Una tarde entre sumas y restas en la villa 1-11-14

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-¿1×11?, pregunta la seño.

César quiere mirar las tablas de multiplicar anotadas en una hoja suelta, pero su maestra se las tapa. Mira a la seño. Mira de nuevo hacia el papel sin respuestas.

-14. 1×11=14.
-No, César. Es una vez once. Si 1×1 es 1 y 1×2 es 2… ¿1×11?
-Ehhhh… 25.
-¡No, César! ¡11!
-Pasa que yo soy buuurro, ¿vio seño?, se reprocha a sí mismo con un puchero en la cara. Un compañero que lo escucha se le burla porque no sabe multiplicar.

Igual yo sé muchas otras cosas, dice intentando defenderse a sí mismo.
-Si sabe’ mucho no estaría’ acá, le contesta su amigo, también llamado César, en una oración mal formulada.

El pequeño esboza una sonrisa que deja lucir sus blancos dientes y en sus mejillas se le forman dos hoyuelos. Su contextura física es tan chica que se lo confunde con un nene de segundo grado, pero no, va a cuarto, igual que el primer César.

El lugar se encuentra en un predio de la Villa 1-11-14, en la Ciudad de Buenos Aires, rodado por dos canchitas de fútbol, un centro de rehabilitación por drogas, una secundaria y la Iglesia. El paredón lindero al terreno es un apilamiento de casas de ladrillo, pintadas de diferentes colores estilo la Boca.

Por dentro, en el galpón no hay espacio. Tres mesas largas se distribuyen en el pequeño salón y en las esquinas se encuentran amontonadas muchas cajas, latas vacías y artilugios, ya desgastado por el tiempo y el uso. Lo único que alumbra allí es una pequeña ventana a lo alto y cuatro focos casi inútiles. El olor a viejo y humedad se siente. Pero el frío de un invierno a las cinco de la tarde se siente todavía más.

Los siete tutores de «Compromiso Social de la Universidad Católica Argentina» tienen entre 18 y 22 años. Llevan a cabo la orientación escolar con sus camperas puestas y bien cerradas para intentar mantener el calor corporal. Ya no sienten sus pies.

En cambio, los quince niños que asisten a hacer sus tareas, dejan sus abrigos colgados en las sillas. Al mirarlos pareciera que no sienten el aire helado que se cuela a través de las ventanas sin vidrio y las rendijas de aire que se forman entre la unión del techo y la pared, ambos construidos en chapa. Pero no son inmunes a la gripe. Al rato los mocos aparecen en sus narices y la tos se les escapa de la garganta.

Micaela de Martino tiene una personalidad humilde, es estudiante de Derecho, y vive en Olavarría. Es la única del taller que, más o menos, está un poco más ligada a Buenos Aires. Con la suma de todos los otros proyectos de ayuda social, con suerte solo un 20% de los voluntarios son porteños. Suele participar gente del conurbano, del interior o incluso extranjeros, pero porteños, escasean. La respuesta al por qué nadie la sabe.

Ella se encuentra dando una clase de Ciencias Sociales a tres chicos de quinto grado que no paran de dispersarse, reír y hacer bromas. Nahuel, Nahuel y Yoel. Micaela pasa constantemente de reírse y jugar con ellos a marcarles el límite entre lo gracioso y el mal gusto. Es el segundo jueves que participa de la actividad y le encanta. Le hace bien estar ayudando a otros.

Yo el arma un avioncito de papel con una de las hojas de su carpeta y lo lanza a la mesa de al lado. Osvaldo lo recibe, los nenes se ríen por su travesura y Jayne no hace más que sonreír e intentar volver a acaparar la atención de su alumno de esta tarde.

