Punto Convergente

El under argentino trasciende la música para convertirse en un nuevo movimiento juvenil

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Del cuarto de ensayo al C Art Media: Jaz, Alita y el Estudio 2037 explican desde adentro qué es el underground argentino. Cómo suena, cómo se viste y adónde va. Más Plugg, un evento con más de 4.000 asistentes.

El underground argentino es, antes que nada, un nuevo movimiento juvenil. Su lengua es el rap y el trap —los géneros que suenan cada vez más fuerte en el país y en el mundo— y su territorio es la zona gris entre la música independiente y el mainstream que empieza a ceder espacio. No es solo una escena musical: es una forma de vestirse, de hablar, de entender la creatividad y de construir comunidad por fuera de las estructuras de la industria tradicional. Una generación que no espera que le den el micrófono: se lo fabrica sola. El sábado 2 de mayo, 4.000 personas salieron de las esquinas de Corrientes y Dorrego cuando Doly Flackko cerró el Más Plugg en el C Art Media —una especie de mini Lollapalooza del under porteño con nueve horas de shows continuos, de 14 a 23 horas. “Acá se junta la escena”, decían las publicaciones del evento. Y así fue. Para entender qué hay detrás de esa escena, Jaz (19 años, Quilmes, rapera y productora) y Alita (Axel Arellano, 28 años, Villa Urquiza, fotógrafo, rapero y experimentador con IA), integrante del colectivo Estudio 2037 detallaron las variantes del mundo under.

Adentro del Más Plugg: nueve horas de incendio controlado

Los shows duraban 30 minutos. Entre artista y artista, luces verdes y escenario vacío por casi 40 minutos: la señal para que el público —de 17 a 23 años en su mayoría— se sentara en rondas en el piso. “Esto no es un showroom, es una experiencia”, afirmó Subsuelo, uno de los medios de comunicación de la escena, mediante una publicación en Instagram. Cuando las luces cambiaban a naranja, los cuerpos volvían a dispararse hacia el escenario como imanes, formando una masa homogénea de capuchas negras, gorras coloridas con la visera al costado y beanies (gorros para invierno) . Era un incendio. El humo cubría todo el espacio, los artistas gritaban y se agarraban el pecho como si les ardiera la piel. En la entrada, unas diez personas con chalecos que los identificaban como PREVENCIÓN advertían que adentro no se podía fumar; la recomendación resultó totalmente infructuosa. Si faltaba algo ahí adentro, era aire limpio. No hubo ambulancias ni emergencias. Solo un breve intercambio de cachetazos entre dos exaltados.

El uniforme pesado

Hay un código de vestimenta en el under. No está escrito, pero es tan claro como cualquier uniforme. Primera palabra: pesado. Pantalones oversized que limpian el piso, calzado grande, cinturones con brillos superpuestos que no cumplen ninguna función práctica —son otra medalla del uniforme—. Remeras de todo tipo pero siempre superpuestas con chalecos peludos, buzos con estampas, frases en inglés. Ninguna prenda es plana. La ropa no tiene género. El cuello pesa con varias cadenas. La cara nunca está vacía: tatuajes, gafas de sol, un piercing, viseras intervenidas puestas de costado, beanies que parecen conos. Las manos tampoco: anillos gruesos, cruces góticas. Más mujeres de lo esperado —con pantalones baggy (corte muy amplio tipo bolsa) o minifalda con bota de caña alta sobreaccesorizada—. Alita confirma la evolución: “Usan ropa más Y2K (remake de la moda finales de los 90 y comienzos de los 2000), pantalones caídos, remeras boxy (corte cuadrado, amplias, llegan hasta la cintura). Ya fue el oversized”.

El sonido del under argentino es el trap en sus múltiples variantes, redefinido desde la periferia. Jaz: “Estoy buscando hacer sonidos raros, rapear encima de eso y ser más original”. Alita va más lejos: graba con cámaras VHS para que las imágenes salgan sucias, destruye la calidad de manera deliberada. “Trato de que sea genuino e hiper real, aunque esté desordenado”. Lo que une a estos sonidos no es un género sino una postura: decir algo. “Le doy importancia a la parte verbal, trato de decir algo siempre como forma de descargarme”, dice Jaz. La fuente: la bronca con la industria, con los que cantan realidades que no viven, con el sistema que exige más a las mujeres.

Las mujeres: más presencia, las mismas barreras

Había más mujeres en el Más Plugg de lo que ciertos relatos sobre el under harían suponer. Pero Jaz es directa: “Es difícil, por lo general te subestiman mucho. Lamentablemente te tenés que esforzar más que ellos”. Habla de intentos de colaboración con segundas intenciones, de la desconfianza que eso genera, de algo que pocas veces se dice tan claro: “Grabar en la casa de un desconocido siendo mujer implica un riesgo enorme, las mujeres estamos solas”. También desmiente el argumento de que no hay mujeres para llenar eventos: “El que piensa eso no busca”. Sus referentes: Leti 143, Rich, Kaishi, Vera, Jai y Zé Pequeña.

JAZRO – Jazmín Rodríguez, 19 años.

El under porteño tiene su geografía: ciclos en Villa Crespo o Palermo, venues (lugares especialmente destinados a estos eventos) como Uniclub o Makena y el C Art Media (complejo cultural en pleno barrio de la Chacarita). Jaz viaja desde Quilmes porque “en Quilmes no hay mucha movida”, asumiendo el riesgo de volver tarde a la noche. El Estudio 2037, en microcentro, representa otra geografía: un colectivo fundado por Mateo Acosta (Joven Alien) que empezó como taller de ropa y tufting (técnica textil para crear tapices, tejidos y otros elementos decorativos) y hoy tiene dos estudios de grabación, todo financiado con la reinversión de ganancias. “Acá se vive con mucha intensidad. Si ves que otro pibe está grabando dos temas, no podés quedarte atrás”, dice Alita.

Lo auténtico vs. lo fake: la tensión que define al movimiento

Comenta Alita: “Me choca lo fake, cuando fantasmean con cosas de la droga o de barrio si no es cierto, o cuando venden features solo por plata”. Jaz apunta igual: le indigna la gente que “canta realidades que no vive”. Sin sellos ni equipos de marketing lo único que queda es lo que el artista realmente es. Esa desnudez puede ser fortaleza o trampa. El público en general sabe distinguir. “Yo defino el under como gente que la rebusca, viene de abajo y se hace sola”, dice Jaz. El Más Plugg no resuelve la tensión entre escala y valores del movimiento: la celebra con 4.000 personas que salieron a la misma hora de Corrientes y Dorrego, no son un nicho pero tampoco son el mainstream. Son algo que todavía no tiene nombre definitivo y que, por eso, sigue siendo underground.

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