El último informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la Universidad Católica Argentina (UCA) revela que uno de cuatro asalariados no come en el trabajo y el 83,5% restringe la cantidad o la calidad de los alimentos por motivos económicos. A mayor edad, mayor es la diferencia.
El 12,8% de los jóvenes de 18 a 29 años no come, mientras que la proporción asciende al 30% entre los mayores de 45 años. En el sector público el 32,9% no come durante la jornada laboral y en el sector privado disminuye el porcentaje al 17%.
El estudio revela que comer en el trabajo no es una práctica universal y que las condiciones económicas, territoriales y laborales determinan qué, cómo y con quién se alimentan los asalariados.
La investigación se basó en una encuesta nacional realizada en 2025 a 1171 asalariados a nivel nacional con metodología cuantitativa. Se relevaron variables sociodemográficas y laborales como la edad, sexo, nivel educativo, región, ingresos, tamaño de la empresa y modalidad de trabajo.
Hábitos alimentarios en el trabajo

En la presentación del informe, la directora del International Panel on Social Progress, Gala Díaz Langou, insistió que no es solo la comida lo que está en juego, sino que el momento del almuerzo es importante porque “se construyen vínculos, se comparten experiencias y se tejen relaciones” que perduran más allá del trabajo. Lo que en la sociología se llama sociabilidad.
Además, la magíster en políticas públicas reforzó la idea al explicar que “el trabajo no es solamente una fuente de ingresos”, es también uno de los principales mecanismos de integración social, “es un eje organizador de nuestras vidas”, que nos aporta capital social.
Condiciones de la alimentación laboral
Además, el estudio revela que las condiciones de la alimentación, el tamaño de la empresa influye y determina si la comida se comparte o se consume de manera individual. En empresas medianas y grandes predomina la comensalidad. En cambio, en pequeñas empresas aumenta el consumo individual.
Para Juan Manuel Álvarez Castells, gerente de recursos humanos de Beiersdorf en Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia, la alimentación “dejó de ser un ámbito privado” y señaló que hoy se busca construir una experiencia más allá de la comida, para que los empleados solo se tengan que concentrar en el trabajo. “Es importante que el empleo formal no ofrezca solo salario, sino también bienestar y calidad de vida”, agregó.
Sin embargo, el estudio revela que casi ocho de cada 10 de las personas que trabajan desde la casa comen solos. Lo que convierte al teletrabajo en la modalidad que más refuerza la soledad. Mientras que quienes trabajan de forma híbrida el 33,1% trabaja en soledad y para quienes trabajan presencial, disminuye a 31,2%.
Escenarios de vulnerabilidad alimentaria
Por falta de recursos, aproximadamente 61 de cada 100 asalariados ha tenido que saltear comidas y 78 de cada 100 trabajadores ha tenido que elegir alimentos menos nutritivos. Solo 22 de cada 100 está libre de privaciones. Los trabajadores más afectados son los de menores ingresos y quienes se desempeñan en empresas pequeñas.
El informe subraya que los trabajadores no calificados y operarios, junto con quienes trabajan en empresas pequeñas son quienes enfrentan dificultades más elevadas para sostener una alimentación adecuada. La vulnerabilidad se intensifica cuando se toman en cuenta los bajos ingresos, ausencia de infraestructura y modalidades de trabajo que no facilitan la pausa El informe lo describe como un círculo de desventaja que impacta directamente en la calidad de la alimentación.
Alimentación en el trabajo y la salud
El ODSA señala que al menos el 23,1% de los asalariados presenta obesidad. La tendencia está con mayor prevalencia en adultos. La falta de pausas regulares y la ausencia de infraestructura adecuada impactan directamente en la salud. Además, el estudio advierte que las condiciones de trabajo y los hábitos alimentarios que permiten o impiden generar riesgos a mediano y largo plazo.
Los asalariados argentinos que cuentan con comedores o equipamiento en el lugar de trabajo muestran una mejor percepción de su estado de salud y menor prevalencia de sobrepeso. En cambio, quienes enfrentan restricciones económicas y laborales más severas tienden a valorar negativamente su salud general.
Expectativas y disposición al cambio
Para mejorar sus condiciones alimentarias, 80 de cada 100 asalariados están a favor de recibir un aporte del empleador. El interés aumenta a 85 en los jóvenes y entre quienes ya sufren vulnerabilidad alimentaria se incrementa a 92. Ante un aporte económico, 69 de 100 lo usaría para cubrir gastos diarios y más de la mitad para comer más saludable.

Son 76 de cada 100 asalariados encuestados los que consideran que una pausa fuera del trabajo mejoraría su bienestar. El índice de beneficio para la salud muestra que un 58,7% espera mejoras significativas para su bienestar, especialmente las mujeres, los jóvenes y los trabajadores del sector público.
Natacha Izquierdo, la directora de operaciones ABECEB, destacó tres aspectos positivos que aporta la alimentación durante la jornada laboral. Para las personas, si es financiada total o parcialmente por la empresa, se traduce como una transferencia de ingresos en especie hacia el trabajador, sin necesidad de aumentar el salario real.
Con respecto, a la empresa, Izquierdo argumenta que se reducen los costos laborales indirectos como el ausentismo, mejora el aprovechamiento de la jornada laboral, mejora el clima institucional y obtiene una mayor retención de trabajadores.
Además, la economista agrega la dimensión como contribuye con la salud pública, porque comer durante la jornada laboral “mejora la regularidad de las comidas, la calidad nutricional, los hábitos alimentarios y reduce los riesgos asociados a enfermedades crónicas”.


