Jóvenes en búsqueda de un título y Nuevos Aires

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“Chao mamá, chao papá 

Me voy de casa esta noche a ver las luces de la ciudad 

Ya está bien, no estuvo mal, 

Los quiero, ya me cansé de dar la vuelta al perro, me voy a ver las luces blancas de la ciudad, 

Quiero viajar, desconectar, y dar mil vueltas, vueltas, vueltas en el carrusel, sin parar.”

-Las luces de la ciudad, Fito Páez

El último año de colegio es visto como el gran cierre: viaje de egresados, fiesta de despedida, acto de colación, elegir una carrera, decidir la universidad pero a todo esto muchos le tienen que sumar una mudanza hacia la ciudad de la furia. Adolescentes del interior del país o de la provincia de Buenos Aires dejan sus hogares para comenzar un nuevo camino en la ciudad, lo que trae consecuencias económicas para la familia y sobretodo afectivas a ese recién graduado de la secundaria. Entre los sentimientos más nombrados a la hora de hablar del desarraigo están la falta de tranquilidad que solo brinda una ciudad pequeña, el extrañar la comodidad de la familia y la novedad de la diversidad. A su vez admiten mayor facilidad para relacionarse con jóvenes del interior por las costumbres en común.

Paula es de Salta, Victoria de Misiones, Melisa de Rufino en Santa Fe y las tres sienten que el ser de lugares lejanos las unió a la hora de hacer amigos en la universidad. “Tal vez porque las tres vivimos solas, si bien cada una tiene sus amigas o vive con sus hermanos, no estamos con nuestros padres, tuvimos que independizarnos de la nada y empezar a hacer todo nosotras mismas. Además vivimos la mismas cosas que se viven en ciudades más chicas que es distinto a lo que se vive en la Capital Federal”, cuenta Meli y a pesar de tener amigos porteños enumera preguntas o cargadas que les hacen como “¿Van al colegio en vacas? ¿Usan poncho y trencitas? ¿Hay internet? ¿Te enseñaron a hablar en el colegio?”.

“Me parece que la gente del interior ve la vida distinta y me siento más identificada. Me cuesta mucho tener puntos en común o temas de conversación con personas que han vivido toda la vida en Buenos Aires. Son modos de vida muy distintos, el que vive en la ciudad es como si fuera de otro mundo”, opina Juliana Boglione que es de Cipolletti y estudia Psicología en la Universidad del Salvador.

Multiplicar los gastos

Para poder mantener un estudiante con un departamento en Recoleta y/o Palermo -barrios donde suelen instalarse- sin contar con la universidad privada se necesita aproximadamente 15.000 pesos. Es por esto que la mayoría elije la UBA, dentro de las privadas las más acudidas son UCA, UADE y Salvador, estas rondan entre los cuatro mil a diez mil pesos al mes dependiendo la carrera. En el supermercado se gasta alrededor de 2500 pesos mensuales, luego se le suman los impuestos y el alquiler. Los estudiantes suelen salir los fines de semana y se gasta tres veces más que en sus pueblos por el precio de los bares y boliches. Esto último al igual que acceder a comer afuera, ir al cine, hacer actividades culturales pagas o asistir a cursos extracurriculares solo lo disfrutan los que llegan económicamente.

Un alquiler en Palermo sale alrededor de 6000 pesos al mes, a lo que se debe sumar el mes de depósito al momento de ingresar y la mayoría exige una garantía propietaria de Capital Federal o de familiar directo. Es por eso que muchas veces los jóvenes optan por una residencia que ronda los 3000 pesos, dependiendo el barrio donde se encuentre y las comodidades que ofrezca. También existen otras alternativas como campus universitarios y residencias gratuitas que ofrecen las municipalidades de los pueblos.

Esto se debe a la cantidad de gastos que una familia afronta cuando decide mandar a su hijo a estudiar, al presupuesto que contaban día a día deben sumarle una vivienda más, incluyendo transporte y la diferencia de precio del estilo de vida en Buenos Aires. Muchos deciden conseguir trabajos que no coincidan con sus horarios de clase como cuidar niños y así aportar su parte.

