Punto Convergente

El mundo “transitorio” de los paseadores de perros

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1:40 del mediodía de un lunes primaveral

Estás yendo conseguir frutillas de temporada a la verdulería o a comprar queso marca Casancrem al chino de enfrente o a cargar la sube al kiosco de a dos cuadras o a fotocopiar el libro que tenés que leer para el viernes para la facultad o estás volviendo de la facultad muerto de hambre porque hoy los hicieron salir treinta minutos tarde o te saliste del trabajo porque decidiste tomarte el día libre para aprovechar el día que está divino, soleado, veinticuatro grados y una brisa que te acaricia la cara cuando cruzás la calle rápido para que no te pise un auto. Belgrano, tu barrio, el barrio de los otros trecientos que viven en tu edificio, de tu prima que vive a tres cuadras, de tu dentista, peluquero y también del garrapiñero de Cabildo y Juramento. Pero también el barrio de los paseadores de perros, un submundo dentro de la urbe porteña. Y allá a quince metros que ahora son once que ahora son siete que ahora son tres, viene caminando uno.

– ¡¿Viste que bien se portan estos?!- le dice canchereando al portero de la esquina un hombre de pelo canoso que en algún momento no tan lejano fue un rubio platinado, lentes de sol Rayban, barba un poco crecida y un poco fuera de forma; mientras hace una maniobra con la correa para que el labrador no se le vaya para el lado de la calle. Es Jorge Guglielmone, tiene 45 años y es el nuevo paseador de perros del barrio que hace paseos turno mañana tipo once y turno noche tipo siete y media y los findes se los guarda para el clásico partido de fútbol con los amigos. Es un tipo relajado sin demasiados mambos.

-Yo a los bichos los paseo todo el tiempo que sea necesario para que hagan todo lo que necesiten. Total, ¿quién me corre?

A Jorge lo dejó la mujer hace ya cinco meses porque se enteró de su amorío con la mucama que limpiaba y cuidaba a sus tres chicos, Pedro, Teo y Tomás. Se mudó a Belgrano porque estaba harto del “conchetaje” de Recoleta y porque “mejor estar lejos de mi mujer -se corrige-, ex mujer, por lo menos por un tiempo hasta que se calmen las aguas”. Ahora vive “temporalmente” en el living de uno de sus mejores amigos, donde él y su esposa -que secretamente lo odia porque sabe lo que hizo y es amiga de su ex mujer- le prestan un sillón cama.

A Jorge lo mantenía la mujer porque a él lo despidieron de la compañía en la que trabajaba por no cumplir con las fechas y responsabilidades impuestas. Por eso después de la separación tuvo que salir a buscar trabajo.

-Encontrar laburo se me complicó bastante. Me di cuenta de que estoy en una etapa que no quiero vivir para laburar, quiero llevar un estilo de vida más relajado, aprovechar, volver a verme con viejos amigos, pasarla bien.

A Jorge le dijeron por ahí que los paseadores de perros ganaban bien. Él al principio no lo creía hasta que se puso a investigar en internet y charló con algunos amigos y confirmó que ganan lo suficiente.

En la Ciudad de Buenos Aires, un paseador de perros cobra entre un rango de 50 y 150 pesos por paseo, lo que quiere decir que gana entre 1500 y 4500 por perro por mes. Jorge cobra 110 por paseo y pasea alrededor de ocho perros por vez.

Según la Encuesta Anual de Hogares que realiza la Dirección General de Estadística y Censos de la Ciudad, 430.000 perros viven con familias porteñas. En otras palabras, hay en promedio un animal cada dos hogares. La mitad son de raza.

A su vez, existen diferencias en el modo en que se incorporaron al hogar: cerca del 70% de los perros fueron comprados o regalados y el resto fue recogido de la calle, adoptado o es cría de un perro ya existente en el domicilio. Mientras que Palermo presenta apenas ocho perros por cada 100 habitantes, Belgrano se posiciona entre las comunas que mayor cantidad de canes alberga, con un estimado de 22 por cada 100 personas.

