Día del inmigrante: La herencia española que recibimos los argentinos

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Probablemente conozcas a alguien cuyo abuelo o bisabuelo haya sido italiano o español y no es casualidad. De estos dos países vino la mayor cantidad de inmigrantes en distintas oleadas, aproximadamente entre los años 1870 y 1950, y arraigaron varias de sus costumbres en la Argentina. 

Desde sus orígenes, la Argentina tuvo influencia europea. En un principio, los motivos eran colonizar el territorio. Décadas más tarde, cuando el país empezaba a crecer y había mucho por hacer, venían en busca de trabajo y mejores condiciones de vida. Según la historiadora Victoria Carsen: “Las oleadas migratorias más importantes se dieron a finales del siglo XIX y el otro pico alto se dio entre 1905 y 1912”.

Fue en ese segundo pico de inmigración que a raíz de las disidencias familiares, Francisco Sánchez inmigró a la Argentina. Acá conoció a Teresa Cuadrado, una mujer viuda con dos hijos de su matrimonio anterior; con quien después tuvo 5 hijos propios, entre ellos Miguel. Al fallecer Teresa, Francisco y sus cinco hijos volvieron a España, mientras que sus dos hijastros decidieron quedarse en Argentina. Llegó la Guerra Civil Española y Miguel, a pesar de ser argentino, se alistó como voluntario en el ejército. Al terminar, volvió a su pueblo andaluz -Fuente Tójar- donde se casó con Josefa, de familia socialista opositora al régimen franquista. Allí tuvieron tres hijos: Nélida, Manuel y María Josefa. 

Miguel, Josefa y sus hijos: Nélida, María Josefa y Manuel. 

La licenciada en historia Victoria Carsen puntualiza que las guerras mundiales y la guerra española pusieron un alto a la inmigración, debido a los peligros de navegar en contexto bélico. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial y garantizar la seguridad del viaje, llegaron las últimas olas migratorias europeas a Argentina. “Eran atraídos por las bondades que los agentes migratorios promocionaban desde fines del siglo anterior de nuestro país: la papa, la fertilidad del campo y la posibilidad de adquirir movilidad social“, detalla Carsen. Las cartas que cruzaban el océano contaban las oportunidades que aprovechaban acá, favoreciendo la migración en cadena: un integrante de la familia venía a América, trabajaba, juntaba plata y la enviaba a su país natal, donde quienes la recibían más tarde emigrarían a América para quedarse con ellos.

En una mezcla de nostalgia por su adolescencia en Argentina, las precarias condiciones de vida que mantenían en su pueblo español de posguerra, y el esplendor que su país natal irradiaba con el primer gobierno de Perón, Miguel junto a su esposa y dos de sus hijos fueron al puerto de Cádiz en diciembre de 1948. Para enero de 1949 ya estaban desembarcando en Buenos Aires donde los recibió su hermanastro, con quien vivieron por unos meses al llegar. 

Manuel -Manolo para todos sus conocidos- hijo de Miguel, recuerda sus primeros días en Argentina con apenas 9 años: “Mi padre con sus ahorros compró un lotecito en un descampado y allí compró unas chapas de zinc e hicimos una choza tipo indio: chapa con chapa. Así vivimos unos días hasta que pudo comprar maderas e hizo una especie de casa prefabricada de dos ambientes de 3×3. Lentamente fue trabajando y edificando una casa precaria, pero casa al fin. Sembrábamos tomates, acelga y teníamos conejera y gallinero. Así fuimos creciendo hasta que mi padre fue evolucionando y pudimos comprar otro lugar. Para los 15 años ya estaba todo más orientado con esfuerzo, trabajo y ahorrando mucho: en mi casa no se despreciaba ni una migaja de pan”.

“Los españoles eran la segunda corriente europea de gran importancia en nuestro país en esa época. Por eso es que los españoles han dejado una impronta muy fuerte a nivel cultural, económico y social en general”, expone Nadia De Cristóforis, historiadora especialista en migración gallega. También señala que: “en la última oleada lo más interesante es conocer el movimiento asociativo de los españoles. Ya desde fines del siglo XIX empezaron a fundar instituciones de la comunidad. Surgió una Sociedad de Beneficencia que luego fundó el Hospital Español, el cual hoy en día perdura en la Ciudad de Buenos Aires. Estas asociaciones permitían asistir a los inmigrantes y fortalecer su identidad”. Estas entidades se dividían según el país o región, por ejemplo para los españoles estaba el Centro Gallego, Andaluz, Asturiano y Catalán. Ofrecían asistencia de salud y seguros y actividades recreativas que preservaban su cultura.

Hospital Español fundado en 1852, fruto de la Sociedad de Beneficencia.
Fuente: Hospital Español de Buenos Aires.

“La interacción entre inmigrantes y locales, dentro de la Ciudad de Buenos Aires, experimentaron etapas de mayor tensión”, manifiesta la Dra. en historia. Explica que se los prejuzgaba por el tipo de gobierno que regía en España al momento de que ellos inmigraran, asociándolos por ejemplo con el anarquismo o el comunismo en la época franquista, aunque esta discriminación nunca llegó al extremo. La autora del libro “Los españoles en Buenos Aires: activismo político e inserción socio-cultural (1870-1960)” aclara que: “Lo que sí existió de parte de la sociedad argentina fue un cierto menosprecio hacia determinados grupos españoles. Por ejemplo, los gallegos eran vistos como un grupo de migrantes trabajadores, dóciles pero también se los percibía como con cierta candidez o falta de educación, por eso surgieron los chistes de gallegos que destacan algunos rasgos y los caricaturizan”.