Despegarse

“Lo que más extraño es la tranquilidad que encuentro cuando estoy en mi casa, tener a mis papás todo el tiempo a disposición mía, estar aburrida y poder tomar mate con mi mamá y hablar de la vida, extraño el ritmo de vida más tranquilo. Me gusta el de acá pero a veces es lindo poder dar una pausa a todo este ritmo acelerado y sentarte a disfrutar un poco porque a veces cuando estás a mil dejas pasar muchas cosas que valen la pena”, cuenta con voz pacífica Victoria Tula. Tiene diecinueve años y es de un pueblo en Misiones, se mudó para estudiar Abogacía en la UCA ya que su hermana vivía acá. A su vez también admite estar contenta con todo lo que ofrece la capital, la cantidad de movida que hay en cualquier momento del día sin importar el horario.

Irene Arnolds creció en Buenos Aires, pero al casarse se mudó con su marido a Pehuajó, un pueblo en el oeste de la provincia, y supo que sus cinco hijos iban a dejar el seno materno ni bien terminen la secundaria si querían conseguir un título universitario. “Como madre es difícil porque uno siempre tiene miedo que le pase algo, donde estará, porque el chico ya a los dieciocho años tiene que empezar a desenvolverse por sí mismo y saber a dónde puede ir, los lugares que pueden tener peligro, cuidarse por sí mismo, no va a haber nadie que le diga podes salir, o no podes salir”, cuenta Irene. La opción de quedarse existe aunque es limitada ya que la pequeña ciudad cuenta con pocas carreras, sobretodo ahornadas hacia la docencia.

¿Para siempre?

“Si volvés a Salta con un título de Buenos Aires y algo de experiencia, volvés con otra posición comparado a alguien que se recibió allá y nunca se fue. Pero sí me gustaría eventualmente volver, es un lugar increíble, la infancia que yo tuve no se compara con la infancia de acá y me parece que Salta es un gran lugar para formar una familia”, dice la compañera de Victoria, Paula Fortuny.

Al igual que ella muchos jóvenes planean el mismo futuro luego de terminar la carrera. Tener experiencia en una gran ciudad suma a la hora de volver a lugares más reducidos, que es lo que buscan los que crecieron en calles más silenciosas y confiables.

Marina es una de ellas, luego de vivir quince años en la capital volvió al pueblo que la vio crecer. Cuando llegó en 2000 no sabía cómo funcionaban los semáforos, en su pueblo no existían y su familia viajaba poco a Buenos Aires; hoy conoce los barrios porteños mejor que muchas de sus amigas locales. El sueño de vivir en el interior siempre estuvo, y la posibilidad de contactos y el saber cómo funcionan las cosas hicieron que eligiera su propia ciudad. Es psicóloga y no le costó llenar el consultorio gracias al famoso “de boca en boca”.

A pesar de saber que muchas cosas habían cambiado y ella misma era distinta, muchas cosas siguen igual. “Lo que más extrañaba era ver el cielo cada día. Un cielo no tapado por edificios. Y extrañaba el estilo de la gente, por ejemplo entrar un local y que la gente te salude con “buenos días”, que la gente responda cuando saludas. Y la sencillez de la gente, el estilo más conectado entre personas y no tan todos los planes mediados por consumo como en la gran ciudad”, cuenta y admite hoy extrañar los amigos y las variedades gastronómicas que son reducidas en el pueblo.

También están los que se acostumbran a la ciudad y no vuelven. Graciela Espil tiene 45 años, a los dieciocho se mudó con una amiga de Coronel Pringles para estudiar fonoaudiología. Fue a través de ella que conoció a su marido de Chacabuco con quien hoy tiene cuatro hijos y vive en un departamento de Congreso. Sigue viendo a su pueblo con mucho cariño y pasa los veranos allí con su familia aunque disfruta del anonimato que brinda Buenos Aires “La gente de Pringles no puede aceptar fácilmente lo nuevo e innovador”.

Dios los cría y el viento los amontona

Como todo grupo social que comparte intereses y estilo de vida, los estudiantes crecidos en pueblos y ciudades a kilómetros también encuentran rincones en común. Los amantes de la noche porteña se encuentran en boliches ubicados en Recoleta y Palermo como Tamarisco, Jannoy, Cubar y King. Paco baja las escaleras del último, está a metros de la Avenida Santa Fe y vienen del departamento de su abuela donde, como todos los fines de semana, se juntaron a hacer previa, menos cuando viene la dueña de visita y sus amigos villeguenses de la infancia y los nuevos compañeros de Agronomía desaparecen.

