¡Olé! Un encuentro con Julia Zanettini, la chica del momento

El torero es la persona cuyo oficio consiste en lidiar con toros bravos. Su tarea es conducir repetidamente las embestidas del animal de forma que resulte estéticamente vistosa, medirlo en la suerte de capote, dirigirlo a la pica, colocarle las banderillas, templarlo en la suerte de muleta y finalmente causarle muerte mediante la utilización de una espada llamada estoque.

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Es miércoles por la tarde y está tomando un café americano. Revolea sus ojos turquesa cuando escucha la pregunta inevitablemente. ¿Será consciente Julia Zanettini de que vive la vida que todos alguna vez soñaron?

—De afuera se ve diferente a lo que es vivirlo. No me quejo. Amo mi laburo, pero es sacrificado.

Es que alcanza con chequear sus historias de Instagram para verla modelando en Dubai o en un mar cristalino de Aruba. Su mirada, tan intensa, tan profunda en su turquesa, por primera vez se corre dubitativa. Mira por la ventana.

Tiene 23 años y lleva una etiqueta que sin su personalidad despreocupada -sus amigas dirán colgada- puede ser difícil de sobrellevar. “La modelo argentina con más proyección internacional”, titulan las revistas del mundo. Araña el metro ochenta y la silueta se le dibuja voluptuosa.

Con tacos parece tan alta que intimida. Sus ojos, otra vez, se clavan de arriba a abajo. El flequillo y el pelo castaño apenas por debajo de los hombros, sobre el pecho, la angelizan. Casi siempre sonríe y resalta la provocación en sus labios: superior e inferior gruesos, de un rosa fuerte y resecos. Es Julia, la chica de oro que contrasta con el ambiente en el que se metió de chica, a los 13 años.

Camina desinhibida por el barrio porteño de Palermo. Cruza la avenida Santa Fe con la cartera en el brazo y manoteando el teléfono que suena antes de entrar en el Starbucks de la esquina. Tan decidida, apura el paso y la gente le abre la puerta mientras habla fuerte con el tubo apoyado en la oreja. Tiene puesto un pantalón de jean acampanado y unas botas negras con taco que suenan cuando pisa las baldosas de cerámica. Algo en su personalidad, en su corte de pelo, en su ropa, la pinta con un estilo vintage. Rememora las épocas rupturistas del modelaje: Jean Shrimpton y la década del 60. Para ser modelo, “tenés que vender algo”, dice. ¿Qué vende Julia?

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Una tarde aburrida en la ciudad, y esa imperdonable incomodidad de no haberse animado, la encontraron ansiosa. Con Mía Pereyra Mateazzi, modelo amiga, entraron a un local de ropa y acusaron cumplir años ese día. Con la mejor cara de festejo recibió la torta y el “que los cumplas feliz”, con cada última letra estirada para que suene mejor. Hasta un descuento del 40%. No era su cumpleaños ni el de su amiga.

Más allá del perfil estético, seductor, sensual que implica la profesión, es desfachatada y no tiene pudor. En sus redes sociales se reconoce artista. Es modelo pero podría ser actriz. Podría ser simplemente ella, como dijo Spinetta “hoja del viento, que la mueve hasta en la muerte”. Porque es libre y se anima a lo que venga. Es profunda y piensa. Cree que el desmerecimiento al que se somete al modelaje, las acusaciones de superficialidad, son injustas.

—No es ir y sacarse una foto, así nada más. Con el fotógrafo hay un cambio de energías. Donde hay una buena foto, hay un vínculo. Es arte.

— ¿Ser modelo te privó de algo?

Silencio y otra mirada esquiva.

—No… siempre hice lo que quise.

Destellos de una estrella de rock. Hace lo que quiere, dice lo que siente y no tiene tiempo para perder en esta vida. Vive rápido, muere joven. “A los 30 años no voy a querer mostrar más mi cuerpo y hacerme la linda”, reflexiona.

