El chico que tenía como destino sobrevivir

Se escucha decir que se sobrevivió a un mal de amores, a la rutina, hasta a un lunes atareado en la oficina. La historia de Moisés Borowicz empuja la definición de sobrevivir hacia su significado más absoluto.

Borowicz nació en 1927, en Sokoly, un pueblo al este de Polonia, que contaba con una población de 3.500 habitantes, de los cuales 2.700 eran judíos. Transitó su infancia como cualquier niño de su edad, jugando con sus hermanos, yendo al colegio, con las rodillas raspadas y una inocencia que pronto sería trepanada.

El 7 de noviembre de 1938, cuando Moisés tenía tan sólo 12 años, Herschel Grynszpan, un joven judío nacido en Alemania, asesinó a un diplomático de la Embajada Alemana en París. La muerte se usó como excusa la Noche de los Cristales Rotos, la primera gran matanza contra los judíos instrumentada por los nazis.  Comenzó una campaña contra ellos, quienes comenzaron a ser vistos como enemigos. “Yo tuve una juventud muy linda, pero a los 12 años todo, todo se acabó. Cuando entraron los alemanes, ya mis compañeros no eran más amigos, inclusive algunos dijeron: ‘Se comenta que a los judíos los pasan por la máquina de picar carne y hacen con ellos albóndiga'”.

Los abusos y los maltratos se volvieron moneda corriente para la comunidad judía y la familia Borowicz no fue la excepción. “Nos dijeron que teníamos que vender la casa, porque si no, nos iban a tapiar las ventanas con tablas y nos iban a quemar. Entonces, les vendimos a quienes ellos querían, al precio que ellos querían y nos fuimos a vivir en la ciudad grande en Bialystok”.

A fines de 1941, los alemanes volvieron a entrar en el pueblo polaco. Se les ordenó a los judíos que se reunieran en la plaza para ser trasladados hacia el gueto de Bialystok. La familia decidió escapar. “Nosotros ya sabíamos que cuando trasladaban a los judíos, los llevaban a los campos de concentración, entonces de noche hicimos un paquetito y nos fuimos todos corriendo alrededor de nuestro pueblo”. El bosque, ubicado a 8 kilómetros del pueblo, era la única opción. El consejo de un campesino amigo de la familia fue hacer un pozo y enterrarse. Esconderse bajo tierra era la única forma sobrevivir.

La vida subterránea logró protegerlos por un tiempo. No lo suficiente. “Un día, yo salí a hacer mis necesidades detrás de un árbol y vi que llegaban un montón de nazis con un montón de campesinos, entonces fui corriendo a avisar a mi familia, porque habíamos hecho un pacto si nos venían a apresar de escaparnos para que nos mataran por la espalda. Empezamos a correr, nos rodearon entre los nazis y los campesinos nos pusieron en una fila y nos dejaron ahí, parados”. Cuando Moisés se acunó bajo el brazo de su madre, vio cómo un oficial nazi disparó a un pájaro que se posaba en un árbol y cómo este, indefenso, colapsó contra la fría tierra polaca. Se centró en ellos dos, preguntándole si era su hijo. Su madre, conocedora de la lengua germana, afirmó. El criminal, entonces, sentenció su profecía, selló el camino del joven Moisés Borowicz: “Este muchacho tiene destino de vivir, va a sobrevivir a la guerra”. “Mi madre se sorprendió y preguntó: ‘¿Por qué usted dice eso?’. Y dijo: ‘Porque cuando él se escapaba, yo lo quería matar por la espalda, se me trabó el fusil, la bala no salió. Ahora, para el pájaro la bala salió, quiere decir que él tiene destino de vivir’. Y efectivamente parece que este hombre fuera adivino porque toda mi familia y todos mis parientes fallecieron, no quedó nadie y yo sobreviví a la guerra y acá estoy, contando mi historia”.

Fueron enviados a un gueto, en donde se alojaron por un tiempo, hasta que una madrugada los nazis entraron y derribaron las puertas. Los Borowicz fueron encontrados y alrededor de mil judíos que permanecían ocultos fueron obligados a marchar hasta la estación de tren.

Caminar hacia las vías era sentencia de muerte irrefutable. “Delante de los vagones pusieron unos hombres aptos para el trabajo y atrás pusieron mujeres, hombres mayores y niños. Con mis dos hermanos fuimos a los vagones de adelante, mis padres fueron a los vagones de atrás. Cuando pasó el primer famoso campo de exterminio Treblinka, desengancharon los vagones. Había un desvío, empujaron unos vagones para allá, o sea, entraron mis padres, que los gasearon y los quemaron porque de ese campo no salía nadie vivo. El tren siguió andando, algunos muchachos empezaron a excavar las puertas del vagón, que eran de madera y lograron hacer un agujero, sacaron la mano, corrieron el cerrojo y empezaron a tirarse. Uno de los primeros que se tiró fue mi hermano mayor”. Mientras relata esta memoria, 70 años después, los ojos color celeste intenso de Moisés se nublan con la sombra del dolor y de la pérdida, pero sobre todo se oscurecen con la incertidumbre y la angustia de la eterna duda. “Nunca supe qué pasó, si él se mató, si lo agarraron y lo mataron o por ahí se golpeó la cabeza con algún poste y perdió la memoria y andaba vagando. Cuando a mí me largaron de los campos, pensé que lo iba a encontrar, porque había listas de la Cruz Roja en las que algunos encontraron a un hermano, a un tío, a su mujer, a su esposa, pero a mi hermano nunca, nunca lo encontré. Al principio, cuando vine a Argentina, yo estaba soñando con él, con que lo encontraba, pero nunca lo encontré”.

