Los Espartanos tienen la fórmula para salir del pozo carcelario

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Historias de vida de los internos que integran Espartanos. Cayeron presos pero buscan salir adelante. Algunos testimonios son desgarradores pero todos reconocen que a pesar de las experiencias vividas en la cárcel encontraron una nueva oportunidad.

Entre Espartanos y visitantes, se vislumbra una campera celeste chillona. Frente a frente, Nico no titubea en el apretón fuerte de mano. Mira fijo al que le habla. Espontaneidad en un cóctel amigable de mates, misterios del rosario y experiencias vividas del joven misionero.

La campera es del Barsa. Le gusta el fútbol, pero aún más el rugby. Prefiere jugar de wing, en la línea de 3/4, o como venga. Aprendió a jugar al rugby con los Espartanos: “Me ayudaron todos. Yo antes no entendía nada”. 

Cuando ingresó en la unidad 48, Nico era un jovencito de 19 años que “se mandó varias”. Vivió el último tiempo en José León Suárez y visitaba ocasionalmente Posadas, su tierra natal. La última vez fue a ver a su abuelo. “Estaba mal y tenía que estar con él. Me quedo con que lo pude ver antes de morir”, cuenta con ese orgullo melancólico de las despedidas familiares. 

Murmura por lo bajo su descontento con el gobierno actual. “La Vidal y Michetti vinieron hace unos meses. Hablaban de hacer más cárceles en lugar de solucionar que vivimos mal. Un amigo, Miki, les reclamó eso y la seguridad lo sacó en seguida”, dijo el misionero, con gesto y expresión sugerente, desprendiendo así la sinuosa molestia que tiene.

En 2016, la vicepresidenta Michetti visitó a los Espartanos

Para Nico “Ella (Cristina Fernández) es de los pobres”.. Le dio trabajo honroso cuando soñaba hacer su camino, de la mano del proyecto nacional y popular. Después las cosas cambiaron y “en los actos con los pibes del barrio, allá en León Suárez traían bolsas grandes de marihuana, botellas de vino y comida para las casas, nos decían que al día siguiente iba a pasar un bondi para ir a una manifestación, que vayamos”, sin cassette, en crudo, lo comentó Nico.

Ahora “se alejó de la gilada”. Nico ni siquiera fuma, y lo cuenta como un try no solo individual sino también colectivo de Los Espartanos. “¿Vos decís la fórmula Fernández-Fernández puede volver?”, reanuda Nico, interesado a la charla política.

Nico podrá hacer uso de su derecho al voto en las elecciones de octubre, esta vez en libertad. El 17 de septiembre podrá salir y le va a dar un beso en el vientre a su pareja -donde crece Natanael- hasta que dé a luz el 20 de noviembre. Una telenovela del Canal 9 le dio la idea del nombre al misionero, que pasa su tiempo con el televisor, el mate y bizcochitos dulces. Promete que el niño en camino va a recordar a un padre presente y no en la Unidad 48 de San Martín. 

En el bolsillo izquierdo de su pantalón tiene una caja cristalina con un rosario colorado. Luisa, mujer rubia cuarentona habitué de cada encuentro espartano, le obsequió un rosario bendecido por Francisco especialmente para Natanael. Nico lo tiene en la palma de sus manos y lo mira como si fuese su hijo. Abraza a Luisa, sumergida por el frío en su tapado canela, como quien abraza al espíritu materno de una mujer que cree y tiene esperanza en él; como pocos la han tenido. 

Loco por las hamburguesas

Habla como el amigo que todos quieren tener dentro del penal. Perfil bajo, humildad al tope, Keko es la máxima expresión de la “doctrina espartana”. Menciona siempre a su familia como todo lo que tiene. El muchacho de San Fernando carga una mochila que le pesa, a la vez que lo fortalece para hablar. Pero su dolor culminó hace ya un tiempo.

