Cómo sobreviven los videoclubes, esas pequeñas tiendas que resisten el olvido

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En algunos barrios de Buenos Aires todavía existe la práctica de alquilar o comprar DVDs, aún en la época donde crece el consumo de video por streaming. Dueños de locales en Palermo, Saavedra y Caballito reflexionan sobre el modelo de negocios y el pasado, presente y futuro de estas tiendas.

– Estoy escribiendo sobre un hombre que tiene una tienda de nostalgia
– ¿Qué es eso?
– Un lugar donde se venden cosas viejas, recuerdos

Aunque esta conversación pertenece a Gil Pender y Ernest Hemingway en “Medianoche en París” (Woody Allen, 2011), bien podría ser un diálogo entre este cronista y sus entrevistados. Porque hombres como el que existía en la cabeza del personaje que interpretaba Owen Wilson habitan las calles de Buenos Aires. Y sus tiendas de nostalgia se llaman videoclubes.

Lo que una vez fue uno de los negocios más rentables y vistos por la ciudad de Buenos Aires hoy apenas alcanza a sobrevivir entre plataformas de streaming, redes sociales y consolas de videojuegos. Basta con pensar en Blockbuster, una de las cadenas más grandes del mundo que ahora quedó reducida a una sola tienda en Oregon, en Estados Unidos, que ni siquiera alquila películas, sino que hace de alojamiento por Airbnb. “Los que quedamos es porque tenemos pasión por el cine y porque nos siguen cerrando los números”, confiesa Marcos Rago, dueño del Videoclub Black Jack, ubicado en Palermo.

Rago no se anima a hablar de extinción, una palabra casi prohibida durante mucho tiempo, pero que se multiplica cada vez más. Desde el Videoclub Centenario, en Caballito, creen que la extinción es real, sobre todo por la “mala prensa” que tiene el modelo de negocio de este tipo de locales. También lo cree el dueño de un videoclub en Saavedra, a quien le falla la memoria al intentar recordar todos los negocios similares que había por el barrio.

Es que, aunque ahora cueste creerlo, hubo un tiempo donde los videoclubes fueron un éxito. Se calculaba que había más de 9.000 únicamente en la ciudad de Buenos Aires. Ahora ni siquiera hay un cálculo. Es casi un hecho que cada vez que alguien menciona un videoclub que sigue en pie va a obtener como respuesta: “Ah, mirá vos. ¿Ese sigue estando?”. Los dueños de estas tiendas de nostalgia calculan que deben quedar unos 10 en total.

¿Y cómo sobrevivieron todo este tiempo, pandemia de por medio? Rago explica que los videoclubes tienen una base de clientes fieles –en su caso, alrededor de 100– que siguen yendo a los locales. Y esos clientes, que calcula en un promedio de edad de entre 50 y 60 años, hacen valer el significado de la palabra club, ya que van a hablar de cine e intercambiar cultura.

“Lo que más se venden son clásicos y cine europeo”, subraya Rago. El dueño del videoclub de Saavedra opina que “muchos están hartos de Netflix, porque tiene cosas viejas o malas, y quieren lo nuevo, lo que está en los cines o se estrenó hace poco”. Los videoclubes alquilan o venden películas. El alquiler, que puede ser por un día o una semana, cuesta entre 40 y 60 pesos, mientras que las películas se venden en un promedio de 80 y 100 pesos.

No tienen lineamientos comunes, sobre todo después de la disolución de la Cámara Argentina de Videoclubes (CAVIC) hace más de dos años. Norberto Melo, expresidente de la entidad, recuerda cómo en épocas de gloria trabajaban con la Asociación de Películas de Estados Unidos y peleaban contra la piratería sin ayuda del Estado. “Se fue diluyendo”, lamenta. A esto se suma Rago, que también presidió la entidad: “No había una cantidad suficiente de locales en pie como para sostenerla”.

La tarea de CAVIC era ser el nexo entre los videoclubes y las editoras de películas, que eran pocas y monopolizaban el mercado. Ahora solo queda una, SBP Transeuropa, que hace un año no edita una película, según confirmó Matías Condito, de Acquisitions & Research de la empresa. En cambio, importan el producto desde México, aunque sea “un dolor de cabeza” por los gastos que implica. De hecho, este año traerían apenas seis títulos: éxitos del 2019. Cuando SBP trae películas, es difícil que alguien las compre: “Te la venden a 300 pesos. Para amortizar el costo necesitás alquilarla como 8 o 10 veces, y eso no pasa”, lamentan desde Saavedra.

Otra de las tareas de CAVIC era pelear contra la piratería. Ahora, casualmente, algunos videoclubes deben hacer copias para sobrevivir. “Sobrevivo porque mezclo originales con copias”, señaló el dueño de videoclub, que no quiso revelar su identidad. Rago lo comprende. “Los originales ya no se consiguen”, se lamenta.

El videoclub Black Jack tiene más de 30 años de historia


De los videoclubes que quedan, solo el de Rago se dedica únicamente a la venta y alquiler de películas, gracias a una trayectoria de más de 30 años y un catálogo de más de 12.000 filmes que fue comprando a otros locales que cerraron. Mario, del videoclub Centenario, se dedica a la venta de libros. En Saavedra venden juegos de PlayStation 3 y 4, y también golosinas.

La ayuda del Estado nunca apareció. “El rubro solo existe para nosotros”, lamenta Mario. Rago agrega que todavía pagan un impuesto del 10% por la ley de fomento cinematográfico, que va al fondo del INCAA y “no tiene razón de ser”, ya que era para subsidiar al cine argentino en los años ’90, cuando los videoclubes eran miles. Melo, que debió cerrar su local, agrega que había todavía más impuestos “discriminatorios” y resalta la “injusticia” de la asistencia estatal durante la pandemia: apenas unos créditos blandos, muy difíciles de pagar, mientras a otros rubros se los liberó de algunos gravámenes y se los asistió con salarios complementarios para los trabajadores.

Aún con viento y marea en contra, tanto Marcos como Mario piensan quedarse “para siempre”, ya que conocen a más de 9000 familias y los números cierran. El conocimiento personal, el diálogo, la atención y una oferta inimitable los diferencian del algoritmo de las plataformas. De todas maneras, son conscientes de que los reproductores de DVD no se venden y de que el Blue Ray nunca tuvo éxito, por lo que el factor nostalgia juega cada vez más fuerte.

Rago considera que el videoclub es “un lugar de encuentro”


Un cliente reconoce que los videoclubes se volvieron “un espacio de resistencia cultural”, mientras que otro se atreve a decir que Black Jack “formará parte de su vida para siempre”. “La ventaja es el asesoramiento personalizado”, comenta una clienta en redes. Es que, en tiempos de plataformas y redes sociales, todavía quedan aquellos que se resisten al algoritmo y prefieren la charla, el intercambio y la recomendación.

Rago dice que en París hay un local que tiene más de 40.000 títulos en su catálogo y sigue funcionando. “El videoclub siempre fue un lugar de encuentro para hablar de cine y, de repente, llevarte una, dos o tres películas. A mí me dicen que soy un algoritmo viviente, y creo que es verdad”, dice entre risas.

Justamente era por las calles de la París de Woody Allen donde Gil Pender viajaba en el tiempo al subirse a un auto. Si estuviera en Buenos Aires, solo necesitaría pasar por Palermo, Caballito o Saavedra, donde todavía hay tiendas de nostalgia que lo esperan con los brazos abiertos.

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