Siete campos fueron los que tuvo que recorrer antes de ser libre: Majdanek, Blizyn, Plaszow, Wieliczka, Mauthausen, Melk, Ebensee. Siete veces en las que Moisés burló la insoportable certeza de la muerte.

El siete es el número de la perfección, con énfasis en lo religioso. En hebreo, la palabra “siete” es chevah, que proviene de la raíz de sabah, que se traduce como ‘lleno’ o ‘satisfecho’. “Siete” se denomina por esa raíz, ya que en el séptimo día Dios descansó del trabajo de la creación. No obstante, siete son los pecados capitales: una clasificación de las grandes debilidades humanas descritas en las primeras enseñanzas del cristianismo para educar a sus fieles acerca de la moral cristiana. Lujuria, pereza, gula, ira, envidia, avaricia, orgullo. En los campos de concentración, Moisés conoció todos y cada uno de estos pecados.

Lujuria: “Cuando llegamos a uno de los campos, estaba muy cansado y nos metieron en una barraca, nos dejaron dormir un rato. Yo puse mis zapatos debajo de algo y cuando me despertaron para trabajar, fui a buscarlos y no los encontré. Entonces, le fui a decir al jefe de la barraca lo que me pasó. Ellos tenían cada uno a un muchacho joven que lo usaban como mujer, entonces me dijo: ‘Yo te voy a conseguir un par de zapatos pero vos tres días me tenés que dar tu porción de comida para el muchacho que está conmigo’. A los tres días me trajo los zapatos que eran los míos. Él los mandó a robar. Toda esa gente, los encargados, los sacaban de la cárcel, eran asesinos y ladrones”.

Ira: “Muchos me preguntan si tengo un número y les cuento una historia que a mí me pasó. Nos hacían en la mano una k y una l, que quiere decir en alemán ‘campo de concentración’. Lo estaba haciendo un médico de entre nosotros con una especie de lapicera con una punta finita que tenía una especie de chapita. Cuando daba el pinchazo, se levantaba y entraba una gota de tinta y el médico lo hacía despacito. Vino un nazi, lo empujó y dijo: ‘Judío de mierda, lo estás haciendo muy suave, dejame hacerlo a mí’. Me lo hizo él y me reventó la mano y se me fue con la sangre. A la semana me revisaron y vieron que no me había quedado ninguna marca; dijeron que no me lo hice y me dieron 25 azotes”.

Orgullo: “Cada semana teníamos que ir a hacer el service de cortarnos el pelo, para que no nos contagiáramos piojos y tuviéramos tifus. Cuando me tocaba a mí, el que me tenía que afeitar, en vez de tener una navaja, tenía un serrucho, ya estaba todo gastado. Me lastimó toda la cabeza y me estaba sangrando, entonces me dijeron que fuera a una barraca donde había primeros auxilios. Entré ahí y no había nada, sólo un hombre sentado que me vendó la cabeza con un rollo de papel higiénico y me dijo que volviera a donde estaba trabajando. Un día, vino el jefe y pronunció un discurso, dijo que nos tenían que trasladar y que los que estaban enfermos que dieran un paso al costado, que había que caminar mucho y que los iban a trasladar en camiones. Yo no salí porque yo no me sentía enfermo, pero vino un nazi, me agarró del cuello, me tiró y dijo que fuera para el otro lado, entonces yo estaba parado del otro lado, donde estaban los que iban a caminar. Había un hombre que era sastre de mi pueblo y él le agarraba las ropas a los nazis y parecía que sabía algo y me decía que pasara al otro lado, me hacía señas de que nos iban a matar ahí. Yo quería pasar pero estaba lleno de guardias, y yo pensaba: ‘¿Cómo hago, cómo hago?’. Al final parece que se me prendió una lamparita en la cabeza y me arranqué el turbante, lo tiré al piso, lo pisoteé y justo cuando pasó un nazi le dije: ‘Señor, yo no sé porque a mí me pusieron de este lado’. Yo hablaba alemán: ‘Se equivocaron, yo soy un hombre sano, soy fuerte, yo puedo caminar’, y me preguntó si yo podía caminar y empecé a caminar y a correr, parecía que llegaba a China o a Buenos Aires. Me dijo que estaba bien, que fuera al otro lado. A la noche, cuando empezamos a caminar, escuchamos que a todos los que llevaban en camiones los ametrallaron”.

Gula: “Aparecieron tres tipos con tres barriles de comida y dijeron: ‘Cuando haga seña, vengan a buscar comida’. Cuando hizo la seña, salían corriendo todos muertos de hambre. Al lado de cada uno había uno con un látigo por los pies, por la cabeza, por la espalda: ‘Vayan a sentarse, cuando yo haga seña, tiene que venir uno de cada puesto’. Cada vez que hacía seña todos querían ser primeros, salían corriendo un montón y nos golpearon tanto que, cuando llamaban, ya nadie quiso ir. Un cínico dijo: ‘¿A alguno le gustaría servirse algo más?'”.

Siete son los pecados y siete veces siete, los ejemplos. Más allá de haber recorrido los círculos del infierno, Moisés logró sobrevivir. “Cuando me liberaron, me hice una promesa de contar al mundo lo que pasó para que se sepa. El Holocausto existió y no tiene que haber discriminación: somos todos iguales, negros, blancos, amarillos, todos somos seres humanos, no tiene que repetirse nunca, nunca más”.

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