Dedicó 34 años de su vida a la falsificación de piezas de arte. Cómo llegó Ken Perenyi a que sus obras fueran aceptadas por galerías y casas de subasta
Su técnica le permitió infiltrar sus réplicas en las más prestigiosas de las subastas y engañar a los más experimentados de los peritos y autenticadores. Incluso hoy, Ken Perenyi tiene la certeza de que sus obras podrían ser aceptadas para su venta en más de 130.000 dólars.
Cuando leyó sobre el falsificador de arte holándes, Han Van Meegeren, quien acuñó en los ‘30 un nuevo género de pinturas Vermeer, Perenyi se sintió seducido y decidió emular a los grandes artistas y a vender sus propias obras en el mercado como originales.
Sus primeros pasos como falsificador lo llevaron a la escena de arte neoyorquina de los años ‘60. A finales de los 70 y 80, el arte ganaba popularidad como inversión y las galerías de alto nivel, situadas en Madison Avenue se precipitaban a ofrecer los precios más altos. La competencia era feroz: “Uno podía entrar en una galería con un buen cuadro y salir por la puerta con un cheque o dinero en efectivo en cuestión de minutos”, afirma el falsificador.
En ese entonces, la manera más sencilla de vender cuadros de dudosa procedencia era simplemente entrar en una de las principales casas de subastas con una historia de herencia falsa, tanto en Nueva York como en Londres. Con sus mostradores de tasación, estos establecimientos permitían que expertos valorarán los artículos y que hasta se ofrecieran a incluirlos en sus subastas. Hoy en día, la mayoría de esas galerías ya no existen.
Pero la laxitud del mercado y el afán de las galerías por conseguir obras, no le quita mérito a los grandes falsificadores como Perenyie, cuyas pinturas eran aceptadas sin dificultad gracias a sus cualidades artísticas, estéticas y técnicas. Obras que han resistido el escrutinio de los expertos y al paso del tiempo, para mantener su lugar en los catálogos hasta el día de hoy.
Réplicas que son una obra de arte
Antes de darse cuenta, Ken Perenyi se había convertido en un maestro de la réplica de arte estadounidense de los siglos XVIII y XIX. Sus obras coparon las casas de subastas como Sotheby’s y Christie’s. Incluso el FBI llegó a seguir sus pasos, pero las investigaciones sobre sus obras se cerraron tras cinco años, al vencerse el plazo de resolución.
“Permítanme añadir que los expertos que trabajan en las casas de subastas son buenos, de hecho, muy buenos. Pero yo simplemente era mejor”, afirma el falsificador.
Hoy día, Perenyi vende sus obras de autoría propia y de público conocimiento; Y publicó su libro de memorias “Caveat Emptor”, latín para “Comprador, ten cuidado”.
Los rastros que deja el arte: El rol de la documentación
-Según su experiencia, ¿qué papel desempeña la documentación y la procedencia a la hora de evitar que las obras falsificadas entren en el mercado?
—La documentación o una procedencia contrastada contribuyen muy poco a evitar que los cuadros falsos entren en el mercado del arte. El hecho es que la mayoría de los cuadros que se venden en subasta carecen de documentos o procedencia que respalden su historia.
-¿Y qué sucede con el procedimiento de las casas de subastas?
—Las casas de subastas están sometidas a una gran presión para conseguir que se les confíen obras para las próximas ventas. Por lo tanto, si alguien entra con una pintura y no dice más que “la encontré en un mercadillo”, no se le hacen más preguntas. Eso es suponiendo que la pintura parezca auténtica, si no, simplemente se rechazará para su consignación. Pero si una pintura tiene un valor extraordinario, entonces se requiere una investigación.
-¿Llegó usted a utilizar una “historia” de apoyo para un cuadro?
—Nunca intenté respaldar mis obras con documentación falsa; en cambio, dejé que la obra hablara por sí misma. En cuanto a la procedencia, lo máximo que ofrecía era: “la heredé” o lLa encontré en una tienda de segunda mano”.
Opino que los falsificadores que recurren a documentación falsa lo hacen porque la obra tiene deficiencias. El tiempo es la prueba definitiva para la mayoría de las falsificaciones: Las mejores nunca llegan a ser objeto de escrutinio.
-¿Qué tan grande es la posibilidad de que las galerías sean engañadas?
