La inauguración de la obra Madre de China, en la Universidad Católica Argentina (UCA), reconstruyó el extenso recorrido de esta imagen mariana nacida del encuentro entre la tradición cristiana y la cultura china
Al llegar al Pabellón de las Bellas Artes de la Universidad Católica Argentina (UCA), puede divisarse un grupo de personas con atuendos formales que rodean y escuchan con atención a un hombre de esmoquin azul y una corbata rojo intenso. Es el sociólogo español Antonio Lucas Marín, y detrás de él reposa sobre un atril la fotografía de la Madre de China.
Marín, promotor del proyecto compartió el recorrido que llevó a esta representación de la Virgen como Emperatriz de China, desde un óleo realizado en 1996 hasta su llegada a la Capilla de Pekín. A lo largo del pasillo de alfombra gris y rayada, una sucesión de imágenes relata visualmente su viaje y los asistentes la siguen a paso pausado y rítmico; una regla no escrita del ritual museístico.

Era el verano de 1996 en la costa sur de China continental, al otro lado del delta del río de las Perlas desde Hong Kong. Un residente de Macao planteó la iniciativa de hacer una pintura de la Virgen, pero de una manera singular: representándola como Emperatriz de China.
La idea surgió a partir de un comentario del obispo don Javier Echevarría en una visita a Shanghái, y le fue encargada la proeza al artista Chu Kar Kui, quien entregó un primer boceto. En este, la Virgen María cargaba al Niño en su regazo, cubierta con las vestimentas imperiales.
Solo semanas más tarde el boceto llegó a las manos del párroco de la Catedral del Norte, conocida como Beitang, y allí surgió la posibilidad de llevarlo al óleo. El sacerdote se comprometió a buscar el lugar indicado para el cuadro una vez finalizado por el artista. El momento llegó meses después, y la obra se instaló en una capilla lateral de Beitang.


Ya era 1997 cuando la imagen comenzó a difundirse por Asia hasta llegar a las manos de Antonio Lucas Marín en forma de estampa. Por entonces, el sociólogo era profesor universitario, y fue en Manila que el sacerdote Fr. Joe Cremade le regaló la estampita, cuyo reverso llevaba plasmado la oración del Acordaos, compuesta por San Bernardo (s.XII), en chino. No lo sabía entonces, pero ese sería el punto de partida de un trayecto aún más largo.
“No sé por qué me la regalaron, pero me la han regalado. Y desde ese momento me di cuenta que tenía que hacer una escultura. Y mi tierra, en Murcia, es una tierra de escultores”, confesó Marín entre risas francas refiriéndose a aquella estampa.
Marín viajó a China en 2007 y una de sus primeras paradas fue la capilla lateral de la Catedral del Norte. Allí encontró el óleo original, que fue su compañía durante su año sabático en Beida (la Universidad de Pekín). Tal como Cremade años antes, el profesor comenzó a difundir las estampas entre sus conocidos al tiempo que la devoción se abría paso también hacia Occidente, particularmente en España y América. Ese mismo año tomó una resolución: crear bajorrelieves inspirados en el ícono.
Liulichang, la cuna de los artesanos
Las frecuentes recorridas por el barrio pequinés de Liulichang, cuna de los artesanos, le sirvieron a Marín de inspiración. Pero no solo estaba allí por eso, sino que estaba de cacería: buscaba a alguien que pudiera trasladar el ícono a la madera, para traer las tablillas a la vida. Sin embargo, la búsqueda fue más ardua de lo que había supuesto dado que ningún artesano lograba resolver el rostro de la Virgen. Así, media docena de relieves se sucedieron sin éxito.
El proyecto se puso en pausa, pero Marín no estaba listo para rendirse. En 2008 regresó a China, esta vez en busca de un imaginero, es decir, un artista, escultor o pintor especializado en la creación de imágenes y figuras de carácter religioso. La persona indicada llegaría a él luego de cuatro largos años.

De Pekín a Cieza
En 2012, lejos de China, el profesor se reencontró con su Cieza natal, una ciudad española ubicada en la región de Murcia. Allí, su madre, que por entonces tenía 94 años, lo puso en contacto con un joven escultor.
Con el afán de mejorar los relieves de Liulichang, el joven tomó las viejas tablillas y, con destreza, transformó las facciones de la Virgen dándole un rostro más realista. Tras aquel despliegue de maestría, Marín le pidió llevar el prototipo a una auténtica talla de tamaño natural. Estremecido con el desafío, el escultor aceptó.
Así, inició el proceso de creación de la escultura. La primera fase en barro, luego en escayola y por último, en madera, sin olvidar la pintura y barnizado. Pero el desafío no solo constaba en reproducir la imagen mariana, sino que en hacer que conservara los rasgos propios de la cultura china. El escultor debió alejarse de sus modelos previos, basados en el arquetipo europeo de rostros puntiagudos, para aproximarse al canon de belleza chino de carácter más plano y esbelto.

«Es curioso, el choque cultural que supuso la venida de la cultura europea (…). El ejemplo más claro que tenemos es la Virgen de Guadalupe: no han puesto una señora con una trenza rubia, sino una cara más bien hendida, que es lo que le mueve a la gente el corazón. Muchas veces la gente interpreta las cosas de acuerdo con su propio ser”, explicó el sociólogo español.
Con una larga tradición histórica en la imaginería religiosa española, la madera elegida para el acabado de la escultura fue el cedro real. El resultado final además incorporó vestimentas recibidas desde China. El 25 de octubre de 2014, la imagen fue bendecida en la Basílica de la Asunción de Cieza, donde permaneció por unos días en su altar mayor.
En Navidades de ese mismo año el obispo Echevarría, quien había plantado la semilla allí por 1996 envió una felicitación a todos los obispos de Asia con la dedicatoria: “Sancta Maria Regina Asiae, filios tuos adiuva!” (Santa María Reina de Asia, ayuda a tus hijos).
De regreso a China
En 2016, luego de dos años guardada en un gran embalaje de madera, Marín asistió a un Congreso Internacional sobre la Familia organizado por la Academia China de Ciencias Sociales. El sociólogo aprovechó la ocasión para enviar la imagen, que arribó el 3 de mayo a Pekín. Allí permaneció dos semanas en las que se sucedieron las negociaciones con la Aduana hasta conseguir la autorización para su ingreso.
La escultura fue finalmente recibida en Beitang por un pequeño, pero animado comité de fieles, que la instaló en la sacristía. Superados los meses de la pandemia ocasionada por el Covid 19, se creó una nueva capilla en Beitang, el nuevo hogar de la representación, que fue ubicada sobre un trono imperial y bendecida por el obispo.

Durante la exposición, Marín recordó una anécdota ocurrida en Perú, donde una mujer le preguntó si la escultura era milagrosa. El profesor, fiel a su perspectiva como sociólogo, explicó que no podía determinarlo. Sin embargo, después de escuchar el recorrido de la imagen, la mujer llegó a su propio veredicto: “No se preocupe usted que es milagrosa”.
El Pabellón de las Bellas Artes se aquieta mientras Marín termina de exponer esta historia de encuentros, que atraviesa la suya propia. Su recorrido invita a los presentes a reflexionar sobre la universalidad de la fe como un puente entre tradiciones que, a pesar de parecer distantes, descubren puntos de encuentro.