Habla mucho y muy rápido. La ansiedad de contar se le ve en las manos: tan delicadas, destrozan por completo el palito de madera que revuelve el café. Su mamá dirá que de muy chica Julia se le plantó y le explicó que ella definitivamente había nacido para modelar. Empezó en la escuela de Anamá Ferreyra, que a la tercera clase se le acercó a la otrora jovencita, ya alta y llamativa, y le preguntó el nombre. Así de rápido. Dos miradas, un desfile y la firma con una agencia. El mundo por delante. Literalmente el mundo: empezó por Chile ese año y hoy, hace dos meses que volvió de una isla del caribe. Sin embargo, afirma que no cambia Buenos Aires por nada.

Mira las fotos de su desfile en el Hotel Costa Galana, donde graba Mirtha Legrand, con nostalgia. La alegría de esos 14 años en una sonrisa que parecía morderse las orejas. Bajando las escalinatas con la provocación de una adulta y la inocencia de una nena que posaba para las fotos movidas y la admiración de su familia. Boquiabiertos compartían su felicidad en esas primeras veces. “Ese día fueron todos. Van perdiendo el fanatismo. Ahora hago fotos para Tucci y es todo más normal”.

julia nació y creció a 70 kilómetros de Buenos Aires, en La Plata. Todavía vive ahí, aunque pasa casi toda la semana en Palermo por trabajo. Tiene una vida nómade. Se reparte los días en lo de su novio o su prima, los dos de capital, y su casa o la de su abuela (donde es verdaderamente ella más que en ningún lado).

Habla de sacrificios. A lo mejor haber pasado por tres colegios y no haber podido terminar con sus amigas, es uno de ellos. Cuando cruzó la cordillera para vivir en Santiago tres meses, perdió un año de secundaria y tuvo que terminar en un colegio nocturno con gente grande. Arrancó la carrera de Psicología pero no pudo seguir. Lo mismo con diseño de interiores. “Lo postergué porque podés estudiar en cualquier momento de tu vida. El laburo de modelo es más acotado, es ahora”, cuenta.

Mientras habla, un vendedor ambulante se mete apurado entre las mesas y ofrece medias. Julia saluda, pregunta el precio y le pide colores más coquetos. No tiene. Igual compra dos pares.

— ¿Esas son de hombre? No importa, dámelas porque calzó 41— le dice — ¿Vos calzás 37? ¡Ay te cambió el pie!

La sencillez de algunas situaciones la entretienen más que los privilegios del ambiente en el que se mueve. Mates, charlas con amigas, bailar salsa en un tugurio de la ciudad, ir sola al cine o sentarse a leer un libro en un café. Parecen lugares comunes pero en una persona que puede entrar gratis a cualquier boliche o comer de canje en lugares paquetes, son gestos de simpleza.

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тσ∂σ єℓ ∂ια αѕι ☀️

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Julia es uno de nosotros en un cuerpo que cautiva a la cámara y que llama la atención de las principales marcas de ropa. Su perfil vintage, esta vez en su devoción por los clásicos: su libro preferido es “El principito”; enloquece por Friends y cuando le preguntan por una película casi siempre contesta: Tomates verdes fritos, film español de 1991 que, casualidad o no, reivindica la liberación femenina. Colecciona CD’s. Los escucha y los regala, sobre todo de Sabina.

Hay una idea dando vueltas. Esta de que una persona que lee mucho, con el tiempo empieza a desarrollar cierta facilidad para leer a la gente. Julia sería un caso digno de análisis. Lee mucho y lee a la gente. Lo que piensa siempre es víctima del reflejo más involuntario. Se le van saliendo las palabras así tal cual. Las palabras y los veredictos sobre los otros, que generalmente son acertados.

La habilidad de entrevistar al entrevistador, de ponerlo en un lugar de fragilidad y obsecuencia, para después volver a hablar de ella. Y así vivir, jugando al torero, casi siempre sin el final trágico.

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