En el subsuelo se escucha cumbia, reggaetón y casi nada de electrónica como en la mayoría de los boliches que frecuentan, el poco espacio por la cantidad de gente es otra cosa en común. El patovica de la entrada ya los conocen y se ahorran los $150, ni bien entran empiezan los saludos como si estuvieran en su ciudad. Aunque hay adolescentes de todos lados incluyendo citadinos, abundan los de Villegas ya que el dueño es de ahí. Otro punto que se repite en varios casos, un pueblerino compra un lugar nocturno o empieza a trabajar allí y se llena de clientes de su ciudad y alrededores.

A una cuadra de King también se amontonan estudiantes del interior, pero este tiene escaleras hacia arriba y está aún más camuflado de la ciudad. Al lado del bar irlandés Shamrock los jueves, viernes, sábados y algunos miércoles a partir de las ocho de la noche se amontonan boinas, camisas, alpargatas, jeans y hasta algunas plataformas. No importa si nunca antes te interesó el folklore, la peña de los Chillado Biaus recibe todo tipo de paisano o intento de este.

Pedro es un poco de los dos, en Pehuajó de chico lo criaron junto al campo, hoy estudia agronomía en la gran ciudad y aunque extrañe el verde se amoldó muy bien a la movida porteña. “¿Cómo va negro, todo tranquilo?”, saluda a su amigo y se sienta con seguridad en una mesa frente al escenario. Conoce a todos los que están en ese cuarto de treinta por cuarenta metros, algunos sentados y los que llegaron últimos parados alrededor. Se puede consumir desde pizza, tortas hasta Fernet y mucha cerveza. Termina la canción y sube Pedro al escenario con tres amigos más, es el presentador y compra con su carisma. “-No sabía que tenían un grupo”, le dijo un amigo la primera vez que subieron “Yo tampoco”, le contestó el pehuajense, todo surgió muy improvisado y cuando se dio cuenta “Los Bordoneros” ya eran un éxito.

Pero pasadas las doce, como todo cuento de hadas, la música cambia. Siguen desfilando conjuntos con guitarras y voces en vivo pero la cumbia destrona al folklore. El dueño de sesenta años, el señor Chillado Biaus, pone mala cara en desacuerdo con el nuevo sonido pero no le queda otra que aceptar el entusiasmo de sus clientes que se levantan para bailar en el mini espacio frente al escenario. De esta manera mujeres y varones de entre dieciocho y treinta años se reúnen para reconocerse las caras o ponerse al día si hay más confianza, a las dos de la mañana se empiezan a ir los madrugadores si es día de semana, otros deciden seguir de largo hasta las cinco de la mañana cuando cierran las puertas. Se llama peña folclórica y los del interior se sienten orgullosos de su escondite en la capital aunque reconozcan que es un rincón con paisanos y paisanitas más porteñas que paisa.

Por otro lado, cuando se pueden dejar los libros de lado, los jóvenes salen rápidamente de sus cuatro paredes. Los espacios habituales son Plaza Francia y el Parque Las Heras, con el infaltable mate se sientan en el pasto para intentar escapar del cemento. Pero en épocas de examen escapan de departamentos con poca luz, tener que compartir la mesa con un hermano o la falta de concentración, entonces es mejor llegar temprano a la Biblioteca Nacional para conseguir un buen lugar. Se ven libros con números, textos, cuadros, imágenes, todos compartiendo el silencio absoluto del edificio en Av. Las Heras con vista al río.

Nuevo hogar

Se preparan para la mudanza durante todo el último año pero después sucede de un día para el otro. Desaparecen los horarios obligatorios, los retos de padres, las explicaciones de fin de semana, mantener el orden en el cuarto… como también aparece la cocina, el lavarropas, la escoba, el tender, el pago de cuentas, el supermercado y mantener presentable el departamento. Muchos tienen hermanos más grandes lo cual lo hace más fácil, solo deben seguir las reglas de convivencia y repartir las tareas, o se mudan con amigos para dividir los gastos. Otros empiezan una convivencia con ellos mismos.