– ¡Hay bichos para que todos podamos ser paseadores! -dice y se ríe como si acabase de decir un chiste comiquísimo-. Por lo general no hay drama con los otros paseadores. Nos llevamos todos bien. Estamos en la misma, estamos de paso, juntando guita para hacer algo más. No sé si hay códigos…y si hay no estoy enterado -vuelve a reírse con énfasis, esta vez es una risa medio nerviosa, como si se estuviese preguntando internamente si debería empezar a informarse un poco sobre las bases y reglas de su nuevo trabajo. Se agacha para levantar con una bolsa la caca de un Luke, un bóxer de pelo amarronado con pintitas color ámbar.

Hay algo de lo último charlado que generó en Jorge la misma reacción que hubiese generado decirle que mañana es el fin del mundo. La sonrisa que esbozaba hasta hace unos minutos -y que probablemente él está convencido es su arma de conquista- se transformó en un conjunto de labios juntos y arrugados como cuando uno tiene acidez y está pasándola mal.

-Yo no voy a ser un paseador de perros para siempre -dice como justificándose y al mismo tiempo como si se arrepintiese de decir lo que acaba de decir, como si hubiese sido un pensamiento de autorreflexión que se le escapó en voz alta.

4 de la tarde de un viernes primaveral

Estás volviendo de depilarte o de estudiar de lo de algún amigo o yendo a depilarte o a estudiar a lo de alguna amiga o a tomar un helado con tu novio o con tu prima en uno de los tantos Freddo o Volta o Persicco que hay en la ciudad o a cambiar un regalo y sabés que vas a tener que pelearla porque el ticket de cambio venció hace más de un mes. Estás apurado. No te es complicado caminar rápido porque no hay chance de que te confundas el camino hacia donde estás yendo. Es Belgrano, tu barrio, tus calles, pero también las calles de los que eligen caminar lento y te obstruyen el paso y de los ancianos que no buscan obstruirte el paso, pero terminan haciéndolo porque caminan lento. Pero también las calles de los paseadores de perros, que no buscan necesariamente obstruirte el paso, pero terminan haciéndolo porque las veredas del barrio no están diseñadas para que quepan once perros y dos humanos en simultaneo. Y allá, a veinte metros que ahora son quince que ahora son trece ves a una que se acerca. No te registra. Está mirando a cualquier lado menos al frente. Querés cruzar la calle para evitar el contratiempo en tu carrera hacia tu destino final, pero hay muchos autos y te quedás sin alternativa. Ahí, enfrente de tus ojos a once metros que ahora son ocho que ahora son dos se acerca cada vez más tu obstáculo.

Viviana Wuhl -pero los míos me dicen Vi, te dejo decirme Vi- es una señora de 55 años, aunque sus formas hacen que la confundas con una adolescente de dieciocho. Alta, flaca, un tanto desgarbada. Pelo color cobre y bastante inflado -por eso casi siempre se lo recoge en un rodete desprolijo con su broche, una joyita que lleva a todos lados desde quinceañera, cuando su abuela se lo regaló por el día de la mujer.

Zapas deportivas Topper -de esas que sirven para escalar, aunque ya hace cinco años que dejó de exigirse físicamente porque le duelen las rodillas-, jeans gastados que le llegan hasta los tobillos y hacen visibles unas medias estampadas con flores y serpientes, arriba un buzo bolsudo de los Stones. Se da cuenta de que la están ojeando y se ríe un poco, mostrando por primera vez su sonrisa. Boca ancha, labios finos, mucha encía y dientes grandes cuadrados y teñidos de amarillo de tanto tomar mate.

Vi es paseadora de perros los días de semana de lunes a viernes -aunque a veces se toma los miércoles libres para encontrarse a tomar un café con su madre biológica, a la cual conoce hace menos de tres meses- y sábados y domingos vende artesanías en la feria de la Redonda de Belgrano.

