Refugiar sin importar las fronteras

“¿Hola mamá? Esto es Buenos aires, acá está Mariano. Él existe y no hay ruido a bombas. Ahora nos vamos a dormir, mañana te vamos a llamar para contarte algo más”. Estas fueron las primeras palabras que Mariel y Marlín pronunciaron en árabe al llegar a Ezeiza y encontrarse con Mariano Winograd, creador de la ONG Refugio Humanitario.

Mariel y Marlín son dos jóvenes sirios de alrededor de 24 años. Mariel y Marlín se escapan, como tantos otros, del horror que azota a su país. Un país que vive cotidianamente bajo la muerte, las bombas y la incertidumbre.

Winograd los describe como “inmigrantes en el siglo XXI”. Lo sorprende el hecho de que sus primeras preguntas estuvieron referidas a la señal de Internet. Se parece muy poco a aquella oleada de extranjeros que recibió Argentina dos siglos atrás. Es que, de alguna forma, necesitan tener un mínimo contacto con lo que dejaron atrás. Un país, una cultura, un entorno, pero por sobre todas las cosas, una familia.

La guerra civil siria comenzó en 2011 con la creación de grupos armados que se rebelaron contra el régimen de Bashar al-Assad, que asumió tras la muerte de su padre y predecesor, el ex presidente Hafez al-Assad . El gobierno sirio cuenta con el apoyo político y económico de Rusia, República Islámica de Irán y de la organización libanesa Hezbolá. Mientras que las fuerzas opositoras están respaldadas por Estados Unidos, Turquía, Arabia Saudita y otros países occidentales y del golfo Pérsico. El conflicto se agravó con el surgimiento del violento Califato del Estado Islámico, instalado en partes de Siria e Irak, tras tomar Mosul en 2014.

Según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, hasta febrero de 2016, la guerra siria dejó 270.000 muertos. Entre las víctimas hay 13.500 niños y casi 80.000 civiles. A ellos hay que agregar los 4,7 millones de refugiados y  13,5 millones de personas desplazadas por la guerra.

Símbolo de esta catástrofe es Alepo. Una de las ciudades más importantes del país, habitada desde el 6.000 a.C., que por su ubicación estratégica fue un centro distinguido de la cultura y el comercio. Hoy Alepo está destruída. Lo que queda es dolor, miedo y nostalgia.

“Los medios de vida todavía son complicados, los soldados siguen rondando y las bombas están por todos lados. La gente no puede volver a su casa cuando quiere, no se siente segura. Es difícil seguir viviendo así”. Ouz es una víctima más. Tiene 29 años y hace aproximadamente tres meses que decidió abandonar su país. Y así llegó a la Argentina. “Decidí vivir. Porque quiero seguir viviendo”, fue su dramática manera de explicar su partida.

No es lo material lo que los ata a su país, sino que es algo mucho más profundo. “Traje todos mis recuerdos conmigo”, expresa Ouz con una sonrisa tímida. Winograd explica que “quien toma la decisión de emigrar es una persona que está preparada para mantener en algún rincón de su memoria  lo que fue su familia, su infancia feliz. Pero en algún rincón de su alma, está preparado para empezar de nuevo”.

Ouz confiesa que lo que más extraña es “a la familia, los amigos y la vida allá”. “La vida… era buena la vida antes de la guerra”, recuerda.  Desde Refugio Humanitario admiten que si bien intentan no hablar mucho del tema, por lo general “recuerdan a Siria como un lugar lindo, como un lugar que estaba en paz, que estaba en desarrollo”.  “No hablamos de la catástrofe, hablamos de la Siria previa”, declara Winograd.

“Se les está haciendo a los sirios lo mismo que les hicieron a mis antepasados judíos en el siglo XX y esto terminó en una catástrofe. Entonces decidí hacer algo”. Refugio Humanitario fue construida paso a paso. Fue un ex compañero de facultad, que era embajador en Siria, el que le permitió a Winograd contactarse con el padre David, un sacerdote que está en Alepo asistiendo a las víctimas de los bombardeos que sufre la ciudad. Desde entonces, la ONG ya ha cobijado a 20 familias sirias.

Mariano Winograd y Refugio Humanitario

“El poder extender un brazo en un momento de la Argentina donde el mundo está cada vez más globalizado, y las naciones más cerradas en sus fronteras, creo que es necesario un contrapeso, estirar un brazo al otro lado de la frontera”, expresa Gonzalo Lantarón, especialista en políticas migratorias y miembro de Refugio Humanitario. Sostiene que sin importar el origen de las personas, todas merecen el mismo respeto porque el valor de la vida es el mismo.