“Fue raro tener que adaptarme a otro lugar que no es mi casa, y encima convivir con gente que no conocía. Yo no soy mucho de extrañar, pero si extrañaba mi lugar, mi cama, mi espacio”, cuenta Alexia que se mudó de Trenque Lauquen a la residencia gratuita que ofrece la cooperativa donde trabaja su papá para dar la posibilidad de mandar a estudiar a sus hijos. Cuando entró en el alojamiento de la calle Corrientes ya había cinco chicas que convivían hace dos años, todas del interior pero cada una con su forma de ser y pensar. “La única verdura que me gusta es la papa, como mucha carne y pastas. Y de repente estaba viviendo con una vegana y dos vegetarianas, abrían la heladera y no podían creer la cantidad de carne que había”, se ríe simpática moviendo sus rulos y admite que hasta el mes y medio se sentía un “ente”, “Se sabía que ahí estábamos todas para lo mismo, que es convivir, entonces también crecías en eso, en saber decir lo que a uno le molesta, o en otras situaciones quedarte callada para no generar problemas”.

Matías es de Lincoln y tuvo la posibilidad de elegir entre los apartamentos del campus o la residencia de la Universidad Austral cuando se fue a estudiar Ingeniería Industrial. Descartó el último porque le parecía que era una vida como de pupilos, con mucha contención, sin televisión en el cuarto, compartiendo cocina y living con otras seis personas, la familia no puede entrar al cuarto y no pueden ir mujeres. El complejo donde se mundo queda muy cerca de la universidad, en un mono ambiente que define como su “micro mundo”, sus vecinos son todos estudiantes y ofrecen actividades alrededor “La facultad te forma una banda según el instrumento que toques y los horarios que tengas disponibles, también tienen deportes y charlas”, cuenta y agrega como negativo el estar lejos de capital a donde fueron sus amigos. El mono ambiente se alquila con todo equipado y en relación de precio es bastante más elevado que un alquiler en el centro.

Más allá de la vuelta manzana

Los jóvenes no solo relacionan la ciudad como una oportunidad académica sino también una oportunidad para abrir la mente y encontrarse con diversos ambientes. “Espero poder adaptarme a este nuevo mundo, porque salimos de nuestro confort a otro círculo totalmente distinto. Espero también cambiar mis ideas, ver otras cosas, abrir mi mente”, dice Azul que este año deja Pehuajó para mudarse con sus hermanos y estudiar Música en la Universidad Nacional de las Artes.

“Arranque a estudiar sociología y creo que eso me abrió mucho la cabeza, yo estaba acostumbrada a un colegio privado y en la UBA de golpe vi de todo y me choco un poco pero a la vez me abrió la cabeza, y creo que cuando uno abre la cabeza abre el corazón. Me cambio la manera de pensar, de ver el mundo”, cuenta su hermana Delfina que es dos años mayor y vivió dos robos que le hicieron notar su cambio.

“En vez de enojarme con el que me robo me enojé con el mundo, me puse a pensar de porqué esa persona que tiene mi misma edad tiene que estar haciendo eso y no puede tener una chance de salir adelante”, dice.

Además de los estudiantes las familias también son conscientes de lo que puede aportar hacer el esfuerzo de mandar a un hijo a estudiar. Hay quienes tienen la posibilidad de visitarlos y otros que se conforman con enviar encomiendas con comida casera, chocolates y dibujos de los hermanos menores. “Cambian porque valoran lo que tienen. Valoran la familia, valoran los padres, valoran la comodidad del hogar y aprenden a ser independientes, a desenvolverse y a resolver los problemas por su cuenta”, cuenta Irene después de haberse despedido de cinco hijos.

Algunos aprovechan la oportunidad de conocer un ambiente nuevo mientras otros tienen más dificultad y nunca sacan el pie de su ciudad natal. Igualmente todos cuentan los días que faltan para los fines de semana largos, los domingos de elecciones y las vacaciones cuando se reencuentran con sus amigos y disfrutan del asado de bienvenida en casa.

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