Nicolai Gorodiskii, el bailarín con sangre ucraniana y corazón argentino que conquista al mundo

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Tiene 24 años y se formó en el Colón. Es ucraniano nacionalizado argentino y hoy brilla en el mundo de la danza. “Soy esa mezcla y me gusta”, afirma.

Nicolai Gorodiskii tiene 24 años, una tenacidad feroz  y todas las aptitudes para avanzar en el camino nada sencillo que eligió desde la infancia: la danza.

Es bailarín de ballet, se formó en el Instituto del Teatro Colón, tuvo una beca para estudiar en la escuela de danza de Austria a los 14 años, ya actuó profesionalmente en los cinco continentes del mundo, ganando varios premios. En 2015, volvió a la Argentina e ingresó al cuerpo de baile del Teatro Colón y luego se fue tres años a brillar en los teatros estadounidenses con Ana Sofia Scheller, quien fue su pareja hasta enero de este año.

Muchas veces lo comparan con sus ex colegas de profesión Julio Bocca o Maximiliano Guerra, no sólo por las grandes condiciones técnicas e interpretativas sino también por el reconocimiento temprano que ha ganado en una profesión tradicionalmente femenina. Hay que recordar que durante mucho tiempo los bailarines eran sobre todo partenaires que se ocupaban de levantar a sus compañeras, de transportarlas por el aire y de hacerlas girar. El siglo XX asistió a un cambio en este paisaje: primero con Vaslav Nijinsky y más tarde con Rudolf Nureyev y Mijail Barishnikov su ídolo y referente a seguir, entre muchos otros.  Pero es sólo en los últimos tiempos que una legión de bailarines varones en todo el mundo comenzó a instalarse con peso propio en las categorías estelares del ballet. 

Nicolai en sus primeros entrenamientos ya destacaba en los folletos del Teatro Colón.

En 2019, Nicolai volvió a su tierra natal Ucrania y sigue brillando en el viejo continente. Desde una habitación de hotel ahora en Italia, el baliarín ucraniano nacionalizado argentino habló con Punto Convergente sobre sus inicios con la danza, cómo atraviesa la pandemia de covid-19 en uno de los países más afectados y su otra pasión, el fútbol.

¿Cuándo y por qué comenzaste con la danza?
Desde muy chiquito era hiperactivo y mis padres me mandaban a todo tipo de deportes como fútbol, básquet, tenis, natación. El fútbol era mi deporte favorito y creo que era un gran jugador. Un día estaba saliendo para la escuela mientras mi mamá atendía a una bailarina del Colón, que me vio pasar y comentó ‘qué físico lindo tiene este chico para el ballet; ahora se abren las pruebas para ingresar al Instituto del Colón y podría presentarse”. Y mi mamá preguntó ‘¿qué? ¿Ballet?’. Creo que mi hijo no debe saber qué significa. A él le gusta jugar al fútbol”. “¿Te gustaría probar?”, me dijo igualmente la señora y le dije que sí.

¿Por qué?
No sé, creo que sobre todo porque soy muy curioso. Me interesa todo.  Pero en este caso no tenía la menor idea. Los exámenes eran tres: el primero, físico que lo pasé. El segundo, sobre las condiciones de flexibilidad, apertura, musicalidad, etc. Lo pasé. Sobre el tercero, que era más bailado, no sabía nada. La maestra mostraba y yo no entendía de qué se trataba. Ese mismo día tenía un partido de fútbol con el que esperaba entrar a las divisiones inferiores del equipo de San Lorenzo. Estaba apurado, así que salí antes del Colón y le pedí a la preceptora mi documento. Mi mamá me dijo ‘Nicolai, olvidate del ballet, te fuiste antes. Nunca vas a entrar al Instituto del Colón’. Me fui para San Lorenzo. ¿Sabes? Juego muy bien al fútbol: soy delantero y siempre hice goles. Pero ese día no sé qué me ocurrió: jugué pésimo. Por supuesto que no me tomaron. Al volver de la prueba, mi mamá me dijo ‘ya está, terminado: ni ballet ni fútbol’. Pero dos semanas después, nos llamaron desde el Instituto del Colón para decirnos que había ingresado.


A cada momento del día le gusta estar practicando los pasos de baile

¿Te gustó desde el principio?
No mucho. De pequeño quería ser jugador de fútbol admiraba mucho a (Andriy) Shevchenko pero cuatro meses después de comenzar las clases de ballet, vi bailar a Julio Bocca “El lago de los cisnes en el Luna” con una bailarina del Royal Ballet y en ese momento dije ‘quiero hacer esto, quiero ser así’. Y decidí que haría todo para la danza.

¿Nunca sentiste que la disciplina del ballet se te hacía dura o pesada? 
Nunca. La disciplina se la impone uno mismo.

