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Alarmas y recordatorios para todo: ¿La tecnología afecta la memoria?

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El uso de la tecnología es cada vez mayor en todos los aspectos de nuestra vida. Los celulares pasaron a ser una extensión de nuestras manos. Apenas recordamos un par de datos, porque el resto lo guardamos todo en nuestros smartphones.

Olvidarse de las fechas de cumpleaños de tus amigos hasta ver una historia en Instagram. Ponerse alarmas para acordarse de las tareas por hacer. No recordar números de teléfono, ni direcciones. ¿Te pasa? No sos el único.

Según un informe de Kaspersky Lab, titulado Digital Amnesia, las personas tienden a usar sus teléfonos, tablets, computadoras y otros dispositivos digitales como un depósito de información adicional aparte de nuestro cerebro. El estudio de 2019 demostró que un 44% de los encuestados no recuerda los números de teléfonos de sus familiares y sólo un 60% recuerda el celular de su pareja.

Entre los descubrimientos principales, la investigación detectó que la mitad de los consultados (53%) usan la función de notas en su teléfono inteligente, un tercio se envía a sí mismo correos electrónicos o mensajes de texto (30%) o escribe en un calendario en línea (32%).

Ahora, ¿es esto un problema?¿Nos estamos volviendo cada vez más dependientes de la tecnología y sus beneficios? ¿La tecnología afecta verdaderamente nuestra memoria?

Juan Sorondo, neuropsicólogo del Instituto de Neurología Cognitiva (INECO), explica que nuestro cerebro “no cambió ni una coma; es el mismo desde la época de las cavernas, lo que sí cambió son las demandas del ambiente”.

Y es que si bien el cerebro es el mismo, los estímulos a los que se encuentra expuesto son muy diferentes. Es un órgano que responde a las necesidades del ambiente, es plástico y se adapta. “Si el cerebro no se adapta, pierde fuerza y la memoria necesita plasticidad para poder aprender lo nuevo”, detalla Sorondo.

La tecnología digital: ¿amiga o enemiga del hombre?

Desde una perspectiva histórica, Sorondo cuenta que cuando se inventó la imprenta, los cuestionamientos eran los mismos que ahora: ‘¿qué va a pasar con la memoria?’. Las personas perdieron el poder de retención que tenían previamente, pero eso “terminó por potenciar el conocimiento humano, y el Internet está haciendo algo similar a la imprenta en ese momento”, explicó.

Esto, nos lleva a pensar indefectiblemente, ¿la tecnología trae beneficios o desventajas? Adolfo García, director del Centro de Neurociencias Cognitivas de la Universidad de San Andrés, investigador de CONICET y de la Universidad de Santiago de Chile y Senior Atlantic Fellow del Global Brain Health Institute (Universidad de California, San Francisco), insiste en que tanto las miradas tecnofóbicas como las tecnófilas son sesgadas y sugiere que la tecnología se trata de un juego de claroscuros.

“Un estudio demostró que si al tomar notas en clase de lo que dice el orador lo hacés con un papel y lápiz o con una computadora y después evalúas cuánta información retuvieron las personas, les va peor a los que toman notas en computadora que a los que lo hicieron a mano alzada”, ejemplifica García.

Esto sucede ya que tener el teclado nos tienta a captar todas las palabras que el orador dice y la atención se dirige mucho más a eso. Mientras tanto, cuando uno escribe de puño y letra, se escribe más lento, por tanto uno se ve obligado a hacer abreviaciones, usar íconos, esquemas y se termina procesando la información de una manera más profunda que después favorece al proceso ulterior.

Lo mismo sucede, por ejemplo, cuando vamos a un recital e intentamos filmar cada minuto del show. “Se ha demostrado en entornos naturalistas que la capacidad de evocar detalles disminuye cuando filman todo con el celular porque miran el recital a través de él”, cuenta García.

Los efectos optimistas

Sin embargo, García también destaca que la discusión sobre la tecnología posee un framing negativo y da dos ejemplos de cómo la tecnología también puede potenciar nuestros conocimientos y darnos nuevas alternativas en el día a día.

“Realizamos una investigación aprovechando los videojuegos inmersivos de Nintendo Wii para comprobar si poniendo el cuerpo en movimiento, los niños podían mejorar la comprensión y el recuerdo de información específica en textos. Descubrimos que luego de ese período de entrenamiento mejoraba la capacidad que tenían para recordar información sobre movimientos corporales de los personajes en las historias”, comparte García. Es decir, que gracias a esa tecnología pudieron sacar un beneficio y potenciar una habilidad.

También, nombra la existencia de nuevas tecnologías que sirven para evaluar la memoria de manera remota a través de la telepsicología o la tele neurología. Herramientas que antes no utilizábamos pero que permiten tener una medición objetiva de la capacidad de memoria sin necesidad de vivir cerca de un lugar especializado o de pagar un servicio profesional.

En resumen, el uso de las tecnologías puede ser tan bueno como malo para nuestra memoria. Pero, siempre y cuando lo usemos, el cerebro va a estar activo. No quiere decir que porque no lo usemos para memorizar teléfonos, direcciones o fechas especiales nuestro cerebro sea peor.

Una de las máximas del cerebro es “úsalo o piérdelo”, por lo tanto, mientras el cerebro esté en uso, su capacidad no va a disminuir, lo que sucederá es que su funcionamiento va a verse modificado.

Sorondo explica que hay que pensar al cerebro como un recurso de fichas: “Tenemos 100 fichas en el cerebro, hoy no tiene sentido poner una ficha para recordar el número de teléfono de mis padres, o de mi pareja”.

Y aclara: “El cerebro es finito. No es que teníamos 100 fichas y ahora tenemos 80, sino que esas fichas las utilizamos para otras cosas, por ejemplo para adaptarnos a las cosas que cambian, para adaptarnos a nuevas realidades como la pandemia”.

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