Un salón de baile a puro 2×4

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En Boulogne Sur Mer 2301, y una vez a la semana, este espacio de la biblioteca Leonardo Favio se convierte en un bullicioso salón de baile. El profesor, Julio Falcón espera pacientemente que lleguen sus alumnos a las 11 de la mañana todos los sábados. Le gusta ser puntual, y sin falta está media hora antes calentando o probando algún paso nuevo.

“El problema es que no tengo con quién practicar a esta hora”, comenta con una risa. Y eso que estuvo en varias de las compañías más importantes de tango de la Argentina. “Empecé a bailar a los 5 años danzas folclóricas y después estudie la carrera de Profesor de Danzas Folclóricas. También tuve el honor de estudiar con varios de los grandes del tango: Dinzel, Todaro, Pepito Avellaneda, Juan Carlos Copes y otros”, cuenta el profesor.

El silencio en la sala es penetrante, un ligero zumbido resuena en el vacío y los pisos de madera gastados por tantos tacones de mujer se ven cansados con el sol de mediodía. No hay espejos en las paredes, pero no son necesarios, para Julio, el corrige a sus alumnos, ellos no se corrigen a sí mismos, y el tango va más allá de ejecutar los pasos perfectamente, es una pasión. “Tampoco se necesita un buen salón de baile, la gente baila tango en todas partes, en sus casas, en la plaza, en la calle, ¿Porque no bailarlo acá?”, dice Julio.

Diez minutos antes de que comience la lección, empieza a llegar la gente. Se saludan entre sí, varios se conocen de antes, pero la mayoría de las amistades se crearon allí. Las clases alegran sus semanas y consideran a Falcón como un gran maestro por su larga trayectoria. “Es demasiado humilde” cuenta Susana, que cumple ya dos años tomando esta clase, “Bailó en muchos países antes de parar en este humilde salón”.

La edad promedio es 50 años, pero la vitalidad con la que empiezan la clase la disimula. Y al dar las 11 todos los ojos se posan sobre Julio, empieza a sonar la milonga de los parlantes conectados a un moderno celular con Spotify.

“Hasta hace poco usábamos solo CDs, pero ya nos modernizamos”, bromean los bailarines en posición para empezar. Suena “Adiós pampa mía” y “Nostalgias”, con la melancólica voz de Cobían y el infaltable Gardel entre otros.

Empieza el baile.

La concentración transforma los rostros de estos jubilados y trabajadores de Don Torcuato, la coreografía se relaja. La improvisación se impone en los más experimentados, pero los más nuevos miran desesperadamente a los costados tratando de no enredar sus piernas con las de su pareja. Nunca ha habido ningún accidente grave, pero las mujeres usan tacos de discreta altura tratando de prevenirlos. “Ya no tenemos la agilidad de antes”, concuerdan entre si.

Las tres horas de clase se dividen en tres, con un recreo muy merecido de quince minutos. Ahí aprovechan para hacer sociales, organizar programas y discutir los siguientes eventos, recitales o muestras. La mayoría son parejas que buscaban pasar más tiempo juntos habiendo algo divertido, pero varios valientes se lanzaron solos y se fueron formando parejas según su afinidad en el baile.

“Todavía no se formó ninguna pareja, pero podría pasar”, comenta Rosa, una de las mujeres casadas, mirando al resto.

Termina la clase y todos se dispersan, varios almuerzan en grupo, una vez al mes hacen un asado entre todos, incluyendo al profesor, y el descuidado salón se despide de toda esa vida por una semana más.

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