nueva semilla para la humanidad”

Gabriela Recagno Browning, Directora del MAAM

Especialmente se recuerda que es un museo “socialmente sensible” porque se trata de niños que formaron parte de uno de los rituales más importantes del calendario Inca, la Capacocha. Los poblados enviaban a Cusco a uno o más niños seleccionados por su belleza y desde la capital del imperio se dirigían hacia su lugar de origen para realizar la ofrenda. Con las mejores ropas y aclamados por su comunidad, bebían chicha hasta dormir. Las bajas temperaturas mortales se encargarían del resto.

Desde el siglo XXI puede costar entender las costumbres y tradiciones de otras civilizaciones. A su corta edad El niño, la Doncella y la Niña del Rayo representan un mensaje de encuentro y diversidad, un mensaje de sumo respeto espiritual, respeto por su tierra y sobre todo, traen el peso de toda una civilización andina y un patrimonio cultural sobre sus hombros.

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