—En términos generales, las galerías y las casas de subastas de renombre pueden ser engañadas y las falsificaciones pueden colarse incluso en los mejores establecimientos. Es posible que algunas falsificaciones de alta calidad nunca se descubran y permanezcan en las colecciones. De hecho, de vez en cuando veo aparecer una de mis obras realizadas hace décadas en una colección o en un catálogo de subasta. A veces con una nueva procedencia.
-¿Es posible que la confianza prevalezca a veces sobre el escrutinio?
—Existe la deshonestidad en algunos de los establecimientos más prestigiosos. Personalmente, conozco galerías y casas de subastas que sabían o sospechaban que los cuadros que vendía allí eran obra mía. Pero diría que era la excepción y no la regla.
Cuando las obras resurgen
-Muchas obras falsificadas vuelven a salir a la luz décadas más tarde. ¿Por qué cree que esto sucede?
—A veces, las obras de arte que han sido adquiridas en el pasado por instituciones, principalmente museos, son objeto de escrutinio por parte de una nueva generación de expertos con un conocimiento superior de la obra de un artista concreto.
-¿Y en el caso de sus propias obras?
—Cuando se publicó mi libro de memorias, algunos expertos dejaron de examinar pinturas de las categorías en las que yo me especializaba. Estoy seguro de que se dieron cuenta de que, por muy experimentados que fueran, uno realmente no puede fiarse solo de sus propios ojos. También hay que señalar que, cuando se descubre que una pintura es falsa, un marchante, una casa de subastas o un coleccionista preferirá encubrir la situación antes que hacer un escándalo al respecto.
El arte de la falsificación
-Ha dicho que considera su trabajo como un homenaje a los artistas a los que imitó. ¿Cómo distingue entre expresión artística, destreza artesanal y engaño?
—Creo que la respuesta a esta pregunta es filosófica. Para algunos, la falsificación de obras de arte es un delito, y para otros es una forma elevada de arte. He dedicado mi vida a perfeccionar la técnica y la visión artística de los artistas a los que decidí emular. Me impulsaba un amor sincero por la obra de estos artistas. Creo que si fuera posible que estos artistas volvieran a la vida, se alegrarían de saber que hay alguien que continúa con su tradición única.
A la izquierda “Petroculous” de Ken Perenyi que emula a “Patrocle” de Jacques Louis David.
Después de todo, ¿no establecieron todos los grandes maestros del pasado talleres para formar y enseñar a los jóvenes artistas a pintar a su manera? Podría nombrar a una docena de ellos. Hace algunos años apareció un artículo de opinión en el New York Times titulado “En defensa de los falsificadores de arte” que aborda precisamente este tema. El artículo planteaba la pregunta: “Si una falsificación es una hermosa obra de arte por derecho propio, ¿por qué debería valer menos que un original?”.
Los delitos del arte
-Desde su punto de vista, ¿existe algún componente cultural que explique por qué las falsificaciones siguen siendo valoradas o codiciadas incluso cuando se detectan?
—La falsificación de obras de arte siempre ha sido un tema que fascina al público. Es cierto que se puede calificar de delito, pero es un delito glamuroso, de esos que dan pie a películas.
Es fácil de entender. Se requiere una combinación extraordinaria de habilidades para producir una obra de arte moderna que pueda hacerse pasar por una obra creada quizá hace cientos de años, tras ser sometida al escrutinio de los expertos, y que se venda con éxito como un original.
-¿Y cuál es esa combinación extraordinaria?
—En primer lugar, el falsificador debe tener un dominio muy avanzado de la técnica pictórica que sea coherente con el artista al que se copia. En segundo lugar, el falsificador debe tener un profundo conocimiento de la visión del artista. La falsificación exitosa debe mantenerse dentro de los parámetros de la visión creativa y la estética del artista. Y en tercer lugar, el falsificador debe emplear todo su ingenio para recrear los efectos del paso del tiempo que cabría esperar en una obra del artista. Y eso no es fácil. Se necesita mucha reflexión, experimentación e incluso psicología para crear la ilusión del paso del tiempo.
Así que no es de extrañar que el público no solo encuentre este tema fascinante, sino que acuda en masa a una exposición de falsificaciones. La gente, naturalmente, quiere ver hasta qué punto son realmente buenas esas obras de arte. De hecho, hay personas a las que les resulta tan interesante que coleccionan falsificaciones, y se sabe que, en ocasiones, las casas de subastas organizan ventas de falsificaciones.
-Antes mencionó el glamour como un factor, ¿cómo cree que influye esta perspectiva?