La disputa por el aceptar al “otro” que viene

Son dos continentes diferentes, dos países distintos, más de 3.300 kilómetros de distancia y una diferencia de cinco horas. Pero para Ou z la sociedad y cultura argentinas son similares a las sirias. “Sentimos que de alguna forma la gente piensa parecido a cómo pensamos nosotros. Por eso es que creemos que éste es el lugar en el que tenemos que estar – confiesa –  Todos han sido muy amables. Cada vez que quiero hacer un trámite o algo todos me ayudan mucho. Han sido muy buenos y serviciales”.

Winograd coincide con esta empatía que la gente siente para con los sirios. Cuenta la anécdota de que un día dos de los chicos se perdieron en el tren con la tarjeta SUBE y no sabían a dónde ir. Continúa: “Y de pronto me suena el teléfono a mí: ‘¿Hola sos Mariano?’ Estoy con unos chicos que mencionaron la palabra Siria…’”.

“No vengan. No arriesguen su vida y su dinero. No va a servir para nada”, dijo hace un par de meses Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, respecto de los refugiados sirios. Así como muchos países de Europa – y de otras partes del mundo – se oponen a recibirlos, Argentina toma otro camino y los recibe.

Vienen por medio del Programa Siria que fue impulsado en 2014 por la Dirección Nacional de Migraciones junto con Cancillería, Cascos Blancos y la Agencia Federal de Inteligencia (AFI). Por medio de este mecanismo cualquier argentino – persona u ONG – sin necesidad de ser pariente, puede convertirse en llamante y traer una familia siria. “No es un compromiso monetario o de infraestructura, no es un contrato de trabajo, es un compromiso humano”, explica Winograd.

Así como no se exige que el llamante acredite ser familiar del interesado, éste puede realizar la tramitación del visado desde cualquier representación consular argentina, sin limitación geográfica. Al ingresar al país obtiene un DNI por dos años, prorrogable por un año más y luego puede acceder a una residencia definitiva. De todas formas, desde el primer momento el refugiado goza de los mismos derechos civiles, sociales y económicos que un argentino.

Lantarón señala que “Europa es muy distinta a la realidad de América Latina y viene cerrándose de hace un par de años con programas y financiamiento a partir de estas cuestiones que han tomado mucho revuelo en los medios, que son los atentados y demás, que no tienen que ver con la migración porque son cometidas por gente nacida en esos países”.

Khatchik Derghougassian, profesor en la Universidad de San Andrés y especialista en temas de seguridad internacional y Medio Oriente, plantea dos argumentos por los cuales – en este caso – los argentinos podrían oponerse al recibimiento de refugiados sirios: “La primera preocupación es la propaganda de que haya infiltrados terroristas y que esto pueda generar una amenaza o un riesgo de tener un atentado en un país que ya vivió dos”.

El segundo tiene que ver con que un país con tantas necesidades económicas y sociales, va a tener que dedicar recursos a personas que van a necesitarlo todo. “Me parece altamente deplorable este argumento en un país que se hizo con inmigrantes y refugiados y la verdad que todos los fondos que se van a dedicar a 3.000 refugiados no creo que generen un déficit en el presupuesto nacional”, objeta Derghougassian.

Considera que “recibir refugiados es posicionarse en la política internacional como un país que gana prestigio y que está predispuesto a participar de ‘una gobernanza global’ y a atender un aspecto muy lamentable de la realidad” global.

Según una encuesta realizada por D’Alessio IROL, solo un 33% de los consultados expresaron que estaban totalmente de acuerdo con el plan del gobierno de recibir 3.000 refugiados sirios. Otro 30% se encontraba parcialmente de acuerdo pero un 16% totalmente en desacuerdo y un 11% parcialmente en desacuerdo.

Aunque este tipo de medidas generan opiniones fragmentadas, algunos se comprometen con la causa mucho más de lo esperado. En Refugio Humanitario no solo trabajan por los refugiados, sino que les brindan algo mucho más valioso: ser escuchado. “La vida tiene cosas positivas y negativas, así que, es un proceso con altibajos. Hay días que están mejor, hay días que están nostálgicos, hay días que los llaman de sus casas y les dicen que murió un vecino, imaginate como están ese día…”, cuenta Winograd.

“Una vez que la situación en Siria esté mejor me gustaría volver” – confiesa Ouz con algo de nostalgia – Pero, al mismo tiempo, siento que este país me dio algo, así que debo estar agradecida”. No es un trabajo, no es un casa, ni tampoco un millón de dólares. Lo único que espera Ouz es “tener un futuro digno”. Los que padecen la violencia que hoy invade Siria parecen rogar por lo mismo que ella: paz y futuro.

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