Tiene un porte jovial. Camina medio encorvada como si le diera fiaca mantener la columna derecha, como cuando un alumno está sentado en una clase de álgebra y ya se resignó a prestar atención. Se mueve de un lado a otro como si estuviese perdida o desorientada, como turista en un país ajeno.

Vi hoy y ahora es de Belgrano. Comparte un departamento en 11 de Septiembre y Echeverría con un chico que conoció en un sitio de citas online -porque todavía no existía Tinder-, que después te contaría que terminó siendo su novio y actual esposo -aunque el casamiento fue simbólico porque nunca lo anunciaron en el registro civil-. Pero no siempre fue así. Vivió toda su infancia en una casona en Olavarría con sus padres Carlos Wuhl y Carola Giraldi. Más tarde se enteraría de que fue adoptada y de que su madre biológica, apenas dieciséis años mayor que ella, vive en Buenos Aires. Convivía con ocho galgos que mimaba y trataba como a hermanos. De ahí surgió su amor incondicional por los perros.

-Yo NO me mudé a la ciudad para conocer a mi vieja. La odié mucho tiempo por haberme dado en adopción. Yo vine acá para convertirme en estrella de rock. Teníamos una banda: Revuelo Punto Zero. Mi prima en la batería, mi mejor amiga en el bajo, yo en la guitarra y micrófono (yo era la voz).

Junto con su banda, Vi se trasladó a Capital con diecinueve años recién cumplidos y un sueño por delante. Llegaron a tocar en varios bares, pero nunca a vivir de eso.
-Por eso arranqué con los canes. Puse los pies en la tierra y acepté que era momento de postergar mi sueño, por lo menos por un rato. Además, siempre me encantó interactuar con animales más que con personas. Me caen mejor.

***
La Ley N° 4.351, sancionada en 2013, tiene por objeto el control poblacional de canes y felinos domésticos y domésticos callejeros, como también tiene por objeto su sanidad. Esta ley porteña obliga a construir un centro de atención veterinaria gratuita por comuna. Esta ley, así como tantas otras de la Constitución, no se cumple.

-Despulgar, desparasitar y esterilizar a los perros son algunas de las prácticas que exige una tenencia responsable. Y como es de esperar muy pocos las respetan -Vi aprendió todo lo que sabe sobre perros en Olavarría. La madre le enseñó que para que un animal tenga una vida larga y próspera es necesario cuidar su salud y tomar precauciones como con una persona-, yo trato de concientizar a todos los que pueda, les charlo y les explico y hasta les ofrezco hacerlo yo, si ellos me dan la plata para financiarlo, obvio. Tu trato con los perros que paseás refleja el tipo de persona que sos.

La regla es que el paseador busca al paseado a tal hora por tal dirección y el dueño lo baja y lo entrega y las siguientes dos horas el entregado queda a cargo del recibidor -los horarios y tiempos de duración de los paseos varían dependiendo de la propuesta individual de cada uno-. Por acá por Belgrano los recorridos suelen ser los mismos. Unas vueltas por las calles, hasta tener atados a todos los clientes, y de ahí a Barrancas o alguna plaza alternativa.

Llegamos a Barrancas de Belgrano y Vi suelta a la mayoría de los perros, menos a uno cuyos dueños le pidieron especialmente que no suelte y tenga bien bajo la mira porque come cualquier tipo de porquerías. Se llama Coco. Me pide que lo tenga un ratito y, sin dar demasiadas vueltas, elige un lugar en el pasto y se sienta, flexiona las rodillas y las envuelve con sus brazos largos como si abrazara un peluche que le acaban de regalar. Da un largo respiro, pero no de esos existencialistas o reflexivos, ni siquiera de esos que reflejan extenuación. Parece tener la mente en blanco.

-Yo ya sé que no cumplí mi sueño de ser una rockera famosa. Pero ahora tengo otros sueños, otras metas. – de repente sus ojos color miel se aserian y su mirada se tensa, como si el espíritu adolescente se hubiese extinguido por unos segundos-. Yo quiero meterle a esto de las artesanías y llegar a otros países de Latinoamérica y capaz algún día irme del continente.
Vi empezó hace un par de semanas a cobrar 120 pesos por paseo, porque antes cobraba 90 y se dio cuenta de que para llegar bien a fin de mes no le quedaba otra que aumentar su tarifa.

