Juan Carlos Maugeri creó un espacio único en Buenos Aires donde las obras se representan entre piezas históricas. La escenografía es móvil y cambia en cada función
En el casco histórico de San Telmo, en la cortada San Lorenzo al 354 entre Balcarce y Defensa, hay un lugar donde conviven dos ciudades: la del teatro y la de las antigüedades. En medio de ese cruce se encuentra Juan Carlos Maugeri, un hombre de 75 años que encontró en esa convivencia su forma de vida. O mejor dicho, sus dos vidas simultáneas.
Su teatro es, antes que nada, un anticuario. Las sillas no están alineadas en filas fijas: son móviles, distintas entre sí, y la platea se reacomoda con cada función.
“Se va modificando la estructura a medida que van entrando los espectadores”, explica Maugeri. Es el primer teatro independiente en la ciudad de Buenos Aires con escenografía de antigüedades que no es estática. Lo llama un “teatro boutique”: “Está fuera de los cánones tradicionales de lo que es el teatro de la ciudad de Buenos Aires. No es ni mejor ni peor, es diferente”.

La historia de Maugeri con el teatro empezó casi por casualidad. “Tenía una casita en un country cerca de Pilar, en Garín. Mi comadre me dijo que había una escuela de teatro. Yo ni idea.”
Era 2004 o 2005. Cuatro años más tarde, ya instalado en Capital, comenzó a estudiar en el taller del director Santiago Doria, especialista en teatro clásico y argentino. “Ahí estuve seis años, hasta la pandemia. Después me enganché con otro docente, Diego Freigedo”, cuenta.
De las clases a la escena del tearo independiente
Y fue justamente en una muestra de fin de año del taller de Doria donde el teatro nació sin proponérselo. Un corte de luz impidió usar el Teatro La Comedia, donde ensayaban. Maugeri ofreció su anticuario como refugio momentáneo: “Les dije: ‘¿Por qué no vienen acá a hacer la clase?’ Vinieron. Y ahí alguien dijo la primera palabra: ‘Esto es mágico’” Ahí nació todo. Ahí nació el Teatro El Anticuario.
Desde entonces, el espacio se transformó en un punto singular del circuito teatral porteño. En 2019 se presentó allí Tango Corrupto de Oscar Lajad, espectáculo que cumple ya diez años de recorrido. Y aunque pocos turistas llegan a ese pasaje escondido, el boca a boca mantuvo viva la escena.
Sin embargo, antes del teatro, Maugeri era contador público: “Mi papá era un laburante tremendo, trabajó en Alpargatas y después tuvo un taller. Sufrió tanto el trabajo con las manos llenas de grasa que me tenía prohibido entrar. Quería que yo fuera profesional, contador.” Obedeció, se recibió en la UBA, colgó el diploma en la pared pero nunca se sintió parte, no era su vocación.

Su primer cliente, en 1974, cambió su destino: un anticuario. Asi empezó su otra vida: “No tenía idea de arte ni de cultura. Yo nací en La Boca, era un pibe de barrio. Pero empecé a acompañarlo a los remates y me entusiasmé”.
Fue socio de Juan Carlos Pallarols, el famoso platero, tuvo durante casi treinta años un local en calle Defensa, presidió la Asociación de Anticuarios de San Telmo y, finalmente, compró el espacio donde hoy conviven las dos pasiones.
Al principio no fue fácil. “No estar sobre Defensa era durísimo”, cuenta Maugeri, “es un pasaje donde los turistas casi no llegan. Fui remando, remando, remando”. Hoy el lugar se sostiene con las ventas del anticuario, con los espectáculos, con el borderó y con la recaudación de cada función. Jamás recibió subsidios ni apoyos institucionales.
“El teatro independiente tiene mucho de ese ‘por amor al arte’”, comenta con una sonrisa.

El teatro independiente es importantísimo para la cultura de la ciudad y del país. Buenos Aires es la tercera ciudad del mundo en cantidad de teatros de este tipo. Y detrás de esa oferta hay miles de actrices y actores que le dan una atracción única a la ciudad.
Cuando las luces se apagan el lugar “entra en otro plano, el de las antigüedades”. Cuando se encienden, en cambio, “ya me remite a las obras hechas o a las que vendrán”. Tal vez ahí resida el secreto de su magia: un espacio que existe entre dos tiempos.
Después de una vida entre muebles centenarios y noches de ensayo, logró unir sus dos oficios sin proponérselo. No fue un plan ni un proyecto. Y así, en una cortada escondida de San Telmo, un contador que no quería ser contador terminó levantando un teatro que tampoco sabía que estaba construyendo.