“Yo me daba cuenta cuando me llamaban por obligación. Mis hermanos y mi vieja no querían atenderme”, sin rencor y con tono comprensivo lo cuenta y agrega: “Por eso tengo a mi señora y mi hija”. El sueño de Keko comienza y termina en una casa propia para ellas, pero al día de hoy resulta imposible. Solo percibe su remuneración por trabajo en el penal y la asignación familiar. 

La Ley 24.660 de Ejecución de Pena Privativa de la Libertad, sancionada en 1996, consagra la posibilidad de ejercer una labor remunerada dentro del establecimiento penitenciario y establece que cuando “los bienes o servicios producidos se destinan al Estado o a entidades de bien público, el salario del interno no será inferior a las tres cuartas partes del salario mínimo vital móvil”. 

La asignación familiar, mensual o por única vez, está dirigida a trabajadores en relación de dependencia, de empresas privadas y del Sector Público Nacional definido en el art. 6° del Decreto N° 1668/12. Por medio de este último supuesto, reclusos como Keko son beneficiarios de dicha asignación. Vale destacar, que el artículo 121 de la ley sancionada en 1996, ordena que de la retribución obtenida se harán las siguientes deducciones: un 10% para indemnizar los daños y perjuicios causados por el delito, conforme lo disponga la sentencia; un 35 % para la prestación de alimentos, según el Código Civil; 25% para costear los gastos que causare en el establecimiento; un 30 % para formar un fondo propio que se le entregará a su salida.

Keko y su familia percibe aproximadamente $10.000 como asignación, teniendo en cuenta que su nena es discapacitada y tienen un monto adicional de ayuda escolar. Estos valores están vigentes desde marzo de este año. La suma de dinero va totalmente para la familia de Keko: su hija, esposa y su mamá. 

Cuando salga, Keko piensa en descubrir más de este mundo tan extraño que percibió al cabo de las salidas transitorias. “Me ha pasado que subía al bondi y quería pagar con monedas”, cuenta asombrado. Ansía ante todo una nueva salida a Burger King: “Hace unos meses fuimos con mi señora y mi hija por primera vez. Yo le dije: ‘Gorda, acá es donde quiero estar, esto es hermoso.”

Desempleo del 60%

La Cámara Federal de Casación Penal resolvió que todos los presos que trabajan tienen el mismo derecho que los demás trabajadores a percibir no solo un sueldo sino también los demás beneficios laborales: aguinaldo, asignación familiar y poder agremiarse.

Según el Ente de Cooperación Técnica y Financiera (ENCOPE), el 59 por ciento de los presos en la Argentina no accede a ningún tipo de trabajo remunerado. El 19 por ciento llega a trabajar unas 40 horas semanales, y el 81 por ciento lo hace menos horas o directamente no lo hace. ​La Unidad 48 ofrece diferentes emprendimientos laborales: armado de muebles para la firma Maciza o la elaboración de bolsas de papel para Marlipack. También se desarrollan Talleres de Carpintería y Panadería. Dentro del penal solo un 22% de los reclusos trabaja.

En lo cultural se desarrolla un taller de teatro, coordinado por la actriz Cristina Banegas, talleres de música, dibujo, traducción de libros al braille, artesanías en papel maché, tallado de madera y marroquinería. También se llevan a cabo clases de yoga y talleres de narcóticos y alcohólicos anónimos.

Clases de Yoga dictada por fundaciones que trabajan en las cárceles

Asimismo, funcionan los distintos niveles educativos. En 2009 se constituyó el Centro de Estudios de la Universidad Nacional de San Martín dentro de las instalaciones del penal, en el cual se pueden estudiar las carreras de Sociología y Trabajo Social. En las aulas de esta sede universitaria conviven agentes penitenciarios y personas privadas de la libertad. Actualmente el proyecto no cuenta con la ayuda necesaria del penal para seguir adelante. 

