Palabras del Bicentenario

“¿Hasta cuándo esperamos para declarar la Independencia? ¿No le parece a usted una cosa bien ridícula acuñar moneda, tener el pabellón y escarapela nacional, y por último hacer la guerra al Soberano de quien en el día se cree que dependemos?”

Con estas palabras desesperadas el General José de San Martín interpelaba al diputado por Mendoza Tomás Godoy Cruz sobe la necesidad imperiosa de declarar la independencia.

Sin embargo Godoy Cruz le contestó que declarar la Independencia

“No es soplar y hacer botellas”

A lo que San Martín le replicó
“Veo lo que usted me dice sobre que el asunto de la Independencia no es soplar y hacer botellas. Yo respondo a usted que mil veces me parece más fácil hacer la Independencia que el que haya un solo americano que haga una sola botella”
Señora Decana, Señor Secretario Académico, Autoridades y personal administrativo de la Facultad de Ciencias Sociales de la UCA, queridos profesores, alumnos y alumnas…

Nunca ha sido fácil tomar esas decisiones transcendentales que nos cambian la vida. Y tampoco es cierta totalmente esa afirmación que sostiene que “todo tiempo pasado fue mejor”. Ni es bueno esperar que todo esté ordenadamente prolijo para animarse a ser el dueño de las propias decisiones. Cuando un 24 de marzo de 1816 fue formalmente inaugurado el Congreso en Tucumán, teniendo como presidente provisional al porteño Pedro Medrano, el gobierno no podía abstraerse de una infinidad de problemas:

• El rey Fernando VII había recuperado el poder y planeaba enviar tropas a América del Sur para aplastar a las experiencias de gobierno locales.
• En Europa prevalecía la Santa Alianza, contraria a las ideas
republicanas.
• En el norte de Sudamérica, Bolivar había sido derrotado.
• Chile estaba nuevamente en manos de los realistas.
• Era inminente la invasión portuguesa a la Banda Oriental.
• Los españoles amenazaban Salta y Jujuy, siendo detenidos apenas por las guerrillas de Güemes.

Y no habían sido sencillos los seis años ( seis años difíciles, seis años que para que lo experimenten son los que les lleva a muchos de ustedes terminar sus carreras) que mediaron desde el 25 de mayo de 1810 hasta ese glorioso grito pronunciado un martes 9 de julio de 1816 en la casa histórica, propiedad de Francisca Bazán de Laguna. Si recordamos juntos lo aprendido y repetido una y mil veces en nuestras memorias escolares podemos dar cuenta de ello:

• En mayo de 1810 las disputas entre los jóvenes que seguían a Mariano Moreno y que querían romper revolucionariamente con España aprovechando la invasión napoléonica, chocaron con los moderados que escuchaban los consejos de Cornelio Saavedra para ser prudentes y hacer sólo un gobierno provisorio en esa Primera Junta.

• Luego fue igualmente compleja la organización política, dentro de las disputas durante el Primer y Segundo Triunvirato y con las distintas regiones del antiguo Virreinato del Río de la Plata, donde el Paraguay se escindió y el Litoral que incluía al caudillo uruguayo Artigas recelaba de Buenos Aires. Sólo el general Manuel Belgrano parecía apostar a un horizonte de grandeza al izar la Bandera nacional el 27 de febrero de 1812.

• En 1813 parecían que las condiciones estaban ya prestas para los dos objetivos de la Asamblea General Constituyente (o del Año XIII), a saber: declarar la Independencia y redactar una Constitución. Ahora sí parecía alcanzarse la madurez. Y a pesar de tener moneda propia, una canción patria y un sinnúmero de derechos ciudadanos…no se dio ni una cosa ni la otra.

• De allí que se comprenden las palabras enérgicas de San Martín a los congresales de Tucumán en 1816, más si se tiene en cuenta que ya había derrotado a los españoles en la batalla de San Lorenzo en 1813 (asegurando la frontera rioplatense) y estaba preparando el cruce de los Andes para liberar a Chile para el verano de 1817. Revolución y guerra de la independencia para la cual los patriotas debían arreglárselas con los escasos recursos que tenían a su alcance. Son famosas las palabras del Libertador pronunciados algunos años después, al afirmar:
“La guerra se la tenemos que hacer como podamos: si no tenemos dinero; carne y tabaco no nos tiene que faltar. Cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con la bayetilla que nos tejan nuestras mujeres y si no andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios, seamos libres y lo demás no importa. Compañeros, juremos no dejar las armas de la mano hasta ver el país enteramente libre, o morir con ellas como hombres de coraje.”

Finalmente, bajo la presidencia del diputado por San Juan, Francisco Narciso de Laprida fue proclamada la Independencia en estos términos:

En la benemérita y muy digna ciudad de San Miguel de Tucumán a nueve días del mes de julio de mil ochocientos diez y seis, terminada la sesión ordinaria, el Congreso de la Provincias Unidas continuó sus anteriores discusiones sobre el grande, augusto, y sagrado objeto de la independencia de los pueblos que lo forman. Era universal, constante y decidido el clamor del territorio entero por su emancipación solemne del poder despótico de los reyes de España. Los representantes, sin embargo, consagraron a tan arduo asunto toda la profundidad de sus talentos, la rectitud de sus intenciones e interés que demanda la sanción de la suerte suya, la de los pueblos representados y la de toda la posteridad. A su término fueron preguntados si querían que las provincias de la Unión fuesen una nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli. Aclamaron primero, llenos del santo ardor de la justicia, y uno a uno reiteraron sucesivamente su unánime voto por la independencia del país, fijando en su virtud la determinación siguiente:

“Nos los representantes de las Provincias Unidas en Sud América, reunidos en Congreso General, invocando al Eterno que preside al universo, en el nombre y por la autoridad de los pueblos que representamos, protestando al cielo, a las naciones y hombres todos del globo la justicia, que regla nuestros votos, declaramos solemnemente a la faz de la tierra que, es voluntad unánime e indudable de estas provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli…”

Se propuso diez días después, en sesión secreta y a pedido del diputado por Buenos Aires Pedro Medrano, que se agregara en el Acta que la independencia era no sólo de España sino de “toda otra dominación extranjera”.

Lamentablemente, el grito de libertad se confundió en los años siguientes con discusiones sobre la forma de gobierno a seguir (monarquía parlamentaria o sistema republicano, luego entre república unitaria o federal), llegando al sinsentido de experimentar la presencia “tres primeros Presidentes” (Rivadavia en 1826 sin una Constitución; Urquiza con una Constitución pero sin Buenos Aires y finalmente Mitre a partir de 1862, unificando a la Nación Argentina).

De los doscientos años, soportamos cincuenta –es decir un cuarto de la historia independiente– sufriendo con guerras civiles y enfrentamientos que engendraron a una Argentina violenta, intolerante del otro y proclive a las dicotomías polarizantes y adolescentes que nos quieren hacer creer que todo se juega en un o/o: unitarios o federales, porteños o provincianos, conservadores o radicales, militares o civiles, peronistas o antiperonistas, y así sucesivamente…

Gracias a Dios ustedes, queridos alumnos y alumnas, son parte privilegiada de una generación plenamente democrática, donde el Estado de Derecho y la Constitución son –como recitamos en el Préambulo – “…la fuente de toda razón y justicia…”. Es un legado que no pueden ignorar y son protagonistas de un horizonte nuevo y creativo de renovadas esperanzas.
Muchas gracias,

Horacio García Bossio 

Director del Departamento de Historia de la Facultad de Ciencias Sociales de la UCA

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