-Mientras tanto voy a seguir con esto. Porque me parece la mejor opción que tengo- las extremidades de sus cejas se inclinaron un poco, pero no demasiado, hacia abajo. Vi acaricia a un Beagle que tiene a mano y enseguida se suman dos más, un Pastor alemán y un Bichón maltés. Los tres rodeándola, tirándosele encima como pidiendo mimos. Ella los abraza. Pero no es cualquier abrazo, es un abrazo que grita melancolía. Se aferra a ellos. Como si los perros fueran sus sueños abandonados -pero no olvidados- y como si no los quisiera dejar ir.

8 de la mañana de un domingo bastante primaveral.

Sino estás durmiendo es porque sos de esos pocos que disfrutan de madrugar o de esos pobres desahuciados con sueño que sufren de insomnio o porque alguna preocupación te mantiene despierto o porque hoy va a ser un día maravilloso porque tu novio llega de viaje y no lo ves hace casi un mes o porque te dan la nota de ese examen en el que estas segurísimo de que te fue de diez o porque se te hizo tarde y estás volviendo del boliche o del after. Te sabés las calles de memoria así que no hace falta estar demasiado lúcido para entender en qué calle tenés que doblar. Estás en Belgrano, tu barrio, tus calles, pero también el barrio y las calles que transita un chico joven y flaco de estatura promedio y pelo largo hasta el cuello, cara angulosa, pómulos bastante marcados de lo flaco que está y nariz de cuervo. Un chico con un look dejado, ojeroso y con la mirada extraviada y con una barba frondosa como el césped de una casa abandonada. Un chico taciturno que probablemente no sea de esos que son muy sociables. Un paseador de perros. Aunque no estás seguro de eso porque solo está paseando a tres y porque muy pocos paseadores de perros se animan a trabajar un domingo a la mañana. Y allá, a treinta metros que ahora son cinco -y no entendés cómo llegó tan rápido-, viene dando pasos como flotando, levitando hacia vos.

-Sí soy paseador, ¿no parezco? Estos son Korki, Lola y…-se tilda en el tercer perro y hace un esfuerzo para acordarse del nombre-, ¿Laura? No, no…esa es la dueña… ¿Lola? … No, cierto que ya la dije…eh…bueno…no importa…soy paseador de perros, ¿no me crees?

Su nombre es Octavio Esperanza aunque es más conocido como “Amigo Amor”. Pero para entender este sobrenombre con el que lo bautizaron los vecinos del barrio hay que hacer una pequeña analepsis y remontarnos a algunos años atrás, cuando todo empezó.

Había una vez un chico de diecinueve años recién salido del colegio, en ese momento en el que uno tiene que tomar la decisión de estudiar o no. Sus padres lo presionaban para que elija lo primero y tuviese un “futuro decente”. Él optó por lo segundo y así tuvo que/decidió mudarse de su casa para comenzar su plan de iniciar un emprendimiento propio. Empezó por convertirse en un auténtico paseador de perros. Se lo veía de un lado a otro, nunca estaba claro qué iba a hacer o a dónde se dirigía. Siempre con esa onda despreocupada y un par de perros. Se lo veía entusiasmado, contento, excesiva buena onda, se notaba que realmente disfrutaba la compañía de sus compadres caninos -a la mañana y a la tarde-, como si los apreciara de verdad. Tenía un look casual, espontaneo, medio hippie, con la barba crecida pero no desastrosa, joggins, remera holgada con el estampado de alguna banda de rock nacional y a veces campera de jean dependiendo del clima. Siempre saludaba, no necesariamente porque te conociera sino por el simple hecho de compartir la vereda. Un personaje más del barrio. No pasaba inadvertido.

