Una enfermera argentina entre las misioneras de Calcuta

Tráfico, humo, olor a comida y calor. Apenas se prende el motor de un auto ya comienza a sonar la  bocina que se suma a la sinfonía disonante de Calcuta, India. En la casa central de las Misioneras de la Caridad, la congregación que fundó la Madre Teresa, el cura tiene que frenar la misa porque aún hablando con micrófono no se escucha su voz debido a los bocinazos de la calle.

Esas imágenes fueron las que más le impactaron a Milagros Jasminoy, enfermera argentina de 20 años , al llegar con sus amigas a la Casa Central, donde arribaron teniendo como única referencia una dirección de Google.

Con solo llegar a la puerta de la casa y anunciarse como voluntario era suficiente: las puertas para registrarse se abren lunes y miércoles para cualquiera que desee formar parte. No es un centro exclusivo para devotos del catolicismo. Personas de todo el mundo y de cualquier religión se acercan con la vocación de ayudar.  

¿Cómo es un día como voluntario en Casa Central? Todo comienza a las seis de la mañana, con una misa especial para los voluntarios que llegan desde todos los rincones del mundo.

Luego, según cuenta Milagros, se separan para ir a los distintos centros específicos de ayuda que tiene la comunidad: hay uno para mujeres discapacitadas, otro donde ayudan a personas moribundas y uno de niños huérfanos, entre otros.

También hay tiempo en la mañana para el laundry: lavar, escurrir, y colgar las sábanas bajo las directivas de las rigurosas mashis (trabajadoras indias) que no siempre hablan de buen modo. Luego de un buen tiempo apretujando las manos, ya empiezan a sentir las ampollas.

El próximo paso es la fisioterapia. “Para hacerlo no tienen que ser enfermeros, cualquiera puede ir. Te enseñan ahí”, cuenta Jasminoy.

A la joven argentina le tocó el hospital Shishu Bhaban,  donde estaba encargada de dar a los pacientes -que eran atendidos por la Hermana Andrea- la medicación correcta. La comunicación con los pacientes se hizo difícil al principio por la barrera del lenguaje. “Ahí se habla bengalí e hindi. A mí una hermana me había hecho un diccionario bengalí-inglés así yo le podía explicar cómo tomar la medicación y cómo prepararla”.

Llega el mediodía, llega la hora del picante. Una de las cosas a las que más le cuesta acostumbrarse a los voluntarios argentinos es al fuerte sabor de la comida, que consiste básicamente en arroz con verduras siempre acompañado de cantidades indisimulables de especias. “Sin duda lo que más extrañé era el asado, lo único que pensaba el viernes que volvía era en el asado que me esperaba el domingo”, confiesa la enfermera.

La Madre Teresa fundó la congregación de las Misioneras de la Caridad en 1950. Foto: Milagros Jasminoy

Después de dos horas de siesta, vuelve al centro de caridad Shishu Bhaban. Pero esta vez debe trabajar en el dispensario, una salita de emergencias para cuidar enfermos con cuadros diversos. Dolores, ampollas en las manos y en los pies, moretones y quemaduras. Lo peor que tuvo que ver fue cuando un niño se presentó el hospital con la mano totalmente quemada. “Los chicos todo el día hacen fueguitos en la calle y uno había metido la mano ahí. Cuando llegó tenía capas de piel de distintos colores. Entonces lo que había que hacer era sacarle la piel blanca, para que no se le pudriera. A las dos semanas volvió con la mano nueva, eso fue increíble”.  Una vez finalizadas las tareas, alrededor de las seis de la tarde, los voluntarios terminan el día comiendo juntos,  compartiendo las experiencias del día.

Pero la experiencia va más allá de la tarea en la Congregación.  En los tiempos libres,  los voluntarios suelen ir a hacer picnics a un parque de pasto amarillo, donde el cielo no se ve por el smog y donde si pasas el dedo por la hoja de un árbol se te mancha de negro. Otros días, se dedica a misionar a una villa. A diferencia de las argentinas, las viviendas son un poco más abiertas por el calor.

Hoy, lejos del smog, el picante y las bocinas, Milagros Jasminoy se sube a su bicicleta y va todos los martes a visitar  la casa de las hermanas Misioneras de la Caridad de Beccar, a pocas cuadras de su casa. Mientras pedalea piensa en volver a Calcuta, o a donde sea que el voluntariado la lleve la próxima vez.

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