¿Cuánto tiempo perteneciste al Ballet del Colón?
Sólo un año en 2013, ya que en 2014 me salió una beca para ir a Viena. Venía de ganar la tercera medalla del concurso internacional de ballet en Varna, una ciudad de Bulgaria. Es uno de los concursos más importantes del mundo. Cuando volví a Buenos Aires hice unas pocas funciones: una, en una gala de estrellas en el Teatro Coliseo, y además dos participaciones en ballets en el Colón.

Nada que te resultara estimulante para permanecer aquí.
Bailar en el Teatro Colón es maravilloso, para mí es como un templo, como una iglesia. Pero en aquellos cinco meses salí apenas diez veces al escenario, mientras que en Europa había hecho veinticinco funciones en un solo mes. Soy joven, quiero ensayar, trabajar día y noche. No puedo darme el lujo de quedarme sentado.

Respecto del concurso de Varna, ¿te pareció que merecías algo más que la tercera medalla?
Actualmente, en los concursos de ballet suelen ganar los bailarines asiáticos. El primer lugar fue para un bailarín chino y el segundo para un coreano. Son perfectos técnicamente, pero desde mi punto de vista no poseen demasiada emoción. Evidentemente a los jurados les fascina esa excelencia técnica. Pero había varios jueces asiáticos… Son cosas políticas.

Nicolai junto con su compañera de baile interpretando “el pricipe” en Varna

Trabajaste como bailarín en Europa desde muy joven, ¿no es cierto?
A los 14 años me fui de mi casa y terminé viviendo solo en Europa. Me habían dado una beca de tres años en la Escuela de Ballet de la Opera de Viena. Durante cinco meses estuve en el propio Ballet de Viena y luego me contrataron en el Ballet de la Opera Nacional de Croacia. Bailé muchos roles allí.

¿No extrañas a tus seres queridos?

Sí pero al irme de mi casa a los 14 años ya es algo del cual estoy acostumbrado, además cada 6 meses alguno de mis padres se compran un boleto y avión y vienen a visitarme y viceversa. Con los amigos, ya viajé tanto que tengo amigos en todas partes del mundo cada vez que llego a un país tengo uno o dos amigos de galas o escuelas en las que estuve.

¿Cuál es tu mayor  meta?
Es el Royal Ballet de Londres.

¿Londres? ¿Por qué?
Estar en la televisión me gusta pero no tanto como para quedarme mucho tiempo. Ya que en la televisión, se trabaja relativamente poco, con muchos períodos cortos de vacaciones y demasiadas interrupciones. El Royal Ballet tiene una continuidad y una disciplina que me gustan enormemente. Y también me atrae mucho más el pensamiento de los teatros respecto del ballet.

¿Cómo lo definirías?
Es más artístico. En los teatros el ballet es más show.

¿En qué sentido?
Aquí hay grandes figuras de la danza, pero parece que es más importante cuántas piruetas hacen o cuán alto saltan. No importa tanto la interpretación, el concepto del papel, del personaje. En el teatro hay una actitud más artística, más fiel a lo que significa el género del ballet.

¿Cómo fue tu cambio tan repentino de los teatros a la televisión?
En diciembre del año pasado termine mi contrato en Ucrania y en enero se contactaron conmigo desde la productora de Amici en Italia para decirme que me querían en su reality de danza, pero me dijeron que necesitaba una visa de trabajo y que ellos se encargaban de sacarme rápido el turno y el tramite porque tienen línea directa con alguien de la embajada italiana en Argentina. Cuando uno es un artista extranjero hay que demostrar muchas cosas, trabajos previos, premios.

¿Cómo es vivir en Italia en medio de una pandemia?

La verdad no te puedo decir mucho del contexto social ya que al ser un reality estábamos encerrados en una casa y apenas hace una semana salí de ahí. Lo que sí hubo de distinto era que los maestros de danza del programa tenían siempre su barbijo puesto a nosotros los bailarines no nos lo hacían poner, y los viernes que se suponía que debíamos bailar frente a un público en un auditorio, no había nadie solo el camarógrafo, debido a la cuarentena obligatoria.

Ahora que ya terminó el reality, ¿cómo te entrenás durante estos días tan particulares en Italia?

Me entreno normal en un estudio de ballet que está abierto de lunes a viernes a dos cuadras del hotel.

¿Cómo te imaginás el ballet luego de esta pandemia por el covid-19?

Me imagino que una vez se termine las cuarentenas por todo el mundo y se empiecen a volver a abrir los aeropuertos todo volverá a la normalidad, porque los bailarines nos movemos muy seguido en avión y es muy importante para nuestro trabajo que estén funcionando. En cuanto al baile en sí no le veo muchos cambios porque en el ballet son cortos los lapsos en los que nos tocamos con los compañeros y todo siempre es muy limpio e higiénico.