En aquel entonces tenía un auto y una bici en los que circulaba. Siempre de un lado a otro. Siempre haciendo mandados. Un día la cosa pasó al siguiente nivel y abrió un local por su zona, en alguna calle entre 11 de Septiembre y la vía. Con la apertura del local, al que nombró Amigo Amor, se cerró una etapa en la vida de Octavio. De ahora en más pasearía a un número más elevado de perros, entre diez y quince por paseo, y además ofrecería otros servicios: bañar y emprolijar y cortar el pelo. Los que hacen cálculos matemáticos dicen que un paseador gana como un gerente de empresa. Y Octavio ya era todo un empresario, con su pequeño negocio, su emprendimiento individual con el que se hacía unos manguitos.

Lo que Amigo Amor no veía venir, y efectivamente se dio cuenta demasiado tarde, es que estos manguitos conllevarían al comienzo de su caída: su iniciación en el mundo de las drogas. De ser alguien alegre pasó a ser alguien callado y desanimado que ya no interactuaba con los vecinos del Belgrano. Paseaba a los perros sin el entusiasmo de antes, su look dejó de ser espontaneo para pasar a ser más como el de un vagabundo urbano, tratando de encontrar cómo salir adelante. Amigo amor se convirtió en una sombra del barrio, fue desapareciendo gradualmente. Se lo dejó de ver con perros y hasta se lo dejó de ver a él. Su local clausuró y todos sus clientes le perdieron el rastro.

-Estuve unos años dando vueltas por ahí, inmerso en mis pensamientos, presente o no presente, a veces un poco enajenado, yo siempre perseguí mi sueño de hacer un emprendimiento. Me di cuenta de que toda la movida no era para mí. Era demasiado y no tenía nadie que me ayude.

Después de su recaída, Amigo Amor volvió a casa de sus padres por un tiempo hasta que, con ayuda de Proyecto Cambio -uno de los centros de rehabilitación ambulatoria más populares de la zona-, supo volver a encaminarse. Se lo siguió viendo por el barrio con una apariencia más parecida a lo que era antes, aunque él afirma que nunca volvió a ser él mismo. El nombre del local que tuvo una vida fugaz perduró en él.

-Dejé de ser joven y me transformé en un adulto con responsabilidades y preocupaciones. Sigo paseando perros, pero de a poquitos porque la gente ya no confía en mí como antes. Me tienen calado como Amigo Amor, el pibe drogadicto del local que clausuró.

Hoy Amigo Amor tiene 23 años y vive solo otra vez, pero no vive de lo que gana por pasear perros. Los viejos le pasan plata con la condición de que arranque una carrera. Él eligió psicología en la UBA.

-En su momento me fascinaba la idea de vivir de esto. Ahora mi meta es recibirme y empezar a hacer algo productivo posta. Mis tiempos de canes full-time quedaron atrás. Ahora solo trabajo de esto para no depender completamente de ellos, de mis viejos. Quiero volver a ser independiente. Esto es un pasatiempo para hacerme una changuita.

***
Jorge, Vi y Amigo Amor, en sus diferencias, se encuentran protegidos por una remuneración digna en un oficio que, a pesar de su precariedad cuentapropista sin obra social, sin vacaciones, sin jubilación, sin estar en blanco y sin reconocimiento profesional, les da cierto sentido de libertad. Les concede un plazo de tiempo indefinido en el que ellos pueden organizar o reorganizar sus vidas, planear sus futuros, postergar sus sueños hasta que llegue el momento -si es que algún día llega. Pero en el mientras tanto ellos están tranquilos -o al menos eso aparentan-.

Vi confiesa que hay noches en las que llega a su casa con el pecho lleno de “algo que no se bien que es, como un vacío, como que nada me motiva”. Y va al baño porque no le dan ganas ni de interactuar ni de que la vean. Y se mira en el espejo y se ve a ella, a la adolescente estrella de rock frustrada. Y se da cuenta de que ya no es una adolescente y de que tiene arrugas y manchas de sol en la piel. Y se pregunta si hizo bien en abandonar su sueño. Y se pregunta: ¿seré paseadora de perros hasta que me muera?

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