Tragarse los dientes

Dentro de todo pabellón hay un líder, con características de “pibe duro” o recluso complicado, con beneficios extras y alcance a cosas restringidas, ese preso con el que nadie se quiere meter y todos respetan. En el pabellón ocho de la U48, hogar de los Espartanos, uno de esos que manejan los hilos del lugar es Johnny, pero él es diferente. Recibe a la gente que viene a rezar con los presos revelando una dentadura amarilla e incompleta, les da un abrazo mientras les dice “siéntanse cómo en casa”, y los hace pasar al patio. 

El patio dónde se reza el rosario.

“Espartanos es mi casa y me cambió la vida a mí y a muchos compañeros”, subraya con orgullo. Sabe que es un privilegio estar acá después de todas las desgracias que le ocurrieron en la vida. Desde chico tuvo que ganarse el pan por la ausencia de sus padres, trabajó como pintor, albañil e hizo muchas changas. Vivió con familiares o amigos en casas que se caían a pedazos. Esos amigos fueron los que lo llevaron por el camino equivocado: juntadas en la esquina, la incursión en la droga, salidas a punguear, robos a mano armada. Empezaron a hacer entraderas y robos de autos por San Fernando, Johnny no estaba convencido, pero todo el tiempo había algo que le rebotaba en la cabeza: “de algo hay que comer”. 

Por esos traspiés, la novia de Johnny y madre de su hijo le dijo cortante que no quería volver a verlo o llamaría a la policía. Se quedó solo, sin nadie en quién apoyarse salvo uno de sus primos con el que fue a vivir.

Una noche de hace cinco años, en un robo de auto, después de una persecución con la policía, a Maxi, el primo de Johnny, le dispararon y murió en el acto. El auto se descontroló y chocó, entre lágrimas él se entregó. “Yo nunca disparé un arma, ni maté a nadie, por eso mi conciencia está tranquila”, declara con una voz casi inaudible. Después de este episodio desfiló por varios penales esperando tener una condena firme y es al día de hoy que sigue sin ser condenado. En su estadía por los otros penales sufrió mucho y hasta pensó que vivir ya no tenía sentido.

Cuando llegó a La Plata, la primera vez que caía preso, los guardias, en vez de darle el desayuno, le dieron la “bienvenida”. Lo agarraron de los brazos y entre varios lo golpearon hasta el hartazgo, de comer lo obligaron a tragarse sus dientes; sangrando entró a su celda mientras los otros convictos se le reían a carcajada limpia. 

En Campana la suerte tampoco estuvo de su lado: después de una discusión con un preso le clavaron una navaja que le hirió un pulmón. Dormía con miedo, con un cuchillo debajo de la almohada y con las zapatillas puestas para que no se las roben. Por su buen comportamiento en el penal del norte de la provincia le concedieron permiso para hacer salidas transitorias. En una de ellas, decidió ir a visitar, sin permiso, la casa de su novia y su hijo. Apenas lo vio sin que él pudiera siquiera decir una palabra, la mujer llamó a la policía, se lo llevaron esposado y se le abrió una nueva causa “por amenaza e intento de secuestrar a su hijo”, pero según él, nada de eso era cierto. 

“Llegar acá (la unidad 48) fue lo mejor que me pasó, esto no es una cárcel. Al lado de todo lo que ví es un jardín de infantes”, reconoce con esa sonrisa que la vida y los guardias de La Plata le intentaron romper. Se asentó en los Espartanos y después de unos años pasó a ser un referente del grupo por su generosidad y alegría. Supo salir adelante y no llenarse de rencor por todo lo vivido.

Matías, otro de los internos, habla con palabras de admiración sobre Johnny: “Hace unas semanas llegó un pibe nuevo, estaba hecho mierda porque lo habían agarrado unos de la 46 y lo dejaron todo cortado y le robaron toda la ropa; en shorts y muerto de frío lo trajeron los cobanis (policías) a la mitad de la noche. Él nos propuso que entre todos le hagamos un bolso con ropa y una manta para que pudiese dormir.”

Este año se cumplió una década del trabajo de Espartanos, y hace seis que se reza el Rosario, cada año se extiende a más provincias y su modelo se replica en el exterior.

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