Osvaldo es uno de los más veteranos que asiste al taller y también uno de los más grandes. Ya se encuentra en sexto grado de la Escuela Normal 4. Con Jayne Hulsebosch vuelven al tema y conversan sobre las empresas estadounidenses y su compromiso con el medio ambiente. Ella sabe mucho al respecto, sus pies inquietos ya recorrieron gran parte del mundo. Él, todo lo contrario. Su conocimiento se basa en los textos leídos en la escuela y sus pasos le son fieles a la villa de Bajo Flores.

De repente Osvaldo se dispersa y le pregunta a ella si es china, japonesa o algo así. Ella se sorprende que la hayan asociado con una oriental. Su aspecto es igual a una Blancanieves de un metro setenta, aunque sus ojos son de un intenso celeste. La palidez de su piel contrasta con la tez oscuras de los niños. Le da gracia la situación y mientras se ríe, niega ser china. Claramente no lo es.

Jayne es oriunda de Holanda, estudiante de Marketing en Irlanda, pero está de intercambio extranjero hasta julio del año entrante en Argentina. Al igual que Micaela, también es la segunda vez que asiste a la villa 1-11-14 para ayudar a los chicos de la primaria con sus tareas. Su espíritu es solidario y sus proyectos aún más. En un futuro quiere viajar a Libia para asistir a los desamparados de la guerra.

Cuando iba en el colectivo de ida a la villa, apretujada por el gentío de las tres de la tarde, explicaba, en un español mezcla de inglés, la suerte que tenía en esta vida y la necesidad de brindarle una mano a los que menos tienen. Al mismo tiempo, una mujer al lado suyo, no le quitaba los ojos de encima a su cartera de cuero que le colgaba del brazo. O tal vez solo la estaba escuchando demasiado atenta mirando el vacío del piso.

Entra al salón una mujer de pasos cansados, ojerosa, con un bebé en brazos y otros dos hijos, Aron, de primer grado y Álvaro, de tercero. Es la primera vez que vienen y Sofía junto con Facundo, se les acercan a la señora para orientarla sobre lo que allí hacen y completar la ficha de inscripción. Le explican que son un grupo de jóvenes comprometidos a ayudar a los niños y que suelen también venir profesores de la Universidad, pero que, por motivos personales, ese día no iban a poder estar presentes.

– ¡Facundo, vení, tenemo’ prueba de cívica!, grita Yanina desde el medio del salón.

Ella es alta para su edad y muy flaca. Ya está en primer año de la secundaria, por lo que es la más grande del lugar, junto con sus dos amigas, Jesica y Alejandra.

-Uy, el Facundo no viene ma’, agrega Alejandra, con la boca llena por culpa de un chupetín que no se lo saca ni para hablar.

-¡Dale, Facundo! ¡Vení que tenemo’ prueba!, vuelve a repetir Yanina. Y por lo bajo agrega en broma para sus amigas- o te vo’ a romper la casa. Aaaaaah.

Facundo se disculpa con la señora del bebé y se acerca a sus alumnas de los jueves para socorrerlas. Él es Facundo Menem. Su apellido resuena en el oído de toda persona que se lo pregunte, y nunca falta la pregunta: «No sos pariente de Menem. ¿O sí?».

Y sí, es pariente de esos cercanos pero tampoco tanto. Lo conoce porque es familiero, pero no le gusta hablar mucho del tema. Cuando le dicen que se parece a él, a los 22 años, arruga la nariz y agrega un «espero que no tanto».

Es un riojano, con una tonada que se confunde con la cordobesa, y vive en la Ciudad de Buenos Aires desde 2012, cuando se mudó para estudiar Derecho en la UCA. Ya hace un año que se comprometió con el proyecto del taller, creyendo que tenía que salir del recorrido Palermo-Puerto Madero y conocer lo que es la Gran Ciudad en todos sus matices. «Salir de la burbuja», lo llamó él.

Por otra parte, luego de haber completado la ficha de inscripción de Aron y Álvaro, Sofía Hernández se saluda con la madre de los nenes y se encarga de encontrarles un tutor a cada uno. Ella es como un comodín, una maestra multifunción, un colibrí que va de mesa en mesa dejando su conocimiento en cada nene.