—La falsificación de arte es un delito que se comete en el exclusivo mundo de los muy ricos. En casas de subastas que se asemejan a un casino de Monte Carlo. Y seamos sinceros, ¿a quién no le gusta ver cómo engañan a la gente de ese mundo?
Desmitificar la falsificación del arte
-¿Cuáles son los principales conceptos erróneos que el público tiene sobre la falsificación de obras de arte?
—Hace muchos años, Thomas Hoving, entonces director del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, concedió una entrevista. El tema versaba sobre una estatua griega de un guerrero. Había estado expuesta durante años en el museo hasta que se descubrió que era una falsificación. Durante la entrevista, Hoving hizo una declaración que causó una gran controversia y críticas. Dijo que, en su opinión, el 40% de las obras de arte del mercado son falsas. Esta declaración irresponsable y absurda sigue vigente incluso hoy en día.
-¿Considera que las falsificaciones son más bien poco comunes?
De hecho, estoy seguro de que los cuadros falsos, producidos con la intención de engañar, son muy raros. Si las falsificaciones fueran tan frecuentes como sugiere Hoving, simplemente no habría forma de que las casas de subastas y las galerías pudieran mantenerlo en secreto. Los falsificadores de arte son una rara anomalía en el mundo del arte. Tendría que haber un ejército de ellos trabajando sin descanso para que se cumpliera la afirmación de Hoving.
Las falsificaciones en el siglo XXI
-Hoy en día, ¿qué eficacia le parece que tienen los métodos actuales de autenticación e investigación de la procedencia en comparación con la época en que usted falsificaba? ¿Han cambiado las cosas gracias a los avances tecnológicos?
—Los avances tecnológicos han tenido un gran impacto, especialmente en el mercado de alta gama. En la actualidad, las personas o instituciones que pueden llegar a invertir decenas de millones en un cuadro importante, exigen un informe científico que acompañe al dictamen de un experto.
-¿Qué tan efectivo es el análisis científico de las obras?
—El análisis científico solo puede establecer que la pintura, el lienzo, quizá el bastidor, son coherentes con los materiales que se sabe que utilizaba ese artista concreto y que su antigüedad concuerda con la del artista. Junto con el dictamen de autenticidad, constituye una sólida declaración de autenticidad.
También hay que decir que actualmente se están desarrollando programas que pretenden sustituir el dictamen de un experto por un escaneo de IA.
-¿Incluso estos métodos tienen limitaciones?
—El análisis científico y la búsqueda de la opinión de un experto de renombre son costosos y requieren mucho tiempo. Solo se reservan para las obras de gran valor. Hoy en día, al igual que en mi época, la gran mayoría de las pinturas que pasan por las principales casas de subastas de Nueva York y Londres se encuentran en una categoría de precios de nivel medio. Es decir, entre diez mil y quizá unos cientos de miles. Los objetos de este valor suelen ser aceptados y clasificados por los expertos de la casa de subastas sin que se investigue más a fondo su origen.
En ocasiones, pueden enviar el cuadro a un experto independiente para su autenticación, pero sobre todo para aumentar su valor en la subasta. A menudo, me han pedido que preste ese servicio a coleccionistas e instituciones de renombre que te sorprenderían.
Pongo un ejemplo de esto con la venta de mi “Passion Flowers”, también conocida como “Fat Boy”, en mis memorias.
Una de sus mejores falsificaciones fue una flor de la pasión al estilo del pintor estadounidense Martin Johnson Heade.
-Tras su larga trayectoria y ahora con la venta abierta de sus propias obras como reproducciones, ¿qué lecciones crees que debería aprender el mundo del arte sobre la autenticidad, el valor y el mercado?
—Empezaría diciendo que, si yo he tenido éxito, es muy posible que haya otro Ken Perenyi por ahí. Pero creo que es algo poco común. Si un falsificador de arte se dedica a ello para hacerse rico, lo más probable es que se centre en el arte moderno, incluso en el mercado del pop art. Esas obras son infinitamente más fáciles de falsificar. Sobre todo, se evita el problema de reproducir grietas, pátina, etc. Además, se puede obtener fácilmente el respaldo de una procedencia inventada.
Por mi parte, me inspiraba principalmente en mi amor por los artistas a los que admiraba. Y también, debo confesar, por el reto que suponía crear obras de época. La falsificación de arte se remonta a siglos atrás. Incluso el gran Miguel Ángel produjo una falsificación cuando era joven.
Así que, en conclusión, como advierte el título de mi libro: “Comprador, ten cuidado”.