Ley de Etiquetado Frontal: ¿podrá modificar las prácticas de consumo?

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Luego de varios intentos fallidos, la Cámara de Diputados de la Nación finalmente transformó en ley la iniciativa que busca garantizar el derecho a la salud y la información de los alimentos.

El proyecto de ley sobre Promoción de la Alimentación Saludable, conocido como Ley de Etiquetado Frontal, fue aprobado, con 200 votos a favor, 22 negativos y 16 abstenciones. En diálogo con Punto Convergente, algunos especialistas en Nutrición se muestran cautos ante las posibilidades de la normativa y sostienen que “no hay que pensarla como una ley mágica”.

Silvina Calle, asesora de la senadora Anabel Fernández Sagasti y miembro del equipo que trabajó para unificar las 15 propuestas diferentes sobre el etiquetado frontal, afirma que el objetivo es “garantizar el derecho a la salud y la información de la población, para que el consumidor y la consumidora, a la hora de comprar un alimento, sepa qué está comprando”.

La Federación Argentina de Graduados en Nutrición (FAGRAN) considera que “la modificación de los etiquetados busca que se mejoren las ingestas, la selección de compras y que en última instancia impacte sobre indicadores sanitarios, es decir, que haya menos gente con obesidad, diabetes e hipertensión”.

Además, desde la organización aclaran a Punto Convergente que hay un “recorrido esperado de impacto” de la ley: en primer lugar, ayudaría al consumidor a «elegir con un mejor acceso al derecho a la información, eso repercutiría en una buena alimentación, y luego se verían reflejado en indicadores sanitarios”.

Sin embargo, María Claudia Degrossi, doctora en Química, especialista en Ciencia y Tecnología de los Alimentos y autora de libro Etiquetas bajo la lupa: Cómo descifrarlas para elegir los alimentos y saber qué comemos, advierte que “no hay que pensarla como una ley mágica”.

Para la investigadora, el problema no pasa por el cambio de rotulación sino que “lo más importante es la educación porque hay mucha información valiosa en las etiquetas, a través de la cual uno se puede dar cuenta si es bueno o malo lo que va a comprar, la cuestión es que en la escuela no se enseña a leer e interpretar esos datos”.

Calle sostiene que “la ley es una herramienta más porque para lograr el objetivo de cambiar hábitos hay que comenzar de chicos en la escuela”. Y enfatiza que promoverla “es un puntapié inicial muy fuerte”.

Desde FAGRAN coinciden con que hay una cuestión educativa detrás: “La tabla nutricional es compleja de entender, no cualquiera es capaz de comprenderla”. Y agregan que además se debería mejorar el aspecto comunicacional porque el etiquetado frontal daría “un mensaje claro y rápido, mientras que hoy en día hay que estar hurgando para encontrar los datos”. 

Actualmente los productos envasados vienen con una tabla nutricional que por lo general se encuentra en la parte trasera del alimento.
Fuente: eleco.

Sergio Britos, director del Centro de Estudios sobre Políticas y Economía de la Alimentación (CEPEA), sostiene que “si bien la tabla nutricional es un instrumento bueno, hay mucha falta de utilización y de comprensión de los consumidores y que el etiquetado frontal viene a hacer más simétrica la información de los alimentos entre quien vende y quien compra”.

Además, se muestra cauto sobre la efectividad de la ley en la Argentina porque toma como referencia el perfil de nutrientes de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) que le parece que “no es un sistema correcto para clasificar o categorizar la calidad nutricional de los alimentos”. Sin embargo, para FAGRAN es el “mejor estándar que hay porque muestra alta concordancia con las guías alimentarias del país”.

La propuesta para mejorar los hábitos alimenticios de la Organización Panamericana de la Salud y de la Organización Mundial de la Salud fue el etiquetado a través de octógonos negros. Fuente: OPS.

Britos diferencia entre dos tipos de productos, aquellos que ya se sabe que contienen excesos y aquellos que no. Por ejemplo, más allá de que se le ponga una etiqueta a un chocolate no le agregaría información valiosa al consumidor, pero la ley apunta a los otros productos con el fin de “desenmascararlos”. 

Calle coincide que el foco de la normativa son aquellos productos que puedan resultar “engañosos», por ejemplo, cuando se compran ciertos tipos de cereales, el consumidor piensa que es «algo saludable y tienen mucho azúcar”.

Sin embargo, Degrossi dice que no son productos engañosos porque el problema es que no se llega a la instancia de leer la tabla nutricional, donde se específica que tienen. Además, agrega que los consumidores pueden sentirse engañados con los alimentos “a base de”, pero remarca que eso “está permitido», y no hay un fraude.

«Un alimento a base de queso es diferente del queso, y eso está especificado en el producto. Lo que hay que hacer es mirar la etiqueta y elegir”, explica.

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