“Nos toca el turno, como profesionales, de ser para la comunidad”

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Autoridades académicas, profesores, padres, madres y graduados. Es un placer estar hablando frente a ustedes.

Y antes que nada, gracias a todos. Un gracias a gente conocida y desconocida que esté presente. Porque considero que una de los grandes propósitos de un grupo de personas que comparte un tiempo prudencial es constituir una comunidad. Por supuesto que la comunidad no solo se mide en horas netas a lo largo de cuatro o cinco años. La comunidad es principalmente las personas y sus vínculos, los lazos que se van entrecruzando entre ellas.

El teólogo canadiense Jean Vanier distingue el paso desde “la comunidad para mí” a “yo para la comunidad”. En cuanto a la parte de “la comunidad para mí”, la comunidad sostiene y potencia al que forma parte de ella. Lo completa, le da algo que no tiene. Y la persona pasa a tener todo: porque tiene todo a través de los demás. Cuando me miro a mí mismo, sé que hay muchas cosas de lo que carezco. Cualidades que no adquirí, lugares a donde no puedo llegar, habilidades que no puedo desarrollar, conocimiento que no poseo, relaciones que no generé o que perdí. Pero insisto en mi convicción de que lo tengo todo porque sé que hay otro que tiene lo que no tengo. Hoy tengo todo a través de las personas que me fueron rodeando y que van a seguir a mi costado. Aunque esa gente cambie, lo que uno aprende en comunidad queda para siempre. Si están hoy acá es porque forman parte de la comunidad de alguien. Tal vez de una forma más presente o menos presente, pero todos aportaron algo para que hoy seamos graduados. Una clase, unas palabras, la compañía de todos los días, una ayuda con un trabajo práctico. Son muchas las formas de unirse a la historia de alguien. Por eso, hoy todos los que estamos acá somos un poco graduados.

Por fuera de la comunidad, hay gente que desde lo oculto hizo lo suyo para que esta ceremonia sea realidad. Que yo me esté graduando hoy depende de que el colectivo haya circulado durante cuatro años en el mismo recorrido, de que determinado autor haya escrito cierto libro o de que la imprenta a la que iba tuviera papel ilustración. No sabían que estaban contribuyendo desde su lugar a que pueda ser graduado, y nunca se van a enterar. No sé la interacción con cuántas personas bastó para poder ser licenciado, pero la clave estuvo en el intercambio con los demás.

Claro que lo más palpable de este ida y vuelta es el intercambio de conocimiento en la universidad, que termina cerrando esta idea de “la comunidad para mí”. El conocimiento entendido no sólo como la información concreta que recibimos. El conocimiento más importante es que cada uno tiene la capacidad de ir en búsqueda de conocimiento. En la comunidad nos une el hecho de que solos no podemos lograr lo que nos proponemos. Nos une la fragilidad, la carencia. Y eso mismo es nuestra fortaleza: que tenemos que unirnos y complementarlos. Si queremos, el aprendizaje puede ser constante: en la universidad, el conocimiento no viene sólo de las instancias formales, sino también del contacto diario con los demás.

Pero “la comunidad para mí” tiene una contraparte: “yo para la comunidad”. Si bien ya lo pudimos poner en práctica en la carrera, preguntándonos qué era lo que teníamos para aportar a los demás y ejercitándolo, este recorrido que se acentúa a partir de la colación. Nos toca el turno de, como profesionales, ser para la comunidad. De hacer algo con lo que recibimos.

Todos los saberes que fuimos adquiriendo y reforzando en la universidad no sirven para nada si no se ejecutan en la interacción con otros. Es ahí donde además se expanden, donde uno sigue recibiendo porque el otro transforma lo que le doy.

En mi opinión, es todo parte de un mismo proceso. Es una ilusión pensar la vida en metas, aunque nos sirve para ordenarnos. El aprendizaje va a seguir. Si nos lo proponemos, va a ser constante. Si queremos, siempre podemos vivir en comunidad.

Las comunidades no necesitan estar físicamente presente para que uno las lleve consigo. Yo voy a llevarme toda la comunidad de la UCA en mi recorrido y sé que puedo volver a tomar las enseñanzas de las personas que lo componen si lo necesito. Es bueno siempre dejar un canal abierto con las comunidades que nos hacen bien.

Llegado este punto, empiezan las propuestas. Qué hacer después de la facultad. Como me resulta difícil hablar en representación a todos, voy a hacer referencia a mí. Hay tres aprendizajes que fueron guiando mis últimos años, y que me gustaría extrapolar a la vida después de la facultad. Tienen algo en común: todos se derivan de alguna carencia, duda, miedo o herida.

El primer aprendizaje es que todos, absolutamente todos, estamos lastimados. Cuando estaba en la primaria trataba de imaginarme cuándo iba a ser el punto de quiebre en el que pasara a tener todo más en claro, y una de las opciones que barajaba era cuando empezara la facultad. La respuesta terminó siendo que no existe ese quiebre, que siempre vamos a ser carentes, aunque vayamos aprendiendo en el camino. Las edades a veces son una barrera que nos empaña la visión de que delante de nosotros tenemos una persona, que no llegamos a conocer sólo viendo el exterior. Como graduados, probablemente seamos los más jóvenes en el trabajo en el que nos insertemos, pero apuntemos a romper la barrera de las edades.

El segundo aprendizaje es que somos privilegiados. No solo por pertenecer al porcentaje de personas que tienen un título universitario, sino por estar en un entorno que facilita crear comunidad. Hay algo en nuestra cultura que nos hace tender a generar lazos, y tal vez no reparamos en que esto sería valioso para otros porque estamos muy enfrascados en el hecho de vivir en el Tercer Mundo. En un país de altísimo desarrollo como Japón se alquilan falsos familiares para sacarse fotos para las redes sociales, para ir a eventos o incluso para visitar el parque de Disney, o se puede pagar por hora la conversación con alguien en un bar. Todo sea por no sentirse solos. Acá, no siempre somos conscientes de este poder natural para crear comunidad y compensar todo lo que no podamos hacer en solitario. Apuntemos a romper la barrera de que no tenemos nada nuevo ni valioso para aportar.

El tercer aprendizaje es que nunca perder la oportunidad de decirle al otro que es valioso, ni de tender un lazo que pueda sostener a una persona y evitar que se caiga. Elijo tratar de retener a todas las personas que pasan por mi vida, de llevarme algo de cada una, aunque sea algo mínimo. De que no pasen indiferentes. Y la UCA no es la excepción. Ojalá no me olvide de lo que aprendí de los demás acá. Tal vez así, algo de otro pueda vivir en cada uno.

Queridos graduados, nos faltan muchas cosas. Y ese es nuestro mayor tesoro.

Somos débiles. Y esa es nuestra gran fortaleza. Muchas gracias.

Tomás Caia es ahora Licenciado en Comunicación Publicitaria e Institucional y brindó unas palabras en el acto de colación de 2018.

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