Apps, deliverys, bicicletas: incógnitas de un nuevo trabajo

Las empresas Rappi, Glovo y PedidosYa, que funcionan a través de plataformas digitales, ya cuentan con un gran ejército de trabajadores: nace la polémica sobre cómo regular una relación laboral novedosa.

“Tienes un pedido nuevo”, dice la aplicación. 30 segundos para aceptarlo o rechazarlo. Son 1,5 km hasta el restaurante. Otros 1,5 km para entregarlo. Dos hamburguesas con papas y bebida. 35 minutos para hacerlo. Llueve y la calle está resbaladiza. Así, cansado por otro largo día de trabajo, comienza la última travesía de Edwin Peñaranda antes de ir a dormir. Ganará cuarenta pesos más.

Las aplicaciones de delivery están en Argentina hace poco tiempo. La empresa uruguaya PedidosYa se estableció en el país en 2009. Rappi, colombiana, y Glovo, catalana, se asentaron y desembarcaron en el mundo virtual argentino a comienzos de 2018. Estas dos últimas ya capacitaron a más de 15.000 personas que, con DNI, foto y monotributo en trámite, pueden empezar a trabajar. En PedidosYa se necesita pasar por un exigente proceso de selección.

Cuando Edwin comenzó a trabajar, estaba ilusionado. Había llegado desde Venezuela y estas empresas le ofrecieron un rápido acceso al mundo laboral sin muchos requisitos, tan solo con su residencia precaria. El proceso para hacerse monotributista se demoró más de lo estimado, sin embargo, la compañía le dejó repartir pedidos.

Juan Manuel trabaja hace 5 meses para PedidosYa y cuenta cómo entró a la empresa: “Vi un anuncio en Computrabajo, envié un mail y en esa semana me respondieron para que fuera a una entrevista. Ese día me confirmaron que había quedado y a la semana siguiente firmé contrato. No fue complicado entrar, solo se enfocaron en mi disponibilidad horaria”. Sin embargo aclara: “Lo que pasó fue que se llenó muy rápido y después se hizo más difícil entrar a trabajar”.

A los rappitenderos y a los glovers les exigen ser monotributistas para poder trabajar. De esta manera no están en relación de dependencia y ellos se financian su propia obra social y jubilación. También asumen los costos de los elementos necesarios para repartir, la bicicleta o moto, la caja, que se la alquilan a la misma empresa, y un plan de telefonía móvil con un mínimo de 2GB por mes.


Edwin comienza a andar bajo la copiosa lluvia de la primavera porteña. Su tasa de aceptabilidad está al límite. No se podría haber dado el lujo de rechazar este pedido. Acelera, como si su pedaleo fuera el que cocina las hamburguesas y enfría las bebidas. Tan solo le quedan cuatro cuadras.

La tasa de aceptabilidad es un sistema que sirve para que la empresa tenga registro de cuántos son los pedidos que acepta o rechaza el trabajador. Desde la empresa afirman que sirve para saber cuáles pedidos se están tomando y cuáles no. “De acuerdo a la aceptación de pedidos te mandan más o menos. Si tienes baja la tasa, te bloquean sin justificación”, comenta un rappitendero que trabaja hace 5 meses. Y agrega: “No sé cuales son los criterios que tienen ellos para bloquear”. Otro, que ingresó hace 20 días, dice que el bloqueo solo se da cuando aceptan y después desechan un pedido.


A Edwin el tiempo se le está acabando. La ansiedad hace que con la luz amarilla comience su marcha sabiendo que cruzará en verde. Entre la niebla y la lluvia, se divisa el restaurante. De repente, una luz lo encandila y, de un momento a otro, se encuentra tirado en la calle con un gran dolor en su pierna derecha. Lo atropelló un auto. Al ser monotributista, tendrá que pagar por los costos médicos y por el arreglo de la bicicleta para volver a trabajar.

El abogado laboralista Diego Chafuén explica que estas empresas buscan tener empleados monotributistas para evitar pagar las cargas laborales. “Si el trabajador tiene un accidente durante el trabajo y no tiene un seguro personal contra accidentes, nadie lo va a cubrir, está solo”, afirma. Y agrega que, más allá de los papeles, “hay una relación de dependencia que está truchada por la empresa, con la idea de no hacerse cargo de las cargas sociales del empleado”. PedidosYa es la excepción. Está explícita la relación de dependencia y cumplen con todas las reglamentaciones. “No nos pagan por pedido sino por hora”, confirma Juan Manuel.

“Sé tu propio jefe” es el lema de Rappi y Glovo. “Básicamente es para convencerlos de que se hagan monotributistas –asegura el abogado laboralista Carlos Girondo– pero la realidad es que, si después cumplen órdenes, tienen un horario y sufren sanciones por ciertas cosas, están bastante cerca de tener una relación de dependencia”.

