Anthony Feinstein, profesor de Psiquiatría de la Universidad de Toronto, estudia desde hace más de dos décadas el impacto psicológico de la cobertura periodística de guerras y situaciones de violencia, con investigaciones centradas en problemas como el estrés postraumático y la lesión moral, reunidas en su libro Journalists Under Fire: The Psychological Hazards of Covering War.
A fines de los 90, Feinstein encontró un vacío en la investigación sobre la salud mental de los periodistas de guerra, mientras que el impacto psicológico de la guerra ya había sido ampliamente estudiado en otras poblaciones. “Los periodistas prácticamente no habían sido estudiados como población expuesta al trauma”, afirmó durante una charla en la Universidad Católica Argentina (UCA).
Fue así que, en 2002, Feinstein, junto con John Owen y Nancy Blair, publicó en el American Journal of Psychiatry A Hazardous Profession: War, Journalists, and Psychopathology, el primer estudio específico sobre la salud mental de corresponsales de guerra. El especialista explicó durante el encuentro que en la publicación comparó a 140 periodistas de guerra con 107 colegas que nunca habían cubierto conflictos: el 28,6% presentó trastorno de estrés postraumático, el 21,4% depresión mayor y el 14,3% abuso de sustancias.
El estudio encontró una brecha entre la presencia de síntomas y el acceso a atención profesional; puso en evidencia una falla de las organizaciones periodísticas: los periodistas afectados no tenían posibilidades de recibir tratamiento. Para Feinstein, estudiar el trauma implicaba también preguntarse qué responsabilidad tenían las empresas de medios en la prevención, detección y atención de esos problemas.

Feinstein también investigó la lesión moral, el daño a la conciencia que puede surgir al presenciar, cometer o no poder impedir hechos contrarios a los propios valores. En el estudio sobre periodistas que cubrieron la crisis de refugiados en Europa, 80 de 114 contactados participaron.
El 76,3% había ayudado directamente a refugiados y los síntomas de lesión moral y culpa resultaron más relevantes que los de TEPT. La investigación los vinculó con trabajar solos, mayor carga laboral, falta de apoyo institucional y poco control sobre los recursos. El periodista podía observar a una familia desplazada, documentar su situación y continuar trabajando sin poder modificar aquello que estaba viendo.
Parte del oficio
Journalists Under Fire: The Psychological Hazards of Covering War se publicó en 2006 por Johns Hopkins University Press, con prólogo del periodista Chris Hedges. El libro reúne entrevistas y resultados de sus primeras investigaciones sobre periodistas que cubrieron conflictos.
El especialista en psiquiatría explicó que el trastorno de estrés postraumático, una afección de salud mental que algunas personas desarrollan tras experimentar o presenciar un evento traumático, puede manifestarse a través de recuerdos intrusivos, pesadillas, evitación e hiperactivación. Pero para que se configure un diagnóstico, no alcanza con los síntomas, también hay que cumplir con un criterio de exposición, es decir, haber estado en contacto con el evento traumático de una manera específica.
Y acá aparece algo importante para el periodismo: presenciar un hecho traumático no significa solamente estar ahí en el momento. Ese criterio también se cumple cuando hay una exposición repetida a los detalles del hecho, aunque no se haya estado en el lugar. No es solo visualizar imágenes violentas en la tele o en una película, como cualquier ciudadano hace. La diferencia aparece cuando la exposición repetida ocurre porque es parte de la tarea profesional, según el National Center for PTSD.
Los periodistas suelen tener que mirar ese mismo material traumático una y otra vez, para revisarlo, verificarlo, elegir qué usar y editarlo. No es lo mismo que el caso de un espectador, que capaz se cruza con una imagen así una sola vez. Para el periodista, esa exposición repetida no es casual, es parte de su trabajo.
México e Irán: cuando el periodista no puede alejarse del peligro
Pero no toda la exposición al trauma pasa por una pantalla o una redacción: hay periodistas que conviven con el peligro todos los días, en el lugar donde ocurre. México introdujo esa diferencia fundamental en las investigaciones de Feinstein. Mientras los corresponsales suelen poder entrar y salir de las zonas de conflicto, los periodistas mexicanos trabajan y viven dentro de las áreas peligrosas que cubren.
Su investigación incluyó a 104 periodistas expuestos a la violencia de los cárteles de drogas, donde un 25% había dejado historias sobre narcotráfico por intimidación. Otros 61 continuaban trabajando bajo amenaza y 17 nunca habían sido amenazados.
En Irán, las amenazas también alcanzaban a las familias. El 78,1% de 114 periodistas había dejado alguna historia por intimidación; el 41,2% había sido arrestado, el 19,3% torturado y el 10,5% agredido físicamente. Además, el 43,1% había recibido amenazas contra familiares.
La cercanía con la muerte
La guerra de Irak permitió identificar un factor central: la gravedad del riesgo al que estaban expuestos. En una investigación publicada en 2026, Feinstein y sus colegas estudiaron a 156 periodistas que habían cubierto guerras en Afganistán y Medio Oriente. La gravedad del riesgo predijo la presencia de TEPT a lo largo de la vida.
Además, a mayor tiempo en zonas de guerra, mayor exposición a riesgos graves. Casi la mitad había pasado más de tres años en esos escenarios y el 60% había enfrentado niveles de riesgo graves o muy graves. En 18 años, Feinstein reunió datos de 684 periodistas de ocho escenarios de conflicto. El 67% eran hombres y tenían, en promedio, 13,4 años de experiencia.




