El guardián de la nostalgia

y

En colaboración con Diane Chevalier

Titanes en el ring tuvo su primera transmisión en 1962 y a lo largo de casi 40 años fue el centro de la televisión los domingos por la mañana. Cuando se terminó en 2001 dejó una oleada de fanáticos con un vacío que no sería fácil de llenar.

Ese espacio intenta llenarlo Jorge Piermarini con su local, Las Puertas del Tiempo, donde pueden encontrarse muñecos, cinturones, carameleras, pósters y figuritas que ayudan a combatir la nostalgia.

Las Puertas del Tiempo está en pleno microcentro, en Sarmiento 1316, muy cerca de la avenida 9 de julio. Jorge Piermarini es el guardián de esta entrada al pasado, una galería de alrededor de 40 metros de largo con objetos para todo tipo de fanatismos. Los hay de Batman, de los Picapiedras, de Star Wars y casi cualquier saga histórica. También hay camisetas, banderines y álbumes de figuritas para los futboleros.

“¡Pasen y vean! ¡Me gusta venir más a este local que a la Taberna de Moe!”, reza una leyenda sobre la figura de Homero Simpson que está en la puerta del local. Una vez adentro, el primero en recibir a los visitantes es un tétrico muñeco de Chucky que está parado en el mostrador para “cuidar la caja”.


Detrás de Chucky está Piermarini, que antes de ser el propietario de Las Puertas del Tiempo tuvo que pasar por momentos difíciles; durmió en un colchón que encontró en la calle y recuerda cuando hace 18 años pudo conseguir trabajo gracias a un amigo que lo ayudó a mejorar su situación. De ese trabajo todavía conserva un pequeño Nokia gris que le dieron, porque el coleccionismo no es solo para los muñecos. Esquivando la tecnología, tiene una caja con varios celulares idénticos por si el que está usando se le rompe.

Jorge Piermarini

“A mí me cuesta mucho el paso del tiempo y una manera de retenerlo es tener cosas que recuerden a momentos en los que uno fue feliz”, cuenta Piermarini mientras sostiene un plato de carne con puré que asegura debe comer ya mismo porque está en el mostrador hace ya tres días.

Él tiene una visión muy marcada acerca del coleccionismo: “Yo creo que tiene algo de tristeza, de melancolía. Me agrada tener cosas porque me hace volver a mi infancia, momento en el que fui muy feliz”.

Jorge comenzó a coleccionar cuando vio una figurita de Ángel Clemente Rojas (uno de los delanteros más habilidosos que tuvo Boca Juniors) en el Parque Centenario. «Después de comprarla, no hubo marcha atrás. El emporio se comenzó a construir a partir de diferentes objetos que compraba a cartoneros por algunos pesos», relata Piermarini.

El gran Martín Karadagian

Se mudó de Santos Lugares al microcentro porteño con 55 latas de chapa llenas de objetos coleccionables una vez que alquiló su local actual. Estuvo cerrado tres años mientras lo acondicionaban y en noviembre del 2018 pasado cumplió cuatro años desde su apertura.

Asegura que es probable que los jóvenes no entiendan cómo alguien puede pagar cifras tan altas por un muñeco, pero dice riendo que la “juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo” y que ya lo van a entender.

Los objetos que tienen la mayor popularidad son los de He-Man, que incluso atraen a compradores extranjeros ya que es un fenómeno mundial. Dentro de los fanatismos más locales se encuentran las figuras de Titanes en el Ring, con el cinturón original de Martín Karadagian como emblema, que cuesta 25.000 pesos, y objetos del dibujante García Ferré. Piermarini señala que por lo general los fanatismos no se mezclan: quien compra objetos de Batman no suele comprar de Star Wars, por ejemplo.

Al verdadero coleccionista no lo espantan los precios altos: “Dentro de la cofradía de los coleccionistas la gente puede dejar de pagar cosas importantes con tal de comprar lo que quieren”, asegura.

El precio no es el único impedimento: “Uno de los principales enemigos que tenemos acá son las mujeres, boicotean operaciones. Muchos nos piden que envolvamos lo comprado para esconderlo de sus esposas”. Por eso prefieren que los hombres vayan solos –de lo contrario, temen que la transacción no se realice porque, según Piermarini, las mujeres son más racionales con estas decisiones. “No digo que no haya mujeres que coleccionan, pero ponele que cada 100 tipos hay 10 mujeres que lo hacen”, remarca.

Al final del pasillo hay un sector en el que se pueden encontrar objetos de la historia argentina. En ese rincón se encuentra lo único que no se vende en todo el local: un póster de Arturo Illia con un cartel que dice “No tiene precio, porque los hombres dignos no se venden. Entró al gobierno y se fue con el mismo auto. ¿Cuántos políticos pueden decir lo mismo?”.

En esa recóndita parte del local también hay una gorra de la UCR, un pequeño busto de Perón y muchos libros. Hay un pingüino de plástico con una A en la panza, con un cartel que dice: “Para guardar australes. ¿Te acordás?”.

Para cerrar el tour, Piermarini muestra una piedra de gran tamaño que tiene un papel con el nombre “Andrea”. Cuenta que Andrea es una vendedora del local que trae mala suerte, por que cuando está presente nunca se vende nada.

Detrás del mostrador de la entrada tiene fotos de distintos años de todos los “planteles” de Las Puertas del Tiempo, en los que Andrea y su piedra, y Chucky, está presentes.

Piermarini reconoce que a veces le duele vender sus objetos, porque como cada uno tiene una historia particular acerca de cómo llegó al local, le resultan difíciles de despedir. Por eso, el guardián de Las Puertas del Tiempo vive una pelea diaria entre su veta de comerciante y su pasión por la nostalgia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *