¿Dónde está Santiago Maldonado?

Cae la tarde en la Ciudad de Buenos Aires y los ruidos de percusión se empiezan a hacer notar en las largas calles de pavimento resquebrajado. El repiqueteo de los palos y baquetas contra los bombos resuena y marca la presencia de la tan esperada marcha. El ritmo se intensifica, incrementa hasta el clímax y de repente se corta como con el filo de un cuchillo nuevo. El silencio dura un par de segundos y lo interrumpe un nuevo redoble que va a pautar el ritmo de los próximos 10 minutos. El factor común es la pregunta que se lee en todas partes: ¿Dónde está Santiago Maldonado? Es primero de septiembre y se cumple un mes de la desaparición del joven artesano chubutense.

A pesar de estar programada para las 17 hs, el movimiento popular se hace notar desde dos horas antes. En la previa de la marcha, patrulleros cortan la Avenida Presidente Julio A. Roca anticipando los disturbios que más tarde costarían seis millones de pesos en restauración.

Por esta, a la altura de Chacabuco, avanzan entre pausas breves los más de 60 representantes del movimiento “Libres del Sur” acompañados de sus flameantes pancartas azules y rojas y las siempre presentes banderas nacionales. Una masa compacta de cuerpos avanza como una unidad. Entre ellos, un señor rodeado de la bandera argentina como si estuviera abrazándolo, acogiéndolo, le muestra algo con cara de orgullo a tres mujeres sentadas en la vereda, una de ellas con una hija que apenas puede pronunciar algunas palabras. Echa a un lado su campera, les llama la atención y les dice: “miren, miren el arma que tengo”. Seguido de esto les revela orgulloso un punzón, un arma de filo. Ellas lo miran con admiración y fascinación, la nena simplemente lo mira atento sin reconocer el peligro que ese objeto significa.

En la intersección de las avenidas Roca y Belgrano, un kiosco escondido prepara sus provisiones para la movilización. Con los sanguchitos clásicos de jamón y queso sobre el mostrador, la dueña del local le dice a un amigo “Yo voy a tener preparado por las dudas”, a lo que él retruca “Yo me voy por las dudas” y con un guiño se va, a resguardarse de todo tipo de posibilidad de encarar una situación poco placentera.

“Fernee ferneee”, grita un señor con una heladerita colgando de frente. Ofrece el clásico argentino Fernet Branca con Coca Cola y cervezas Quilmes: todo a 50 pesos. Las agujas casi marcan las cinco de la tarde y en Plaza de Mayo ya hay toda una revolución. La gente va llegando y ocupando los pocos metros cuadrados que quedan libres frente a la Casa Rosada. Recorren la zona como hormigas escapando del hormiguero, de un lado al otro sin dirección fija. El humo oscuro de las parrillas inunda el aire de un olor agobiante. El calor del fuego cocina las hamburguesas, los chorizos y el asado además de un que otro huevo frito. Vendedores ambulantes ofrecen pochoclos, chipas, facturas y todo tipo de bebidas.

“Pensé que era una etapa superada del país, que desapareciera gente”, comenta un señor de 38 años quien prefirió preservar su identidad. Vestido de empresario con camisa celeste, pelo engomado y pantalones formales, se apoya sobre la reja que divide el cemento caliente con el pasto tapado por la gente. Compara con esta frase las acciones del gobierno actual con el de la última dictadura militar argentina, período histórico en el que desaparecía gente y la verdad o datos sobre su ausencia difícilmente veía la luz.

El cielo está tapado por un desfile de carteles gigantes, representantes y protestantes de distintos movimientos y partidos políticos: Confederación nacional de cooperativas de trabajo, trabajadores de las pepsico, del partido comunista, del grupo Quebracho, del Frente para la Victoria y del movimiento Libres del sur entre otros. Los participantes de la marcha pasaron a ser propaganda andante, avisos móviles con la cara del protagonista ausente del hecho en todas sus formas. En remeras, fotocopias, pancartas, murales, y grafitis el rostro de un joven barbudo invadió el paisaje bonaerense. Mirando a la Casa Rosada, una pareja se toma de la mano y hacen girar sus paraguas de colores, que a pesar de que no haya nubes oscuras encima de ellos, los rotan mostrando los papeles pegados en estos. En quechua, mapuche, español, francés y chino entre otros idiomas escribieron en azul “Dónde está Santiago Maldonado”. A ella le cuelga de la espalda una bandera brillante nacional, a la que le pegó una hoja tamaño A4 que lleva impreso un pulgar hacia abajo al lado del nombre de la Ministra de Seguridad, Patricia Bullrich y la Gendarmería.

La Plaza de Mayo no es el único lugar que cambia su apariencia por la marcha. Las avenidas que hasta hace unas horas estaban transitadas a hora pico, aturdidas de bocinazos, ahora están cortadas y la gente las cruza con los ojos cerrados, disfrutando de poder tomar el atajo de cruzar a mitad de cuadra y no por la senda peatonal.

La jornada va a ser larga y la gente se sienta donde encuentra lugar. En frente al Obelisco, en los escasos espacios verdes de la plaza y en las veredas. Sobre Bolívar, Rivadavia e Yrigoyen, rodean la manifestación puestos de comida y móviles de medios de comunicación reconocidos, como el de C5N y TN. Periodista o no, casi la mitad de los asistentes sacan fotos con sus celulares para capturar el momento y probablemente compartirlo. En la marcha en búsqueda de justicia, abundan las hipótesis del paradero del desaparecido. Pero todas las voces se unieron en la Plaza de Mayo y preguntaron lo mismo: dónde está Santiago.

Fotos: Marcedes Soriano y Clarín.

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