Lápiz, papel, acción

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En el último rincón del café, Andrea Jen escribe. Su cuaderno tiene notas prolijas de lo que va a ser su próximo cómic: tres tomos de una historia de fantasía en blanco y negro. “Este va a ser más ambicioso en extensión y argumento que el anterior”, cuenta ella, comparándolo con su trabajo previo, El delirio de Ani. La obra, una historieta “a la japonesa” (manga) de 200 páginas a todo color, cuenta la historia de una niña cuya búsqueda de una pelota la lleva a conocer a los más extraños personajes, desde gatos de colores hasta un príncipe macabro.

A pesar de que Ani es la primera gran publicación de Andrea, ella tiene un extenso currículum en el terreno del arte. En los últimos cinco años, ilustró la versión de Alicia en el país de las maravillas editada por Ovni Press, colaboró en el cómic español Las horas perdidas y en libros como Ábreme y REC: Historias inéditas. Además, expuso en galerías de Buenos Aires y en Casa América, en Madrid. Este año, Andrea fue invitada al Salón del Manga de Barcelona, una convención de cómics reconocida a nivel internacional.

–¿Cómo nació tu amor por el dibujo?
–Empecé a dibujar a los cuatro años a personajes como Garfield y las Tortugas Ninja. Mi interés por el manga nació con series como Sailor Moon, Los Caballeros del Zodíaco… Como mis papás nunca estaban en casa, me dejaban papeles y lápices para que yo me entretuviera. Cada tarde la pasaba copiando todo lo que daban en la tele. A los siete ya sabía que quería ser buena dibujando.

–¿Cuál fue tu primer trabajo?
–Empecé en el Centro Nikkei y trabajé ahí 12 años. La oportunidad surgió cuando fui a un curso de dibujo del Jardín Japonés y quedé insatisfecha. A la gente de la recepción les dije “No me gustó”; muy descarado para una chica de 15 años (risas). Estaba con mis borradores encima, ellos los vieron y como necesitaban contar con alguien, no lo pensé y tomé el laburo (como dibujante en Nikkei). Evaluaron mucho contratarme porque era menor de edad. Trabajaba los viernes y casi 12 horas los sábados. Igual, en los últimos años, mientras enseñaba mi cabeza estaba en otra cosa, y no era redituable, entonces dejé y ahora estoy en una etapa de experimentación.

–¿Cómo se gestó El delirio de Ani?
–En el 2010, después de un año de mucha presión, me pregunté: “¿Tengo las agallas para seguir con esta carrera?”. Ese año charlé con Felipe Smith, un dibujante argentino conocido dentro de lo que es el amerimanga (se refiere a la historieta de estilo japonés mezclada con aquella de estilo americano). Él la pegó en Japón, que es de por sí un mercado muy cerrado, entonces me dije: “Si él pudo, yo también”. Decidí hacer Ani en 200 páginas, el doble de lo que venía trabajando, y a color, para darle una vuelta de tuerca. Basé a la protagonista en mis experiencias, para que más resultara más espontáneo y los lectores pudieran sentirse identificados. Fue un trabajo de cuatro años, arduo y solitario.

–¿Cómo es Ani?
–Ella es insolente, varonera, entusiasta, alegre, con mucha imaginación y un poco incomprendida. Por su forma ser la consideran muy “volada” y la miran con distancia, como a un bicho raro. La golpea la vida, pero no porque lo haya decidido, sino porque termina involucrada en problemas ajenos. También es un poco insegura pero gracias a la travesía que hace se da cuenta de que no es débil. Ani es un reflejo de mí misma.

–¿En qué estás trabajando en la actualidad?
–Además de escribir, hago encargos, comisiones, ilustraciones… Este es mi primer año como artista freelance.

–¿Qué suelen pedirte los clientes?
–No son muy creativos (risas). Ven imágenes de lo que ya hice y lo encargan. Suelen pedirme superhéroes y acuarelas.

–¿Qué reconocimiento tienen los dibujantes locales en el país?
–Acá, de a poquito se está haciendo eco, hay más visibilidad. Igual, la mayoría de los artistas consagrados y reconocidos trabajan para afuera, para las grandes ligas. Es lo más redituable: laburan desde acá cómodamente y cobran en dólares.

–¿Qué consejo darías a quienes quieran dedicarse al dibujo?
–Primero, es importante tener en claro lo que uno quiere, estar enfocado y saber bien cuáles son los objetivos. Hay que ser constante y perseverante porque dispersarse es muy fácil. Dibujar y escribir se ejercita todos los días, es como un músculo que de lo contrario se atrofia. Sirve investigar, capacitarse, ir a talleres de dibujo o de modelo vivo.

Hay que ser paciente y rodearse de personas afines a uno, con metas similares, y con otros dibujantes de más arriba.
Antes de irse, Andrea deja un sketch en el individual de papel. Siempre lo hace. Esta vez, retrata a una joven sonriente de perfil, con el pelo revuelto. La mesera se lleva los platos, no sin antes sacarle una foto al improvisado regalo.

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