Los locos de la combi: recorrieron América en familia y lo contaron en un blog

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*Por Margarita Falavigna e Irina Gelay

El 11 de marzo de 2015, Cala Walker emprendió una aventura junto con su familia, compuesta por su padre Alfredo, su madre Noel, su hermano Dimas, que en ese entonces tenía ocho años, y sus dos hermanas, Mía, de cinco años, y Carmín de dos. El viaje consistía en asistir al Encuentro Mundial de las Familias en Filadelfia, Estados Unidos, al cual acudiría el Papa Francisco.

Cala contó: “Mis papás siempre quisieron hacer un viaje largo una vez que nosotros nos hayamos recibido e ido de casa, pero lo pensaron mejor y se les ocurrió: ¿por qué no hacerlo ahora todos juntos?”. Seguidamente compraron una combi Volkswagen modelo de 1980, y comenzaron su travesía por América, de la cual escribían todos los días en un blog, para mantener informado a todo quien que quisiera seguirlos desde lejos.

— ¿Cómo era la rutina?
— Esa era la gracia del viaje, no había rutina, cada día era algo distinto. Mi mamá hablaba con diferentes familias para que nos alojaran, y a partir de eso veíamos de qué manera seguía nuestro viaje y a dónde íbamos después. Cuando llegábamos a la casa de alguien nos amoldábamos a sus horarios y a sus rutinas y recorríamos el lugar, generalmente nos gustaba ir a lugares no turísticos.

—¿Cómo conseguían los alojamientos?
—En total pagamos cuatro hostels. Desde Argentina hasta Santiago de Chile nos quedamos en casas de conocidos, lo mismo con las capitales o en Estados Unidos. Si no eran amigos de amigos y así, también gente que nos escribía al blog e íbamos. Era impresionante la cantidad de personas que nos alojaban siendo una familia de seis con cuatro chiquitos que ni conocían. En varios lugares nos alojábamos en conventos de monjas o casas de parroquia. En Máncora, Perú, hicimos un campamento, fue redivertido porque era una costa surfera en donde había muchos jóvenes y personas de 20 años con amigos, así también en Centroamérica.

— ¿Alguna experiencia te llamó la atención?
— Cuando fuimos al desierto de Atacama en Chile, que es un lugar muy árido en donde nunca llueve, estábamos en un pueblo llamado Choros en donde había delfines. Ahí hicimos un camping cerca de un acantilado, y a la noche se largó a llover con toda. Al día siguiente, cuando queríamos volver no podíamos porque se había formado un río que antes no existía debido a la tormenta de la noche anterior. Por lo que tuvimos que quedarnos en el pueblo, que era de 286 habitantes, y nos alojaron en una escuela por una semana. Después nos fuimos a una ciudad llamada Copiapó, en donde nos alojaron unas monjas dominicas, pero como no había luz ni nada no les pudimos avisar que íbamos. Llegamos más tarde a la noche y el lugar era un barrial, llegamos al convento y las monjas nos alojaron. Al día siguiente, cuando nos estábamos por ir, no arrancaba la combi, por suerte las monjas iban a pintar la iglesia, por lo que vinieron los pintores y una mujer que se llamaba Ángela que nos ofreció alojarnos por otra semana y nos llevó a su mecánico para que arregláramos la combi.

—¿Cómo fue el momento con el Papa Francisco?
—Nosotros al principio del viaje le habíamos mandado una carta contándole del viaje y del Encuentro Mundial de las Familias pero lo único que nos contestaron fue: “El Papa ha recibido su respuesta”. Cuando llegamos a Filadelfia eran cinco días de encuentro y el fin de semana venía el Papa. El sábado pasó con el papamóvil, lo vimos, lo saludamos, al día siguiente misa con el Papa y después nos íbamos. El domingo a la mañana le llega a mi papá un mensaje de mi tía, que estaba en Argentina, que había conectado con un cardenal y decía que el Papa nos quería ver. No lo podíamos creer. Nos despertamos, vimos el mensaje, nos subimos al auto y fuimos. Llegamos al monasterio gigante donde estaba el Papa y nos quedamos esperando en el hall, nos explicaron que el Papa estaba muy apurado así que nos teníamos que arrodillar, saludar rápido y listo. Llegó el Papa en el papamóvil y dijo: “Ustedes son los locos de la combi”, se bajó y mamá no aguantó y le dio un abrazo, todos saludamos con beso. Él se quedó hablando relajado, humilde, y decía que es importante celebrar la familia y que estábamos dando un lindo ejemplo. También dijo algo del mate como: “Ay, que lástima que no traje el mate”. Estuvo muy bueno y después se tuvo que ir porque tenía un congreso. Al día siguiente daba la misa, no estábamos cerca pero yo me subía a la silla para que me viera.

Cala resaltó: “Me sorprendió la generosidad de los latinos, a pesar de tener pocos recursos, no nos paraban de ofrecer comida, te levantabas y tenías el desayuno más grande que habías visto en tu vida”.

Vivió una experiencia única que le aportó diferentes valores, entre los cuales destacó: “Disfrutar todos los días al máximo, aprovechar todas las oportunidades, valorar y aprender de la diversidad y de la gente nueva. Aprendí a vivir austeramente, a ser curiosa, a pedir ayuda y a perseguir lo que quiero”. Finalmente sostuvo: “No dudaría en repetir este viaje en el futuro”.

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