En carne propia, Manolo sí percibió cierta discriminación: “El local denostaba al que llegaba. A mi me decían `gallego´ y decirme gallego era como una ofensa. En Andalucía en aquellos tiempos decir gallego era medio ofensivo. En cambio, en el colegio las maestras siempre me ensalzaban… ´vengan, miren estos chicos que vienen y estudian´ decían. O sea que a nivel escuela me trataban bien, pero en el ambiente afuera siempre decían `gallego´ despectivamente. Mi padre fue un caso especial. Allá era argentino y acá era gallego. En mi casa jamás entraba alguien que no fuera un paisano. Venían desde Avellaneda, Haedo, de lugares recónditos. Si había un paisano era como mosca a la miel”. 

Manolo en la escuela en Buenos Aires

Según Carsen, “Los espacios de sociabilización eran los conventillos en los primeros años, después los trabajos y por último las escuelas para los hijos de los inmigrantes. La ley 1420 establece la educación primaria obligatoria gratuita, que también les enseñaban los valores de lo que es ser argentino”. Otro aspecto de integración social destacado por la Dra. De Cristóforis fueron los matrimonios: “Los españoles tuvieron la tendencia a contraer matrimonio con españolas o hijas de españoles, lo que llamamos endogamia intergeneracional porque quedaban dentro de sus mismos grupos o dentro de los mismos parroquianos, pueblos. Eso ocurrió con muchos grupos migratorios”. 

Manolo en este caso no fue la excepción. A los 18 años conoció a Graciela, hija de inmigrantes españoles, y una vez que los dos obtuvieron sus títulos universitarios se casaron. “En mi casa seguía siendo Andalucía con excepción del mate. Los paisanos eran los que venían y las comidas eran las que hacía mi madre que se tenían de allí: gazpacho en el verano, tortilla de papas, guisos, puchero de garbanzo y de lentejas. Era raro hacer asado. Me di cuenta que vivía en otro mundo cuando nos casamos y tuve que comer milanesa y pizza con queso. Raramente mi madre hacía pizza. El ambiente creciendo no era de buscar amigos de cocinas distintas: no había amigos. Aparte vivíamos en un barrio de inmigrantes (Villa Ballester), donde hay rusos, polacos, italianos, ucranianos, alemanes y algún amigo local”.

Manolo y Graciela en su fiesta de casamiento en Villa Ballester.

En cuanto a las costumbres importadas de España, tal como lo cuenta Manolo con sus comidas hogareñas, De Cristóforis precisa que: “Esas comidas originarias sufrieron transformaciones. Aún habiendo sido modificadas, siguen representando a las culturas de los migrantes, así como las reuniones de grandes fiestas en campos o plazas donde recreaban las romerías españolas”. Manolo recuerda que: “Las fiestas que había en mi pueblo eran pura y exclusivamente religiosas. Festejabamos la Virgen María, la Semana Santa, la Noche Buena… Cuando vinimos a la Argentina dejamos de festejar esas y celebramos lo que se festejaba acá, como el 25 de mayo. No éramos religiosos pero sí mantuvimos la tradición del villancico”.

Los géneros musicales varían en los países, y en su momento los españoles trajeron con ellos algunos de los suyos. Según la investigadora del CONICET De Cristóforis: “Hasta la década del 80 del siglo pasado había muchos grupos musicales que interpretaban música española, como los gaiteros. También hay mucha identificación con la música y cultura del sur español, los movimientos de recuperación de esa música casi gitana, flamenco y todo aquello que tiene que ver con su danza. En muchas localidades de la provincia de Buenos Aires había grupos de danza flamenca y todavía los hay, pero hoy en día mucho menos”. 

Graciela y Manolo tocando la guitarra cuando eran jóvenes.

Desde que vivía en España, Manolo desarrolló una pasión que mantiene hasta el día de hoy: la música. “Cuando estudié guitarra, mi padre se enteró de un lugar donde tocaban flamenco. Averiguamos y me presenté a los 11 años. Ahí me uní a un grupo de peña flamenca donde bailaban, cantaban y tocaban”. Tal era su pasión, que construyó él mismo su primera guitarra usando una lata de Flit. Pero no sólo tocaba géneros de su tierra natal, sino que él como inmigrante también adoptó géneros musicales locales: “Lo primero que aprendí en guitarra fue el folklore: zamba, chacarera. Me embelesaba escuchar a Yupanqui y Falú. Mi modelo cultural no fue el tango sino el folklore”. 

71 años después de desembarcar del vapor “Cabo de Hornos” en el puerto de Buenos Aires, Manolo y sus hermanas formaron exitosamente cada uno su familia en Argentina. Su padre se dedicó al comercio de textiles y ambas hermanas se convirtieron en maestras. Habiendo llegado lleno de incertidumbres, logró realizarse académicamente siendo médico neurólogo de la UBA -llegando a ser director del hospital zonal- y casándose con Graciela. Juntos, tuvieron dos hijas argentinas y -en su primera visita a su pueblo natal- nació fuera de planes su hijo español. 

Manolo, Graciela y toda su familia en 2019.

Las oleadas migratorias europeas no fueron las únicas que recibió Argentina e influyeron en su cultura. Tanto a mediados del siglo pasado con las migraciones de países latinoamericanos, como la de fines de los 80s de origen asiático, no cabe duda que todos los inmigrantes aportaron su granito de arena para formar a nuestra Argentina como la conocemos.

Crédito foto de tapa: “Municipalidad de Córdoba”.

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