Ninguna de las dos empresas comenta al respecto. Un solitario botón de contacto en sus páginas web no promete respuesta alguna. En sus oficinas se manejan de la misma manera. Prefieren delegar a otro lado donde tampoco contestan o simplemente no abren la puerta. “Siempre se van a decir cosas malas o buenas”, contestan en Paraguay 647, sede de Rappi.

Oficinas de Rappi en Paraguay 647.

El dolor no cesa. Con su pierna derecha inmovilizada, intenta levantar la apisonada bicicleta y arreglarla. Es en vano, está rota. Un taxista que vio todo se apiada de Edwin y lo sube a su vehículo. Luego de quince minutos, llega al hospital. La enfermera lo ve y, después de revisarlo, le pregunta: “¿Obra social?”.

PedidosYa se hace cargo de cualquier accidente de sus trabajadores y financia tanto los gastos médicos como el reposo. En Rappi, como dice Rodolfo, uno de sus trabajadores, “no se hacen cargo ni de ellos mismos”. Glovo, en cambio, provee un seguro que cubre después de las 72 horas. “O sea que si yo me rompo la pierna tengo que esperar 72 horas para que el seguro se empiece a ocupar de los gastos. Una locura. Es solo para decir que tenemos seguro. Cubre al trabajador o si dañamos a un tercero, no a los dos”, asegura Eber Montero, uno de los líderes del incipiente sindicato llamado Asociación de Personal de Plataformas (APP).

APP es el primer sindicato de trabajadores de plataformas digitales de América Latina. El jueves 25 de octubre se presentaron ante la Secretaría de Trabajo para “exigir mejoras, que nos puedan reconocer y subir parte del costo del envío, y que nos den planes de teléfono. Porque somos independientes y la empresa no asume los gastos operativos que requiere este trabajo”, asegura Dargo, trabajador de Rappi. Gracias a las protestas de rappitenderos en Argentina, en otros países se empezó a generar conciencia sobre la problemática.

Marcha de trabajadores de Rappi frente a la Secretaría de Trabajo en octubre de 2018.

Durante la convocatoria en el centro porteño varios trabajadores fueron bloqueados. Las empresas estaban al tanto del evento y no se quedaron de brazos cruzados. “Enviaron un mensaje que decía que quienes fueran a la marcha estaban ‘botados’, eso es una amenaza”, contó Montero. Unos minutos después, un rappitendero se reía irónicamente: “Me bloquearon de nuevo”. Las empresas, nuevamente, no hicieron comentarios al respecto.

“La idea del sindicato es proponer una mesa de diálogo, para que las empresas aporten a la financiación de los gastos laborales”, explicó Dargo, defensor del sindicato. “Siempre pido seguridad. No me sirve de nada ganar más sin tener un seguro. Glovo paga por kilómetro recorrido, si me roban la bicicleta, ¿quién va a disfrutar del aumento de sueldo?”, añadió Montero.

Esta idea, sin embargo, no es aceptada por todos. “Rappi les da oportunidades a muchas personas a las que les niegan trabajos en todos lados. Si se aprueba el sindicato solo será en beneficio de los sindicalistas, pero desfavorable para los inmigrantes que llegan sin nada”, advierte un trabajador que prefirió mantenerse anónimo.

Las opiniones de los abogados respecto al sindicato y su idea de una nueva regulación varían. Chafuén asegura que la idea del sindicato “es muy buena, pero en la práctica es inviable”. Además, considera que no es necesaria una nueva regulación, sino que los deliverys se deben adaptar a las existentes. Girado, en cambio, sostiene que “no está mal que las distintas realidades sean reguladas de forma diferente. Hay que aceptar que no todos los empleadores son iguales, por lo que no se les puede exigir lo mismo. Hay muchísimo para hacer en materia laboral”.


“Tienes un pedido nuevo”, dice la aplicación. Dos semanas después de su accidente, Edwin volvió al trabajo. Sube a la bicicleta, pone el pie en el pedal y comienza a andar. No hay otro empleo al que se pueda ingresar tan fácilmente y ganar dinero rápido. Mientras baja por Callao y cruza Córdoba, una pregunta retumba en su cabeza: “¿Qué otra opción tenía?”.

Trabajar de delivery para una aplicación parece fácil. Los requisitos son pocos y las promesas son atractivas. Sin embargo, sus condiciones laborales son todo lo contrario. La independencia se convierte en un obstáculo para tener un trabajo digno. Para el Estado, bloquear las aplicaciones no parece ser una opción. Dejarlas ser, tampoco.

Por: Gastón Balatti, Santiago Basso y Faustino Cuomo

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