Sofía, al igual que Facundo, desde marzo del año pasado que integra la actividad con el afán de ayudar al prójimo, aunque sea tres horas a la semana. Esa suele ser la respuesta a todos los tutores; que llena el alma y que te cambia totalmente la semana.

Vino a Buenos Aires hace tres años a estudiar Ciencias Políticas, pero dejó para comenzar recientemente Comunicación Publicitaria. Vivió toda su vida en Bariloche, la ciudad de la joda y el boliche. Fue un gran cambio para ella mudarse de una ciudad con solo 112.000 habitantes a una verdadera ciudad donde, según Facundo, solo en la villa de Bajo Flores viven 40.000 personas. Además, tuvo que abandonar el lago Nahuel Huapi para reemplazarlo por el dique del río de La Plata en Puerto Madero. Por lo menos hoy, el frío no lo extraña. Tal vez sí a la nieve blanca contrastando con sus ojos turquesas.

Otra tutora, que también es del sur, es una joven con pecas de 19 años llamada Luisa Zimmermann. A diferencia del resto abandonó su ciudad natal, San Martín de los Andes, para estudiar Derecho en la Universidad del Salvador. A pesar de que Compromiso Social se lleva a cabo en la UCA, cualquier persona puede unirse y ella es un ejemplo de ello. Escuchó en un retiro espiritual sobre la actividad, se dijo por qué no y ya hace dos jueves que asiste.

Luisa se divide entre Celeste, de tercer grado y Ludmila, de primero. Cuando Celeste termine de hacer sus deberes, dibujará un paisaje pintado con marcadores de colores y, a la hora de irse a su casa, se lo regalará a su tutora junto con un «te quiero mucho». Por otro lado, Ludmila, aprendiendo a leer y a escribir, no emite palabra. O porque no entiende o porque es demasiado tímida.

– «Pe» con «a» es pa, y «te» con «o» es «to». ¿Entonces que se forma?

No hay respuestas. La pequeña mira su cuaderno con la palabra escrita y el dibujo del animal para orientarla, pero se ve que no encuentra la respuesta.

– ¿Pata? ¿Pate? ¿Pati? ¿Pato? ¿Patu? ¿Cómo queda?

Sigue sin haber respuestas.

Justo enfrente de la mesa de Luisa se encuentra Clara Lenouvel. Está ayudando al chico nuevo, Arturo, hasta que Aron, el hermano de éste, le toca el hombro y ella se da vuelta. Había terminado de escribir su presentación, como se lo habían pedido. Clara se ríe y se lo muestra a Luisa. El pequeñín no entiende la situación. «Buenos días, me llamo Aron, tengo 5 años y soy argentino para practicar», escribió con lápiz en grandes letras mayúsculas.

De repente la materia cambia a matemáticas. Clara dibuja en el cuaderno un 4+5 y Aron contesta escribiendo un prolijo ocho al lado del igual. La muchacha lo felicita, hasta que recibe los ojos críticos de su compañera y con su cabeza niega el resultado.

-¿Non…? ¡Non, non, non!

Clara Lenouvel es una joven francesa rubia que hace solo un mes llegó de intercambio extranjero. Lleva puesto sus anteojos negros para ver, una campera de cuero oscuro y una remera que, cuando levanta sus brazos para recogerse el pelo, deja entrever su panza. Hija de un productor de cine francés, decidió acoger a la Argentina como su hogar los restantes seis meses de este año. España le parecía muy cercano y, además, quería aprovechar a conocer Latinoamérica debido a que su padre filmó muchas películas en la zona.

La respuesta a por qué quiso comprometerse con los chicos de la villa 1-11-14 fue que era una pregunta difícil. Simplemente se metió y le gustó tanto que, a la clase siguiente, es decir, esta, trajo consigo a otra amiga francesa que conoció en la Universidad de Puerto Madero.