¿Te estás preparando para algún nuevo espectáculo?

Sí, se acercan los meses de verano y es cuando más trabajo hay porque la temporada de turismo aumenta. En un mes y medio tengo dos galas importantes en Rusia e Italia para las que me estoy preparando. Me invitaron a participar de la Gala Nureyev en Rusia que es un encuentro muy importante. Llevaremos los pas de deux de Don Quijote y de El Corsario. Por ahora no nos han informado de ninguna cancelación ya que parece que de a poco estamos saliendo de la cuarenta.

Nicolai en uno de sus entrenamientos en Italia.

¿Qué te gusta hacer además de bailar?
Muchas cosas: caminar por las ciudades, salir a pasear con el perro. No puedo quedarme en casa. Cuando vivía en Europa conocía las ciudades a fuerza de caminar. También me gusta el billar. Pero sobre todo, y creo que es lo mismo que le ocurre  a la mayoría de los bailarines, lo que más me gusta es dormir. Nunca tenemos realmente tiempo para eso: a la noche terminamos tarde una función y a las 8.30 de la mañana siguiente hay que estar tomando la clase diaria. El domingo es un día que hay que aprovechar para dormir.

También fuiste un buen jugador de ajedrez, ¿no es cierto?
Sí. Me encantaba. Empezó así: tenía nueve o diez años y mi padre quiso enseñarme a jugar. Después de un mes, empecé a derrotarlo. A partir de ese momento, o desde que no pudo ganarme más, dejó de jugar conmigo. Pero en mi colegio primario una maestra había organizado un taller de ajedrez y me anoté. Jugué mucho, gané en varios torneos, pero cuando empecé con el ballet tuve que dejar todo. No me alcanzaba el tiempo.

A fines del año pasado, Julio Bocca, que está dirigiendo el Ballet del SODRE de Montevideo, te invitó a que tomaras una clase con la compañía, algo habitual para un director cuando tiene la perspectiva de contratar a un bailarín, pero no te presentaste. ¿Por qué?
Sí, es verdad. Tanto Julio Bocca como Mijaíl Baryshnikov son los bailarines que más admiro, y sé que hubiera aprendido muchísimo trabajando con Julio. Pero estaba en Ucrania y hacia 20 años que no los veía y quería fortalecer mis lazos familiares en mi país natal. Afortunadamente lo conseguí.

¿Algún rol que ambiciones bailar?
Hasta ahora hice sobre todo papeles solistas y recién ahora estoy incursionando más profundamente en los pas de deux. Mi rol favorito es el del duque Albrecht del ballet Giselle, pero creo que es necesario que tenga algunos años más para interpretarlo. Además de haber madurado bastante más. Y también haber sufrido.

Nicolai con sus padres RomÁn y Lilia Gorodisky en San Francisco

Naciste en Ucrania, pero llegaste aquí muy pequeño y te nacionalizaste argentino. ¿Te parece que hay algo de tus orígenes eslavos que te llevó a inclinarte por el ballet?
Dicen que bailo con mucha energía, y creo que eso se lo debo a una mezcla de mi sangre ucraniana con mi corazón latino. Soy esa mezcla y me gusta.

En este sentido, su madre Lilia también médica pediatra nos cuenta por qué eligieron eligieron la Argentina para vivir. “Ucrania había tenido siempre problemas de visa con otros países al pertenecer a la URSS. Pero durante el gobierno de Carlos Menem se había hecho un acuerdo que hacía fácil el ingreso de inmigrantes ucranianos: supuestamente se les daba dinero para establecerse, una casa y trabajo. Pero al final no nos dieron nada. Para viajar tuvimos que vender todo. Tampoco pudimos revalidar nuestro título de doctores porque no hablábamos ni una palabra en español, teníamos que andar con un diccionario de ucraniano español cada vez que salíamos a la calle y tuvimos que trabajar de lo que sea durante mucho tiempo”.

Al igual que Liliana, el padre de Nicolai, Román, también es médico pediatra de profesión y cuenta el porqué de ese desarraigo de su país. “Ucrania estaba muy contaminada ya, había ocurrido el accidente nuclear de Chernobyl. Nosotros vivíamos en la ciudad costera de Odesa y no nos parecía ya un lugar saludable para criar a nuestros hijos y vinimos a la Argentina. Durante varios años compartimos la misma habitación con varias familias en una iglesia ortodoxa rusa del barrio de Floresta. Como había un solo baño y siempre estaba ocupado, teníamos que bañar a nuestros hijos en baldes de pintura vacíos”.

Nicolai de bebé en su baño diario.

N. de la R.: la entrevista fue publicada el 29 de mayo de 2020.

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