El tango, una pasión que trasciende fronteras

En la visita que realizó a la Argentina, el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama se atrevió a bailar tango en una cena que organizó su par argentino, Mauricio Macri en su honor.

“Desde ahora apreciaré el tango como un observador más que como un bailarín”, bromeó Obama  sobre sus dotes como bailarín tras haber ensayado unos cortos pasos.

Por su parte, el escritor Mario Vargas Llosa e la socialite Isabel Preysler aprovecharon su estancia en Argentina para aprender el baile por excelencia del país: el tango.

El tango traspasa fronteras, atrae a las grandes personalidades del mundo y a turistas comunes y corrientes. ¿Qué pasa en la Boca, el corazón del tango?

La entrada del restaurant “La Vieja Rotisería”, ubicado en el histórico barrio porteño, se convierte en escenario: dos bailarines vestidos de negro, realizan cada paso con una pasión que se refleja en sus caras, en sus gestos, en sus miradas.

Sus zapatos registran las horas de baile, que  siempre  terminan con una pose final, casi al mismo tiempo que se apaga la música. 

Un hombre sale del interior del bar y exclama: “¡Un aplauso para mis amigos de Brasil!”. Los bailarines hacen una reverencia y saludan al público. “Show de tango, en “La Vieja Rotisería” mis amigos”, continúa. En el escenario se alza una bandera brasilera que acompaña a sus artistas. Otras parejas despliegan sus pasos en la entrada de los restaurantes, para atraer a los turistas.

Antonio baila todos los días en “La Barraca Vinos” junto a su compañera Leila. Es de Costa Rica, y su vocación es el tango. Se vino a la Argentina por tres años para perfeccionar su baile.

“Significa mucho bailar en un lugar como La Boca. Aquí, pude conocer su cultura, su historia, y además es un gran paso como bailarín”, cuenta. Vino con su novia, también tanguera, que trabaja en otro bar por la zona. Ambos estudian en una escuela en San Telmo. “Acá lo que hago es practicar más que todo, me sirve para mejorar”, asegura Antonia, mientras que compañera Leila, también de Costa Rica, no quiere hablar: “Estoy afónica”.

Un tanguero vestido de negro se pasea con su teléfono en mano. “Bailo además de tango, folklore y flamenco”, relata Facundo de 24 años, oriundo de Salta. Y se toma su tiempo para responder: “Y….bailo hace 3 años, me vine acá hace 2”.

“El Atelier” es el bar donde Facundo despliega sus pasos. “Trabajo acá para pagar el alquiler, no porque me guste”, responde mientras se acaricia el bigote. Petiso y muy serio, Facundo toma clases en varias escuelas.

En una esquina de este barrio tan concurrido, “La Piccola Italia” cuenta con un par de bailarines que recorren un precario escenario de madera dando vueltas y vueltas. Sus pies se mueven de forman rápida y hábil. Ella lleva un vestido negro con detalles dorados. Él, como los demás tangueros, un traje negro y el pelo azabache peinado hacia atrás.

Ninguno es de Buenos Aires. Susan es colombiana y baila tango hace 4 años. Hace 2 vino a la Argentina para seguir aprendiendo. “Me gusta bailar acá porque es un sitio muy histórico, todo es tango, es algo importante”, explica Susan con su agradable tonada colombiana. Rodrigo es de Jujuy, baila tango y folklore hace 6 años y se vino hace 3 a la capital. “Mi meta más alta sería profesionalizarme, ganar el mundial, irme de gira, conocer y crecer en el tango”, cuenta.

Banderas de distintos países adornan los negocios y están a la venta para cualquiera que las desee. Con una sola visita se puede ver la mezcla de culturas que hay en La Boca. No solo en sus visitantes, sino en sus mercancías y en sus trabajadores.

Dos guitarristas se lucen tocando con habilidad. Frente a ellos, dos tangueros muestran sus pasos siguiendo la música en vivo. Uno de los únicos bailarines porteños que encontré se llama Gabriel, y es de Buenos Aires de toda la vida. Se dedica al tango hace 5 años, y hay algunos aspectos de su trabajo que no le gustan: “Como somos artistas a la gorra, a veces la gente no valora lo que hacemos, eso molesta. Aparte estamos expuestos acá en la calle todo el día”, manifiesta.

Su compañera Florencia es de Colón y baila hace 10 años. Sobre su profesión opina: “Hay días que está buenísimo, que hay gente nueva y otros se vuelve rutinario. Pero esto marcó mi vida”.

“Y para mí es un bombazo, conocés gente de todo el mundo”, opina el tucumano Sebastián Acosta, tanguero por supuesto, sobre el trabajo de extranjeros en La Boca.

Totalmente libre de prejuicios, Sebastián aplaude que venga gente de otros lados a bailar. “Conseguís nuevos contactos, o algún reemplazo cuando lo necesites.

Muchos de los que trabajan acá son de provincia, del interior, de otros países como Colombia, México, Brasil, Chile, Costa LLica. Está buenísimo. Ponele, Antonio el que trabaja allá es de Costa LLica”. Su compañera Laura se ríe y le pregunta: “¿Costa qué?”. Antonio se sonroja y contesta: “¡Costa LLica!”, fiel a su tonada tucumana. .

Mientras tanto, La Boca continúa con su rutina diaria y recibe a nuevos turistas, que son atendidos  como reyes. El tango argentino pasea por el mundo y atrae nuevos bailarines. ¿Quién dijo que el tango es sólo argentino?

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