Ella es Roxane Lavoulle e, igual que su compañera, está de intercambio extranjero por el mismo período. Al ser el primer día que asiste, el impacto con otra realidad choca ante sus ojos, a pesar de que el taller se encuentra al comienzo de Bajo Flores y no en pleno corazón. De todas formas, nunca le interesó pasar desapercibida y ser una anónima allí. Continuó hablando en francés con Clara, hasta cuando el padre de la iglesia del barrio y una mujer en rehabilitación por drogas, escoltaban al grupo para ingresar al barrio.

Roxane hace su mayor esfuerzo para que su pequeño comprenda lo mejor posible su español, pero la mira. Debe de tener una mezcla de admiración por conocer a una francesa, de incomprensión por su habla un tanto extraña y otro poco de confusión por las ecuaciones de fracciones que ella dibuja en un cuaderno. Intenta explicarle lo que es el común denominador y no hay caso, no entiende. O no la entiende a ella.

Por otro lado, César está contento. Él sí está entendiendo y ahora comprende que 1×1 es 1, que 1×11 es 11 y que 1×1.000.000, es 1.000.000. Quiere aprender más y más, quiere ser inteligente. Pide que se le enseñe la tabla del 100 y la del 1000. Quiero demostrar que puede. Mientras observa cómo la seño le escribe los resultados de la tabla del ocho, él la increpa.

– Seño, ¿A vo’ te pegan?
– No, dice la seño continúa escribiendo, pensando a dónde querrá ir a parar el pequeño.
– ¿Te insultan?
– No.- Vuelve a contestar. Ahora sí lo escucha con más atención, deja el lápiz y lo mira a los ojos.
– ¿Te tratan mal?.- César la mira, con sus grandes ojos y espera la respuesta ansioso.
– No. La seño titubea un poco con la respuesta final, indecisa de si la respuesta al interrogatorio debería ser esa y no otra.
– A mí sí seño. El pequeño mira a su cuaderno y se queda reflexionando unos segundos antes de retomar la conversación

– Un chico que debería estar en la secundaria ya. Trata mal a las chica’ y te dice cosa’ como chu…

Se calla.

– Hoy le decía pelotuda y esas cosas a las nenas cuando ibamo’ en el colectivo. Eso está mal.
– Sí, eso está mal. -Reafirma- Vos no lo tenés que hacer.- Ambos se miran y ella intenta buscar una buena respuesta. Quisiera ayudarlo, realmente es lo que más anhela. No sabe qué hacer más que asesorarlo.

– ¿Le dijiste a la seño de la escuela?
– Sí, pero no hace na’.- Ella lo mira y se muerde el labio mientras piensa y frunce el ceño. Prueba de nuevo.
– ¿Y a la directora?
– También, pero no sé por qué me reta a mí. Tengo un regula’ en comportamiento. Encima que me porto bien. Hoy salí ante’ de la escuela ¿sabe profe? Hubo un simulacro.
– ¿Un simulacro? ¿De qué?- Ambos desvían la conversación. Él porque probablemente no se haya sentido acompañado con las respuestas de su seño. Ella, porque es la primera vez que se encuentra frente a un caso así y no sabe cómo abordarlo. Ya lo pensará mejor con ayuda de Sofía y Facundo.
– No sé, explotó algo, se empezó a prende’ fuego el luga’ o algo así y no’ tuvimo’ que ir a casa ante’. ¡Eh! ¡Nahuel! ¿Tene’ hora? – Su compañero la contesta que son las cinco y media de la tarde.
– ¿Sabe qué seño? Me tengo que ir a hándbol. ¿Va a venir el jueve’ que viene seño? Le prometo que me voy a aprende’ toda’ las tabla’ de memoria.
– Puede ser, respondió dubitativa la seño, con el corazón estrujándose y sintiendo cariño por ese pequeño.

Ella solo había ido a hacer una crónica.


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